Blogia
Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Información General

LOS REZOS A SAN EXPEDITO

Recuerdo en las películas de Esteso y Pajares cuando se encomendaban a San Apapucio o un santo similar como dador de buena suerte y desconozco si en un afán meramente casposo a alguien de TVE se le ha ido por completo la pinza de eso del cerebro y los pliegues se le han desparramado más allá de lo aconsejable, pero lo de estos días en relación a la calma y el sosiego que genera (que “puede generar”) en los parados el rezo se acerca a lo sublime. Lo sublime en la gilipollez eso sí, pero sublime al fin y al cabo.

Y es que, recordemos que hace unos días desde la cadena pública que pagamos todos, se afirmaba por una tal Marta Jaumandreu que "Acercarse a un altar puede calmar la ansiedad por la falta de trabajo o por el temor a perderlo". Y también que con esto de la crisis "cada vez más católicos ponen velas a sus santos". Pudiera serlo, pudiera.

Lógicamente tamañas afirmaciones necesitan de un refrendo importante (ya se sabe que afirmaciones extraordinarias necesitan de pruebas extraordinarias) y aquí es donde se recrean en la suerte puesto que adornan el reportaje (casi publirreportaje) con unas imágenes de "devotos de San Expedito, el santo de las causas urgentes" en la parroquia de Barcelona donde se encuentra la figura, realizando peticiones, ofrendas y encendiendo velas. "He pedido por todo el mundo en vista de como está todo", cuenta un visitante ante la cámara.

Algo así como el comodín del público pero en versión de rancio folklore.

Para terminar de arreglarlo, nos sueltan una perla de las de traca y tiro otra vez: "Rezar es casi como cruzar los dedos. La única diferencia es que la actividad que conlleva poner una vela tiene un efecto balsámico". No habla nada de las posibles sustancias que impregnarían algunas velas para conseguir el deseado efecto, pero se me ocurren algunas.

Y lo adornan con, ¡oh milagro!, las supuestas declaraciones de un psicólogo argentino (parece de chiste, pero no lo es) que dijo algo así como "La ceremonia de poner una vela, hincar la rodilla o hacer una plegaria tiene un efecto retractivo". Creo que sólo San Expedito y él sabían de a qué se refería, pero tratándose de un psicólogo argentino nunca puede uno estar seguro de casi nada.

Lo bueno de todo es que nos descubren en el mismo reportaje un nuevo yacimiento de empleo en las ventas de cirios que, no solo no se resienten, sino que están al alza. Ya sabéis, niños, de mayores nada de hacernos médicos o ingenieros para poder emigrar a Alemania como San Expedito manda, sino a haceros vendedores de cirios que están que se salen.

Afortunadamente, la Señá Ministra del ramo, y de la vela, Doña Fátima Báñez, ya nos lo dejó dicho en una magnífica ponencia técnica el año pasado cuando se apartó de las habituales zarandajas  y dio con la receta anticrisis ante un supuesto amago de intento de brote verde de verdad al manifestar aquello de: “estamos todos juntos con toda la sociedad española luchando para salir cuanto antes de la crisis, para volver al crecimiento y volver a la creación de empleo. Y yo estoy muy emocionada porque no me lo esperaba aunque de la Virgen, un capote siempre llega... esta aliada privilegiada y esta embajadora universal de Huelva que es la virgen del Rocío y que nos ha hecho este regalo adicional en nuestra salida de la crisis y en nuestra búsqueda del bienestar todos los días de los onubenses y de los ciudadanos.”

A mí con estas cosas me pasa como cuando oigo hablar a los psicólogos argentinos, que no sé si se ríen en mi cara o van enganchados a sí mismos y hasta se lo creen, pero nada, nada, cirios, capotes, santos y rezos y todos felices.

Y no nos engañemos, es lo que tenemos.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

MUERTOS DE PRIMERA Y DE SEGUNDA

Partamos de una base sólida e inamovible: todo atentado terrorista es en sí mismo una aberración y una muestra del fracaso de la clasificación de la raza humana como homo sapiens sapiens.

Esta semana, además, hemos asistido al terror y a la barbarie de la muerte de un niño de 8 años en un escenario teóricamente seguro y ajeno a ese tipo de peligros. Amén de otras cuantas personas que dejan atrás historias, dramas, proyectos y estupor si hubieran podido contemplar la escena desde fuera.

Pero, y repito, partiendo de la barbarie de los atentados, es cuanto menos espeluznante el doble rasero, la doble y triple clasificación de las muertes en función de dónde se produzcan o de qué cadena televisiva informe de los asesinatos.

El mismo pais que ha sufrido esos atentados (que lo mismo ha sido perpetrado por algún psicópata ansioso de fama) y que ha sacado un rédito casi infinito de otros ataques a su soberanía (nosotros lo sufrimos en nuestras carnes con la voladura del Maine en el 98 y la posterior guerra de Cuba) es el que, de manera continua, arrasa poblaciones enteras con tal de matar a una persona, solo una, que entienden debe ser eliminada por sospechosa de lo que ellos decidan. Ese mismito país que aún mantiene, fuera de su territorio soberano eso sí, a decenas de personas encarceladas y sin juicio, sin abogado, sin derechos, sin cargos; tras más de 11 años. Y lo que les queda. De la ignominia de Guantánamo hablo, por si los despistes.

Ese mismo pais soberano ha implantado la tétrica moda de matar con drones. Ya no es necesario el incómodo y excesivamente escandaloso napalm para arrasar selvas enteras con poblaciones incluidas, no. Con aviones no tripulados y desde la distancia de una video consola, como en uno de tantos juegos de guerra que abundan en el día a día de nuestros jóvenes a los que acostumbramos poco a poco a una violencia de puntos extra y genocidios de quita y pon ya nos basta.

Y tampoco es necesario asolar dos ciudades con tripulaciones que observan desde poca distancia y que quizás se traumaticen. No. Eso sólo pasó en Hiroshima y Nagasaki donde este mismo pais lanzó dos bombas atómicas sobre población exclusivamente civil y por lo que nadie ha sido juzgado por genocidio. Cientos de miles de personas murieron en un segundo o en años de agonía posteriores. Todavía hay quien allí lo celebra como un hecho admirable de la Historia de la Humanidad.

Y esos ataques con drones han provocado, según el senador estadounidense Lindsey Graham, 4700 muertes. Declaraciones que adoba despues con lo siguiente: "algunas veces inocentes, algo deplorable, pero estamos en guerra y nos hemos deshecho de algunos de los más importantes miembros de Al Qaeda".

El mismo prenda, que seguro que desayuna Biblia batida con crema de cacahuetes, continúa ladrando: “que, debido a que el país está en guerra con Al Qaeda, es "un disparate" exigir control judicial para autorizar esos bombardeos”.

Lo que no entiendo, llegados a este punto, son las declaraciones de Obama, ese señor al que le dieron el premio Nobel de la Paz por sacar un día a pasear a su perro sin correa o algo similar cuando dijo recientemente: “Cuando se usa una bomba contra un civil inocente es un acto terrorista”. Y por una vez estoy de acuerdo con él.

Resumiendo:

  •  En esta semana hemos asistido a una abominación como es el atentado de Boston.
  • Llevamos años asistiendo a abominaciones cien veces peores –numéricamente hablando-  que ésa calificadas como actos de justicia por sus perpetradores
  • Todos asumimos con nuestros actos que hay muertos de primera, de segunda y hasta de Regional Preferente. Derechos para unos y ausencia de derechos para otros.

A partir de aquí mi mente ya no da para más análisis.

NOSTALGIAS

He de confesar que no soy, ni mucho menos, de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor porque me parece una generalización simplista tintada de insatisfacción y poco dada a los análisis objetivos.

Asumo que el progreso tiene un peaje en ocasiones cruel pero es que así es la vida y testimonios los hay a miles, algunos enterrados y por descubrir y otros bien a la vista.

Pero también creo que eso no es el comodín que nos permite destrozar la identidad de todo un pueblo por amor de las piquetas, el ladrillo y la escasa poesía del hormigón armado. Que existe un equilibrio entre la modernidad y la identidad de un pueblo. O debiera existir.

Por eso recuerdo con la nostalgia propia de alguien que dejó atrás hace tiempo la adolescencia haberme bañado en la Playa de Los Ladrillos. Vagamente, pero lo recuerdo. Haber sido asiduo del Rinconcillo y sus chiringuitos, el intenso olor a pimiento frito y a espetos nunca suficientemente alabados. Getares era demasiado exótico entonces.

Recuerdo con mucha más nitidez haber subido por las Escalinata desde el Paseo Marítimo hasta la Plaza Alta, cuando el Llano Amarillo era agua y el asfalto no era el Máster del Universo. Ahora somos de las pocas ciudades que conozco cuyo Paseo Marítimo da a unos aparcamientos.

Por supuesto he vivido cientos de noches en cines de verano mientras sufría con insana paciencia cómo las sillas plegables hacían surcos en mi piel aún juvenil.

Cuando estaba en el Instituto, el Isla Verde que era lo más cercano al fin del mundo que conocíamos, salíamos en el desayuno y recorríamos montes, nos metíamos en bunkers abandonados y nos pateábamos la vida sin urbanizaciones, semáforos ni rotondas.

Creo que había una cosa que llamábamos extrañamente “río” que tenía puentes, del que yo cruzaba más que otros el del Río Ancho, junto a una cosa que llamaban fábrica y que formaba parte de otro algo conocido como Industria. En serio.

También me consta una Plaza de Toros, de las más antiguas de Andalucía que se precipitó en un abismo insondable que se ha tragado todo lo que en el mismo sitio se ha edificado.

Cerca existía un Estadio de fútbol donde entre otros vi en directo al Real Madrid apalizar al equipo de mi tierra.

No es leyenda que había Hoteles junto a eso llamado río desde los que se veía un horizonte limpio de brazos de grúas y un muelle preñado de velas, redes y aparejos que saturaban la Lonja, rodeada de cañas, sillas plegables y termos de café.

Eso que se llamaba Isla Verde era una Isla, en serio. Y desde allí se veía cómo el agua acariciaba unos hermosos edificios coloniales, ahora ahogados por grava y una necesaria carretera de ida y vuelta. El Hotel Cristina puede seguir dando fe, por proximidad, de lo que digo.

El Centro, al que desde barriadas llamábamos el pueblo, bullía de animación, de pequeños comercios con nombres tradicionales y sin pomposos departamentos de Recursos Humanos ni de Marketing. Ni siquiera con fechas de caducidad o consumo preferente.

El Muelle rebosaba de quienes esperaban el tren o el barco y que a falta de internet en sus móviles aún por inventar llenaban terrazas, bares y cafeterías generando un bullicio ahogado por el paso de alguna que otra locomotora camino de algún paciente carguero.

Pero algunos creyeron que todo vale y fueron coherentes y tenaces. No como otros, crédulos, confiados, llenos de una bonhomía que les impedía recelar de un plan que imagino de décadas urdido por una mente genial en lo malvado. Digo yo, porque si no, no me lo explico.

Y quería terminar diciendo que no, que no me creo que tengamos lo que nos merecemos porque sería asumir demasiados pecados. Pero eso sí, no tenemos la ciudad que han querido otros, sino la que entre todos hemos consentido en hundir y soterrar como ese Río que un día os aseguro que nos recorría.

EL MONOPOLY

Estaba yo últimamente recordando mis múltiples pasados, esos de bollitos bilbaínos, autobús al Rinconcillo, cambio de novelas en lo de Antonio  y gaseosas en el cine España como máxima manifestación del placer humano, cuando caí en que en algunos momentos en los que no estaba en la calle dibujándome mapas en las rodillas de todos y cada uno de los baches de la calle (¡y mira que había!) había veces en que jugaba con los amigos al único juego prohibido durante muchos años en la antigua Unión Soviética: el Monopoly.

Y como soy de intentar extraer lecciones de lo ya vivido, de hacer analogías y de procurar aplicarlas,  me empeñé en recordar la dinámica del juego y sus posibles implicaciones en nuestra actual situación… y vaya si las hay.

Lo importante es que en el susodicho entretenimiento sólo uno gana. Y esa victoria no es a los puntos, es por aniquilación. Además cuando alguien se destaca en la partida es imparable la victoria; en ese momento la única gracia del juego consiste en observar cómo el líder va acumulando de manera inexorable casas, hoteles, servicios básicos y hasta gobierna en la cárcel y en los impuestos  y apreciar poco a poco los cambios en su rostro, cada vez más afilado observar  su mirada vidriosa, la avaricia a flor de piel… ¿de qué me suena todo esto?

¡Ah, sí! De los Bancos. Han jugado su partida de Monopoly particular con todos nosotros y van ganando destacados. Han cobrado parte de las hipotecas, recuperan por una ridiculez la totalidad de la propiedad que ellos mismos han tasado en una cantidad seis o siete veces superior, sin responsabilidad alguna. Te funden a comisiones (ante las que no puedes hacer nada), son refugio de políticos inútiles y caldo de cultivo de corrupciones de las de 10 millones de euros la tirada, no de las de robar dos bocadillos y entrar en el talego sin pasar por la casilla de salida. Además, socializamos sus pérdidas, les pedimos créditos con el dinero que previamente les hemos dado y nos encontramos con esas caras afiladas y esas miradas vidriosas. Han engañado, estafado o timado que vaya usted a saber cuál es el término jurídico correcto, de manera sistemática e institucionalizada, que ahí están miles de familias para atestiguarlo y unas preferentes que valen para envolver bocadillos y para que algunos se hayan forrado el riñón para dos o tres eternidades más o menos.

Y lo peor de todo, al amparo de una Ley del siglo XIX (de las pocas que quedan en vigor de esa época) sus deudores –cualquiera de nosotros- acaban convirtiéndose en personas sin presente ni futuro, en algo parecido a esclavos modernos que además escuchan el tan manido soniquete de que “han vivido por encima de sus posibilidades” (que no digo yo que alguno no haya hecho, pero no hablo de lo particular, sino de lo general). Ciudadanos sin acceso a eso que eufemísticamente se denomina en nuestra Constitución como “derecho a la vivienda” y sobre los que ha caído algo parecido a una maldición bíblica porque pagan ellos, sus padres y seis o siete generaciones más de propina.

Afortunadamente el gobierno ha recurrido ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos nuestra actual Ley Hipotecaria por, entre otras cosas “violación de derechos y privación de justicia”,  “indefensión del hipotecado” y "prácticas abusivas a nivel financiero" entre otras lindezas. Y alguno podría entender que sería mejor que modificaran la Ley que para eso tienen esas atribuciones y no recurrir ante un Tribunal que lo mismo tarda años en resolver, pero es que no he citado un pequeño detalle: ese Gobierno preocupado por sus ciudadanos y de los españoles por extensión es el Gobierno de Ecuador.

Otra lección de buen entendimiento y mejor hacer de un país amigo que tiene un Presidente (Correa) que le ha dado la vuelta como un calcetín a su país (entre otras cosas limitando el poder y las funciones de la Banca) y que en una reciente conferencia en España pronunció una frase con la que, por lapidaria, termino este artículo: “Otro mundo es posible, otra Banca es imposible”.

EL CURSUS HONORUM

Hay veces en que la insolencia nos lleva a pensar que todo lo que se hizo en el pasado no fue sino un amago de algo mejor porque queremos imaginar que lo hemos perfeccionado en nuestros tiempos. Pero no, sin duda no es siempre así. Y es que lo habitual es que hayamos avanzado en las técnicas, pero no en la ética, en los conceptos, ni en los fundamentos.

Así  en la Antigua Roma y desde casi 200 años antes de nuestro período contaban con una institución denominada “cursus honorum” (algo así como “la carrera del honor”) que consistía fundamentalmente en una especie de escuela para todos aquellos (casi siempre los nobles, todo hay que decirlo) que quisieran desempeñar algún cargo público. De esa forma y empezando desde abajo los futuros Padres de la Patria iban fogueándose por la experiencia directa y constante y a nadie se le ocurría ni imaginar que alguien sin conocimiento íntimo de estos temas pudiera desempeñar las más altas tareas de la República Romana.

Además, y en previsión de un síndrome conocido y del que nadie se libra, el orgullo, entre cargo importante y cargo importante se imponía un período de descanso. Para tomar perspectiva que solemos decir ahora.

De esta forma, para poder ejercer de edil (algo así como concejal en nuestros días, de ahí la palabra que usamos) te tenías que haber tirado más de un año y de dos desarrollando funciones similares en otros puestos que te otorgaban la capacitación necesaria para la relevante tarea que tenías por delante.

Si hablamos de algo parecido a lo que hoy sería Alcalde, Director Provincial de lo que sea o por ser exagerados Ministro (hablamos de equivalencias, repito), los pasos previos que tenías que haber dado eran muchos más y más complejos. Años aprendiendo de obras públicas, de llevar cuentas, de juzgar, de bregar con todo tipo de tareas... que no significa honradez absoluta, ni mucho menos, pero sí conocimiento de los temas con los que ibas a servir a la ciudadanía. “Servir a”, no “servirte de”. Que las preposiciones las carga el diablo.

Yendo a lo que mejor conocemos, a lo cotidiano, el equivalente al cursus honorum de la política española que sería, en el mejor de los casos, inexistente. La cualificación práctica para el ejercicio de la política no la dan la formación (cuando la tienen), la experiencia laboral (cuando la tienen) o la experiencia en cualquier otro campo de la vida, quién sabe, cooperación, ONGs, voluntariados, etc. (que nunca tienen). La capacitación la da el pertenecer a un partido político desde años, estar en la corriente adecuada en el momento justo, ser  parte de la cuota territorial, tener, cómo no, el apellido idóneo o en algunos casos el linaje que te lleva desde la sangre de tus antepasados hasta exprimir la sangre de tus coetáneos (como ejemplo la familia Fabra lleva 150 años (no, no es una exageración) gobernando –por decirlo de alguna manera- Castellón).

Podríamos todos enumerar Parlamentarios autonómicos y estatales, Alcaldes, Ministros y hasta Presidentes del Gobierno que no tienen formación o  que no han trabajado en su vida y a quienes no escogerían ni como presidentes de sus comunidades de vecinos si fueran los únicos candidatos. Pero han sido amparados en lo sacrosanto de unas listas y tocados por el correspondiente dedo divino, convalidador de incapacidades múltiples.

En cualquier caso, es obvio que el poseer formación o experiencia no garantiza la catadura moral, la capacidad de trabajo ni el carisma de cualquiera que se dedique a la política, pero tampoco es menos cierto que la carencia de esos requisitos mínimos es, cuanto menos, sospechosa y en ningún caso da pistas sobre la valía de la persona así adornada. O da demasiadas. Vamos que apesta.

Es decir, nuestra natural evolución en este aspecto –y en muchos otros- ha ido desde preparar en la realidad a los futuros gobernantes a abandonarnos a la nada más absoluta (salvo por el iphone y el coche oficial) con lo cual hemos acabado dando sentido a la famosa frase del Mayo francés: “La inteligencia me persigue, pero yo soy más rápido”.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

ESPARTA, LOS ESQUIMALES Y LAS ONGs

Personalmente entiendo que la madurez de una sociedad se mide, sobre todo, por la atención que presta a los colectivos especialmente desfavorecidos. Esos a los que nunca queremos pertenecer y a los que solemos disfrazar con epítetos de lo más diverso y cambiante.

Pensemos que a las personas con discapacidad (y entendamos aquí “discapacidad” en un sentido muy amplio) se les ha tratado de manera casi inhumana a lo largo de la Historia y que sólo en épocas recientes se ha comenzado a dignificar su existencia. Por poner ejemplos, en Esparta a los discapacitados se les despeñaba desde el monte Taigeto. En la Antigüedad, tanto en Asia como en Egipto, se les abandonaba en desiertos, selvas o bosques. En la Edad Media la discapacidad se consideraba un castigo divino con lo cual a la sociedad le resultaba muy fácil desvincularse de estas personas y dejarlas sin atención alguna; y además quienes mostraban esta actitud quedaban bien con su Dios.

En la actualidad, y centrándonos en lo más cercano y conocido, nuestra sociedad se ha caracterizado por favorecer la creación de un tejido asociativo fuertemente comprometido con las necesidades de los colectivos más desfavorecidos. De delegar en ONGs lo que la Administración tenía la obligación de realizar pero que por incapacidad o por ser tareas muy vocacionales, prefería que fuera desarrollado por otros que además lo hacen a un coste económico notablemente inferior. Así hemos asistido al nacimiento y desarrollo de entidades con un calado tan impresionante que cuando el apoyo obligatorio falle, y ya está fallando y a lo grande, van a caer de manera irremediable y, lo peor de todo, van a dejarnos huérfanos de esas atenciones a las que no hemos dado importancia mientras se prestaban. Y entonces será el llanto y el crujir de dientes.

Cuando dentro de unos años analicemos con más y mejor perspectiva qué han hecho por la sociedad campogibraltareña (me centro en lo que conozco) entidades sin color político alguno como Alternativas, Márgenes y Vínculos, Barrio Vivo, Asansull, Fegadi, Feproami, Victoria Kent, y tantas que ahora olvido mencionar, observaremos con estupor que han sido cimiento para que nosotros los adictos a drogas, nosotros los alcohólicos, nosotros los niños en desamparo,  los que tenemos discapacidades intelectuales o los que ya ni nos podemos ponernos en pie por los estragos del SIDA hayamos tenido la oportunidad (quizás la única de nuestra vida) que desde otros ámbitos no se nos ha dado. Ahora despeñamos a los niños de acogida, a las víctimas de la drogadicción, a las víctimas de violencia de género, no por el monte Taigeto, pero sí por el abismo de la indiferencia y el descuido institucional porque, no nos engañemos, para atender estas necesidades son necesarios hombres y mujeres extremadamente comprometidos y aun más preparados, con esfuerzo, dedicación, voluntad, tesón y que tienen la costumbre de comer ellos y sus familias. Un defectillo como otro cualquiera.

Algunos dicen que en este ámbito hay más de un vividor. Por supuesto, y en el de los peones camineros,  en el de los deshollinadores y en el de cazadores de bisontes. Pero esto no puede ser motivo para hacer tabla rasa y meterlos a todos en el mismo saco, porque ese “argumento” se usó para el co-pago en las medicinas  (en realidad es repago o multipago) y así nos va. Si hay fraude se detecta y se extirpa el tumor, no se mide a todos por igual. Castiguemos al que la hace, no al que lo hace bien.

Y cada vez estamos más cerca del punto de no retorno no para quienes prestan esta atención, que no dejan de ser sino meros instrumentos de una sociedad necesitada de esas vocaciones, sino para esas otras personas anónimas que no tienen amparo en ningún otro lugar. ¿Estamos seguros de que eso es lo que queremos? Porque los Presupuestos de las distintas Administraciones van en ese sentido y eso sí que no tiene vuelta atrás. Y esto sólo indica que los Padres de la Patria están apostando por una atención meramente asistencial (que tampoco podemos dejar de lado) y olvidando el modelo actual con resultados a la vista en el que se trabaja en la prevención la integración y la inserción sociales.

¿Vivimos en una sociedad que no quiere combatir el racismo, que no quiere integrar a las personas con discapacidad intelectual, que quiere abandonar a los niños y niñas que han sido previamente abandonados, que quiere dejar morir a sus enfermos si la enfermedad está suficiente y probadamente estigmatizada? ¿Así es de verdad nuestra sociedad?

En este punto recuerdo una costumbre en determinados tribus de esquimales que cuando la necesidad apremia de manera salvaje adoptan una curiosa forma de suicidio (o sacrificio en bien de la comunidad) por parte de los ancianos y los menos aptos,  que consiste en aislarse en un témpano de hielo y morir de frío o devorado por un oso, lo que ocurra antes.

El problema es que por aquí últimamente los témpanos de hielo los hemos echado en los gintonics  y los osos tuvieron que emigrar hace mucho.

EL MAL KARMA

Dicen que existe una cosa llamada Karma.  Que no es pronunciar un sinónimo de tranquilidad de modo descuidado sino algo así como una herencia casi eterna, reencarnación a reencarnación, de forma que “De acuerdo con las leyes del karma, cada una de las sucesivas reencarnaciones quedaría condicionada por los actos realizados en vidas anteriores.”

Y por qué extraña razón digo esto, pues porque hace unos días, en plena tormenta tuve que acercarme a San Pablo de Buceite, y, oteando el paisaje me paré a observar la vía del tren y no pude menos que caer en la cuenta de que, si pensáramos que estábamos a mediados del siglo XIX esa vía no desentonaría nada en absoluto. Pero nada. Sólo faltaban dos o tres bandoleros a caballo para el tema ambiente.

Es decir no ya AVE, Talgo o similar, sino dos raíles de juguete para un tráfico de Champions League.

A partir de ahí, no pude por menos que pensar en la cantidad de muertos que tuvieron que transcurrir hasta ser dignos de una Autovía que enlazara con la Autopista a Sevilla.

Y en los atascos sempiternos de Tarifa, ciudad de viento, playas y atascos. Ni en lo que cuesta salir hacia Málaga salvo que te quieras perder en las rotondas, ese paraíso de los fabricantes de compases.

Y en éstas que sale mi vena reivindicativa y sigo dándole vueltas al magín y caigo en la cuenta de que tenemos, tan sólo en el plano turístico, dos focos de primer nivel mundial (Tarifa y Sotogrande), dos Parques Naturales aún por explotar, 15 millones de campos de golf, más o menos, campos de polo, 3 castillos visitables, 2 yacimientos arqueológicos de primerísimo nivel… En el plano industrial, el primer polo industrial de Andalucía, en el plano logístico uno de los puertos más importantes del mundo (entre los 100 primeros); en tráfico de pasajeros ni contarlo (recordemos, tenemos otro continente a tiro de piedra).

Y nos guste o no, una frontera ahí al ladito con la que tenemos la costumbre de hacer el ridículo por una parte y por otra. Sin banderas de por medio.

Es decir, como para pensar en que una situación así generaría una apuesta decidida de quien corresponda (¡qué socorrido eufemismo!) en la firme convicción de que esto es locomotora y no vagón de cola.

Pensemos en términos de inversión, no de gasto, porque estaremos en crisis (¿quién lo duda?), pero se sigue gastando en otros puertos, se siguen construyendo carreteras y, sobre todo, modernizando vías de tren para facilitar el tránsito de mercancías que demanda el mercado. Entonces, la pregunta obvia es ¿y por qué aquí no?

Yo no tengo la respuesta o, al menos, no quiero pensar en un escenario en que las posibles repuestas pasen por imaginarnos un entorno de sesudos y sesudas personas (de hoy, de ayer y de todos los tiempos, ausentes las siglas y firme el ademán), dirigentes de alto standing, que entienden y han entendido las apuestas por el Campo de Gibraltar como un envite en contra de otras ciudades cercanas y algo más capitalinas (algo así como la estúpida pretensión de ser el tuerto en el país de los ciegos, defecto en el que suelen caer los pésimos estrategas y de los que tenemos tan abundantes ejemplos).

O quizás ocurra que esos jurdeles sean estúpida moneda de cambio para contentar a otros que ven lo de aquí abajito como un competidor a exterminar.

Ni siquiera me importa de qué color sean los que no hacen, ni el color de los que han dejado de hacer;  lo verdaderamente terrible es que más de una docena y de dos tendría que revisar sus conceptos básicos de macroeconomía y entender que para salir de una crisis hay que invertir en lo que genera riqueza y para crear riqueza hay que invertir en lo que va a generar más riqueza. Y de eso queda muy poco en esta nuestra España y lo que queda se desprecia en lo que a nosotros se refiere. Qué pena, ¿no?

En definitiva y por retomar el enunciado del principio e irnos algo hacia lo místico, no quiero ni pensar en lo malos que han tenido que ser nuestros ancestros campogibraltareños para que, después de tantas generaciones, sigamos anclados en las mismas carencias, asediados por los mismos fantasmas y abandonados a nuestra suerte, o casi, vez tras vez.

Maldito Karma.

EL JARDÍN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN

 

“El jardín de senderos que se bifurcan” es un relato corto y magistral, situado cronológicamente en la Segunda Guerra Mundial, del no menos insigne argentino Jorge Luis Borges; autor por otra parte poco inclinado hacia veleidades tendentes a lo bermellón. O, como diría el Gran Wyoming, más cercano a un ultracentrista que a otra cosa.

En él (tanto en el autor como en el relato) todo tiene una segunda o tercera causa y, lo que parece una simple novela policíaca, “es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre”, según las propias palabras del autor.

En cualquier caso no es una crítica literaria lo que quiero hacer, ni siquiera un cocido madrileño de los que tanto empiezan a apetecer en estas extrañas fechas, en las que incluso el clima se encuentra a media asta.

No.

El tema que me atrae últimamente es la facilidad que tienen algunos políticos de medio pelo por no citar las cosas por su nombre y citemos para ello de nuevo a Borges: “Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. (...) no emplea una sola vez la palabra tiempo”.

Imagino que los Padres de la Patria estarán inmersos en el gran debate de si el lenguaje modela la realidad o si es la realidad la que ganará la Liga.

Así, en un alarde soberano de imaginería literaria, deforman, distorsionan, violentan ad nauseam expresiones que, en román paladino, quedan en evidencia precisamente por eso, por el ímprobo esfuerzo en disfrazarlas.

Y aquí debo recurrir de nuevo a Borges, ya que él lo expresa mucho mejor que yo, como no puede ser de otra manera, al manifestar lapidariamente en la obra citada: “Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla”.

Y alguien (si es que alguien me lee) podría decir: “este tipo es un exagerado” o quizás “¿Qué me gusta más, el folk bretón o el normando?”, pero no quiero pecar de indocumentado ni desparramar sin aportar ejemplos tan evidentes de metáforas jamás soñadas por los mejores escritores que la Humanidad y los Premios Planeta han dado.

No es ni siquiera el incumplimiento de promesas que, de tanto oír, han comenzado a convertirse en mantras, no; si al menos tuvieran esa gallardía… Es el interés en hacernos quedar a los demás, a los que no compartimos sus crípticos mensajes ni en el fondo ni en la forma, como auténticos gilipollas de los que entran pocos en la docena lo que me repugna.

1.- ¿Recordamos la subida del IVA? Fue una campaña de las de ir a degüello en contra de subir ese modelo de igualdad social que es el impuestito de los huevos.

Punto 1: Sí, mienten como bellacos. Recordemos cuando en 2009, el señor que por parte de madres es… Brey, dijo aquello de: “El PP se opondrá a cualquier subida de impuestos, porque significa más paro y más recesión”. O también que esa subida era "un sablazo a la sociedad para cuadrar las cuentas".

Punto 2: Nos meten en ese jardín de bifurcaciones al decir: "impuestos sobre el consumo", "tipos impositivos sobre el alcohol, el tabaco o los carburantes..." y pretender explicarlo ante la petición de información con: "Trato de utilizar los términos hacendísticos más adecuados" (De Guindos dixit).

2.- Los bancos malos, a los que parece que estamos destinados, no son bancos malos, son “‘una sociedad que reagrupa los activos tóxicos de los bancos”, es decir un banco malo.

3.- Por supuesto, el rescate no es un rescate, sino una “ayuda financiera”,  "Préstamo en condiciones ventajosas". "Apoyo financiero". "Crédito". Es como decir que una fiambrera no es una fiambrera, sino “un envase con una tapa que puede ser de diferentes materiales: lata, vidrio, plástico,... la utilidad de la cual es llevar algún tipo de alimento, generalmente cocinados, para ser consumidos posteriormente.”

4.- La recesión no es recesión, salvo que gobiernen otros, ahora es “tasa negativa de crecimiento económico”. Bello disfemismo, como el uso de aquella abominación lógica y lingüística que otros, por entendernos, dieron en bautizar como “discriminación positiva”…. Los cojones. Que eso no existe y a ver si nos enteramos.

5.- Ya no se abarata el despido, sino que se “flexibiliza el mercado laboral”, es decir, en uso legítimo de la propiedad transitiva, se abarata y facilita el despido. ¿O nos hemos perdido algo, salvo la escasa inteligencia que nos pudiera quedar, por el camino?

6.- ¿Amnistía fiscal? Ni de coña: "medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas"  y también, en respuesta parlamentaria  del ministro del ramo: "Señoría, no hay ninguna amnistía fiscal. En el proyecto de ley del Gobierno lo que hay es una regularización de rentas y de activos, que es una figura bien distinta, y además es una medida excepcional para un tiempo excepcional". “Bobos, que sois unos bobos”, le faltó añadir mientras hacía un mohín y una caída de ojos de las que hacen época.

7.- ¿Empleos precarios? ¡No!, “minijobs” (y a mí que me recuerda esto a la peli de Austin Power… Me lo tendré que mirar).

8.- El copago sanitario, ese mal amante que a tantos jode y a nadie satisface, ahora es “Ticket moderador convergente”.

9.- En cuanto a la subida de las tasas y a la bajada de las becas, aquí las perlas son de lo más variado, así, "una racionalización en lo que corresponde pagar a la administración y lo que corresponde pagar al alumno", y, por supuesto, suben las tasas para que todos puedan pagarlas, a la par que promueven la privatización para incentivar lo público.

 

Así pues, como Borges, este gobierno nos presenta la realidad bajo varias capas de retorcido lenguaje, metafórico, cínico, recóndito, para que nosotros, no más que unos simples mortales, nos esforcemos a través de un intenso diálogo interior en desencriptarlo para alcanzar así cotas sublimes de sabiduría y comprensión. Borges pretendía hablarnos del tiempo, ese enigma, sin citarlo. Otros pretenden mearnos y decir que llueve, es lo que hay.

Aunque me imagino a alguno de esos de mantilla y caspa intensa, llorando por las esquinas al estilo de Yu Tsun, el protagonista de la obra al decir: “Después reflexioné que todas las cosas que suceden a uno suceden precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí.”

Curiosamente, aprovechando el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la conflagración comenzó a inclinarse de lado aliado de forma irreversible, amén de por las victorias puramente militares, en el momento en que los aliados fueron capaces de descifrar los hasta ese momento imbatibles códigos que producía su máquina de encriptar “Enigma”. Es decir, poner clarito y sin duda alguna los mensajes que no eran más que letras y cifras sin sentido aparente y que mostraban las distintas estrategias, los movimientos de tropas y materiales, los bombardeos previstos...

Por otra parte, dudo mucho que ninguno de los que sueltan perlas tan floridas como las anteriores haya leído en su vida a Borges, sepa quién fue Yu Tsun ni consiga explicar el concepto leibniziano de la existencia simultánea de varios mundos disjuntos.

Por tanto, en alarde lógico insuperable, deduzco que piensan y actúan pensando en nosotros como en cretinos, gilipollas irrecuperables pertenecientes a una casta un escalón por debajo en valores del musgo ártico e indignos de la bondad infinita de aquellos que nos esquilman por nuestro bien.

Y no sé por qué extraña razón pero no, no me gusta la perspectiva. Habrá que seguir reventando la “Enigma” actual a ver si así.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres