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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para acabar el recorrido gastronómico andalusí (vamos, recorrer la Plaza de Andalucía zampando), he tenido la enorme dicha de tropezarme con un lugar donde alimentar uno de mis mayores placeres: los helados. Desafortunadamente, el tema de comer helados se convirtió durante mucho tiempo en la perpetuación de un error dogmático que te repetían desde pequeñito y que asumíamos como verdad moral: “los helados son para el verano”. Y nada más lejos de la realidad, los helados, en todas sus variedades, son un placer para los sentidos en cualquier época del año, y una evidencia reside en que algunos de los mayores consumidores mundiales de helado son los países nórdicos. Quizás es que tengan una comprensión diferente de nuestro término “verano”.

Como curiosidad, cabe reseñar que el origen del helado es incierto, aunque todo parece apuntar a que se comenzó a tomar en China hace ya unos 2600-2700 años. Luego vino la invasión con las tiendas de todo a un lirio, pero ésa es otra historia.

Dentro de las calidades posibles del helado vamos a analizar la “Heladería Modigliani”, desde la óptica del mejor, el helado artesanal, ése que se encuentra en raras ocasiones, puesto que últimamente proliferan las heladerías pseudos-artesanales, donde la gracia consiste en tomar algo de marca despersonalizada y con dos barquillos para cobrarnos el doble.

De entrada, lo que sorprende es la presentación del género, puesto que nos lo encontramos prácticamente esculpido en las bandejas, con formas casi modernistas que invitan a la contemplación. Evidentemente, eso sólo es posible debido a la untuosidad y cremosidad del producto; intentarlo con uno industrial es tirar la ilusión y el helado. A partir de ahí, comenzamos a pensar en los sabores que se nos sugieren tras el cristal. Aunque el problema surge desde el momento en que nos ponemos a contar cubetas de sabores y no paramos en un buen rato. Son 30 posibles sabores y siempre 16 en incitación al pecado. Además de todos los clásicos conocidos, nos plantean determinados sabores que, para mí al menos, han sido un magnífico descubrimiento; sobre todo, he de admitirlo, me ganaron con el helado de higos caramelizados. Aún me relamo. Y sin despreciar stracciatellas, cocos, natas, chocolates varios, etc., amén de sorbetes y helados de yogur por doquier (y también en batidos, mmmmm).

Además, para adobar el deleite, me encontré con otras delicias insospechadas. Una un brioche que me recordaba tremendamente a esos bollos suizos que vendían en una conocidísima pastelería de Algeciras (digo vendían, porque a mí ya no me saben igual), esponjosos, blandos y sabrosos que luego disfrutábamos en casa con un buen chocolate. Bueno, pues aquí podemos hacerlo, porque tenemos la posibilidad de escoger entre un montón de variaciones sobre un mismo tema: el chocolate en taza.

La siguiente un auténtico aluvión de infusiones (no sólo té, tienen hasta mate), elaboradas con mimo y presentadas con gusto, un guiño a los olores, sin duda.

La última me llegó al alma, un auténtico café italiano, de los de verdad, alejado de esas cosas torrefactas que estamos acostumbrados a engullir por aquí y que son de todo menos café. Y, por supuesto, cuando vayáis, por favor, tomad primero el café y luego el helado. Vuestros sentidos os lo agradecerán.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de junio.

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