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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

SOPA DE CIGALAS PROLETARIAS (O DE GALERAS VENIDAS A MÁS)

SOPA DE CIGALAS PROLETARIAS (O DE GALERAS VENIDAS A MÁS)

 

Porque la diferencia entre una cigala y una galera, amén del precio, la textura de la carne (a favor de la cigala) y el aroma a mar (a favor de la galera) es que la primera se viste de alta costura a diario y la segunda en los puestos del mercadillo; o sea un sutil concepto de lo proletario. Pero aun así, ante bichitos tan evanescentes como nuestras telúricas galeras uno no puede menos que inclinarse y ofrecer todos los respetos y la hipoteca a 30 años, por si cuela.

En definitiva que viendo un par de afamadísimas recetas de sopa de susodichas o crema de las mismas, no me hallaba yo en pleno éxtasis espiritual con lo que decidí innovar aun a riesgo (sin su prima) de cagalla. Mas no lo hice, vive Zeus. La idea era sencilla, no me gustan las sopas con pan crudo ni con falta de consistencia, ni las cremas con los sabores enmascarados, así que me planteé un sofrito con abundante cebolla y a partir de ahí….como para seis personas: Mucha cebolla (4 ó 5) caramelizada en lenta agonía, tomate frito (en proporción), un trozo no demasiado grande de mantequilla y un vaso de brandy; todo se flambea. A las galeras que coceremos en agua (aproximadamente kilo y medio) se les quita la carne en las que estén mejor; reservaremos las menos presentables y las batiremos (con el agua de la cocción) y colaremos, obteniendo un fondo de galeras de los que impresionan. Mezclaremos fondo y sofrito, le añadiremos un tercio de botella de fino bueno, dejamos que el brebaje primigenio cueza unos diez minutos y rectificamos de sal. Aparte podemos hacer unos fidelines y echaremos en nuestro plato, cazuela o similar una cucharada de oloroso seco para templar el ánimo, el caldo de después de la cocción, los fidelines, el cuerpo de un par de galeras (mejor si se adornan del magnífico coral), una tira grande de pan frito cruzando el plato (en recuerdo del pan crudo de la sopa) y a mí me gusta también un chorro pequeñito de nata cruda en homenaje a la crema que nunca fue.

Con estos ingredientes y preparación, ya sí, me alcanzó el arrobo místico que tanto anhelaba por encontrarme en ese estadío de la vida llamado vacaciones que nos habla mejor que ningún otro de la fugacidad del tiempo, así que…. Carpe diem!, bueno y también … tempus fugit! Y puestos a soltar chorradas: cave canem!

 

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