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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

HUEVOS REVUELTOS CON SETAS Y OTRAS COSITAS

En principio, hacer unos huevos revueltos parece más cosa de niños que receta digna de ser ensalzada, citada o hasta catada con fruición. Nada más lejos de la realidad, si es que alguien puede definir con certeza el concepto de realidad (y si no, a ver Matrix).

Llegados a este punto, cualquiera puede recordar esos magníficos huevos revueltos que ha engullido desde su más tierna infancia… ¿seguro? Yo diría que no. Porque lo que estamos acostumbrados a comer es más una tortilla rota que unos huevos revueltos. Para empezar.

Es decir que no vale con echar aceite y darle vueltas y más vueltas a los huevos. No al menos como yo quiero plantearlos. Porque las vueltas y más vueltas se les dan (de ahí en filigrana semántica lo de “revueltos”), pero de otra forma, con poquito aceite, muy poco y… al Baño María (o similar, como expongo luego); sin dejar nunca que cuaje porque entonces tenemos una tortilla, rica sí, pero tortilla. Y os puedo asegurar que la textura de los huevos revueltos de la otra forma supera a la de las tortillas rotas de parte a parte. Por goleada, vamos.

Lo normal son unos 3 huevos por persona, puesto que menguan con ganas. Y las setitas son otra de esas delicias de las que no terminamos de aprovecharnos. Afortunadamente, ahora las venden de muchas maneras sabrosas y bien conservadas, en aceite, congeladas, en polvo, deshidratadas, etc. Nosotros cogemos unos Boletus frescos y, para limpiarlos, solo un paño ligeramente húmedo y una puntillita de cocina por si tienen tierra, de otra forma nos llevamos la suciedad y los aromas. Cogemos la parte más tierna, laminada, y la echamos en una sartén con sal y aceite para saltearla; y a mí me gusta sin más, ni ajos ni similares, que son muy invasivos. Cuando las tengamos, las apartamos.

Luego, echamos unos taquitos de jamón (los tan denostados taquitos de jamón), con su tocinito reglamentario y los salteamos ligeramente. Luego, echamos en el mismo mejunje que se nos va formando unas gambas o langostinos de los que nos hayamos enamorado previamente. También se puede echar un carnero con cuernos y todo, pero la sartén tiene que ser más grande y no lo veo yo tan fácil.

Ya tenemos más de la mitad del plato. Ahora simplemente echamos los huevos y no dejamos que la sartén coja mucho fuego (o al Baño María si somos más hábiles y nos gusta manchar más cacharros, lo que es mi caso); con una varilla (mejor de plástico para no destrozar el fondo de la sartén) no dejamos de mover, lo que nos llevará bastante tiempo, razón por la cual es difícil que nos lo preparen en restaurante alguno; llegados aquí, seguimos moviendo la varilla. Una vez recitadas las primeras cincuenta páginas de “Cien años de soledad”, seguimos removiendo, pero ya vamos viendo cómo coge otra textura, densa, espesa, así que podemos echar algo de sal, algo de pimienta, nuez moscada y poco más. Sólo un poco de nata al final para equilibrarlo y que quede literalmente como mantequilla.

Y para presentarlo, a mí me gusta en el fondo del plato (llano) los huevos revueltos y encima gambas y jamón, para rematar el plato con nuestras magníficas setas.  Y para más adorno vienen bien unos croutons que no son sino trocitos de pan frito, pero que parece más elegante. Cosas de gabachos.

Para beber un Crianza en sazón y vamos listos. Digo yo.

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1 comentario

Salvador -

Recetón. Delicioso, y elegante. Muy equilibrado.
Y lo mejor es que no es de esos de los que te pasas dos años recolectando los ingredientes por media Asia y 17 horas cocinando; no hacen falta ni conocimientos cuánticos ni instrumentos de la nasa.
Bienaventurados aquellos que se atrevan, por que puntos sumarán en casa.
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