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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

BOQUERONES RELLENOS

Se puede decir que uno no es verdaderamente hombre (miembro o miembra de la raza humana) hasta que no ha probado, pero probado de verdad, los boquerones rellenos. De hecho, es de esos platos con los que uno está dispuesto a defender el honor de la familia (podemos afirmar que la tríadacapitalina del honor la componen los boquerones rellenos, las croquetas y las albóndigas) en duelo a primera sangre en la tapia del cementerio más cercano.

Eso sí, debemos tener en cuenta siempre que en el boquerón los opérculos branquiales se proyectan sobre la epibranquias y que la pseudobranquia es algo mayor que el ojo y alcanza la parte inferior del opérculo branquial. No sé para qué, pero no creo que debamos olvidarlo nunca.

Lo curioso es que ese bichito (Engraulis encasicholus para los amigos), tan denostado en otros momentos, se ha transmutado desde pitanza proletaria en placer semidivino. Y es lo que tiene ser un pequeño devorador de plancton como nuestro amigo, que luego nos regala sabores y texturas especialmente delicados.

Lo primero que tenemos que hacer para preparar  nuestros boqueroncillos es limpiarlos y quitarles cabeza y espinas, aunque siempre nos cabe la posibilidad de hacerlo a lo bestia, y poner uno sobre otro con el relleno en medio, pero no me suena bien.  Una vez asumimos la primera forma, los abrimos y secamos. Y ahora lo bueno. Ingredientes: pan rallado (o patata hervida), huevos, perejil, mejorana, ajos, cebolleta, sal, harina, aceite de oliva. A mí me gustan más con pan rallado, pero con patatas tampoco son para despreciarlos ni hablarles desde la lejanía. Se hace una masa con el pan rallado (o la patata) y huevo, teniendo en cuenta que la textura es a escoger, aunque para medio quilo de boquerones van bien algo menos de 100 gramos de pan y 2 huevos.  Los ajos y la cebolleta se pican mucho, se mezclan con la mejorana y el perejil también muy picaditos y se unen con el pan rallado de antes. Ya tenemos el relleno, que salaremos al gusto. Con esta masa untaremos los boquerones, que ya  tendremos abiertos en forma de filetes, dejando la masa de un grosor de un centímetro, más o menos. Una vez untados (va a parecer la trama Gürtel), ponemos otro filete encima del anterior y enharinamos (también pueden ir con harina y huevo, al gusto). Para freírlos, aceite de oliva bastante caliente, aunque creo que es mejor bajarlos un poco luego, puesto que así conseguiremos que la masa interior se haga en condiciones y sin contravenir la Declaración Universal de Derechos Humanos (aplicable por extensión a los pescados azules).

Los sacamos y les quitamos el aceite sobrante, los colocamos en una hermosa fuente y tenemos un platazo del nueve y medio. Podemos comerlos así sin más, o con mayonesa (casera, por favor, lo de bote es porquería inasumible), con ensalada o, como a mí me gusta mucho, frío de un día para otro con café negro (es decir, sin leche). Aunque quizás lo de “café negro” no sea políticamente correcto, pero “café de color” tampoco me suena bien. Acepto sugerencias. Van de lujo en compañía de sus primos lejanos los pimientos fritos y cerveza muy fría. Y si no que se lo pregunten a mi amigo Juan Jiménez, que los borda.

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