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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Caldereta gastropónica de chivo

¿Qué oscuros motivos llevan a una persona a elaborar una caldereta de chivo? Esa pregunta siempre había corroído mis entrañas hasta que me vi en la ansiada a la par que temida tesitura. Sitúo la escena: viernes mediodía, zampando en mi base habitual de operaciones con unos colegas que no se conocían entre sí. En esos instantes llega mi amigo Juan con dos chivos en la mano y al verme me espeta un desafiante: “¿A que no eres capaz de hacer una caldereta mañana con esto?” [la verdad es que hizo unas cuantas referencias a cuestiones de genitalidad, pero eso mejor aquí no]. En ese punto, el Neanderthal que hay en mí se adueñó de mis cuerdas vocales y respondió con un “Aquí está el tío” que nos dejó a todos emplazados para el duelo a caldereta con padrinos incluidos para la mañana siguiente.

A partir de ese momento me vi en la obligación de documentarme adecuadamente para no quedar como el Betis con el Osasuna (recuerdo para mayor regocijo de los sevillistas: 0-5; es que la maldad me puede) y, tras múltiples consultas internéticas, me di cuenta de que me había metido en un buen fregado. Mi única ayuda era la infraestructura que Juan puso a mi disposición en su terraza, incluyendo al personal de su restaurante. Porque si aludimos a los pinches... uno está todavía pelando la tercera patata para freir y los otros se limitaron a beber mirando los cuchillos.

Decisión por mi parte: como los chivos eran pequeños, mejor no adobarlos ni echar hierbas (salvo laurel) ni aliños aparte. Sólo amplia base de sofrito y manzanilla.

Ingredientes: (para muchas personas y algún tragaldabas añadido, por lo menos 10 ó 12 en total)

2 chivos troceados, con la casquería limpita.

6 tomates carnosos grandes, sin pepitas ni piel.

12 zanahorias en rodajas y 4 cebollas grandes troceadas.

2 cabezas de ajos morados sólo machacados.

2 pimientos rojos y 8 pimientos verdes en trocitos.

4 hojas de laurel, sal, agua y dos botellas de manzanilla.

Patatas, brécol y puerros para la guarnición.

El procedimiento es simple: Las verduras se echan en el perol con aceite de oliva para hacer un grandioso sofrito. A mí me gusta por este orden: primero las zanahorias, luego las cebollas, los pimientos y al final el tomate y los ajos. Más que nada porque el tomate suelta mucha agua y nos interesa sofreír, no cocer las verduras.

Cuando las verduras toman color (un buen ratito dado la cantidad de ellas), se incorpora el chivo en trozos no demasiado grandes y se le da varias vueltas para sellarlo y que quede con todo su juguito. A partir de ese momento, incorporamos el laurel y una botella de manzanilla, le damos fuego y cuando hayamos quitado las impurezas, le añadimos agua hasta que cubra. No tenemos que preocuparnos por el agua, puesto que la salsa la reducimos al final lo que nos apetezca sin pérdida de sabor. Ahora todo va a depender de si el bicho ha superado la adolescencia chiveril o no. En nuestro caso era prepúber, con lo cual con dos horitas nos vino bien para empezar a tenerlo. Tras la primera hora y media, se le echa la sal y más manzanilla, de nuevo fuego fuerte y a esperar a que se termine de poner tierno. Siempre queda la opción de no incorporar la manzanilla, sino de beberla tal cual, a elegir.

Como guarnición, las patatas chascadas, pochadas y luego fritas en tandas cortas con aceite muy caliente y tras hacerles cortes con un cuchillo. Crujientes por dentro y por fuera, además de arenosas. De adorno, una tempura (Ya sabéis, harina de trigo, harina de arroz, cerveza muy fría y sal, pasta lechosa, verduras cubiertas y a la sartén; de la habilidad depende el resto) con brécol cocido, pimientos rojos y puerro en rodajas de unos 3 cm. de grosor más un salsa agridulce manufacturada en directo que hizo las delicias de más de dos (vinagre y azúcar a partes iguales, se reducen a la mitad en un cazo, se le incorpora un chorro de salsa de soja y a la nevera un par de horas).

¡Ah! Lo de gastropónico es porque estas zampadas hay que echarlas abajo con algo de ejercicio, y, en nuestro caso, lo que hacemos es ping-pong. Con lo cual, en poco original juego de palabras, estamos pensando seriamente en hacer un club de gastronomía y ping-pong, con lo cual el nombre está dado.

Como último consejo os recomiendo que si hay alguna persona sensible entre los comensales, que no le enseñéis una foto del chivo antes de acceder a ser protagonista de nuestra zampada. Le chafaríais la comida, aunque si hay poca…

Para publicar en "Noticias de la Villa" de Julio.

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