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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Parrillada de carnes y verduras

Como hoy estoy disperso, os comento un par de cosillas antes que una receta de página o una prolija recomendación sobre tal o cual lugar (a saber qué quiere uno decir cuando usa eso de “tal o cual”, pero como muletilla queda de vicio).

Veréis, este domingo 9 de septiembre y en plena era traumática postvacacional, estuvimos en plan inauguración de la casa de David y Yolanda una serie de sujetos y sujetas, cada uno con más hambre que el de al lado y cada una con más aún (¿a que parece un problema de lógica?). Ante la perspectiva de deleitarnos en amena conversación y comer cualquier cosa o zampar a degüello y que hable el que tenga la boca vacía, obviamente, escogimos lo segundo, con lo cual la charla la verdad es que supimos que hubo, pero quién habló o sobre qué, no lo tenemos muy claro desde la perspectiva de varios días más tarde.

En definitiva, que en esas situaciones lo más duro es la elección del menú (incluyendo  bebestorios, claro). Visto que tienen una terracita que, además de moscas por legiones, pide a gritos una barbacoa y aditamentos similares, optamos por una barbacoa de carne y una parrillada de verduras. Con lo cual enlazo con el artículo anterior en el que exponía las bondades de la comida casera versus los disparates que se compran “elaborados” (hablaba de las parrilladas).

Y con lo del menú quiero aportar un par de cosillas que creo que adornan y enriquecen cualquier apaño que tengamos que realizar y van a constituir la base del tema de este mes; a saber: primero y principal, la elección de las carnes. Y como no se trataba de arruinar a nuestros amigos, sufridores ellos de la crisis de las hipotecas, optamos por carnes lo suficientemente jugosas y lo suficientemente asequibles, es decir: churrasco de ternera, pinchos de cordero y secreto ibérico (tampoco viene mal un chuletón, pero se trataba de no arruinarlos). Como en toda manduca, lo importante es no estropear el género, con lo cual es fundamental no echar sal hasta el final. La razón es una cuestión de enlaces químicos y un noséqué de los jugos interiores. Es decir, que la carne sale mucho más jugosa así. De la otra manera puede que no salga mal, pero así, seguro que sale bien. Y nada de aceite, por favor, ya lo llevan de serie.

En cuanto a las verduras, sencillo: puerro en tiras, calabacín, berenjenas, cebolleta, espárragos verdes o lo que nos apetezca. Aquí sí me gusta el aceite y, para darle toquecillo, algo de mantequilla. Y en este punto, como segunda aportación, queda curiosota una salsa agridulce extremadamente simple y resultona: Se echa en un vaso una medida (la que sea) de vinagre (de manzana, sidra o similar),  y otra de azúcar, se ponen ambas en el fuego y se reducen hasta su  mitad, más o menos. Se saca del fuego y se le incorpora media medida de salsa de soja, se mete en la nevera y en un par de horas, deslumbráis con vuestro cosmopolitismo culinario.

Como además íbamos a tomar una sangría de champán, se me ocurrió (tercera aportación) poner trozos grandes del mango que le iba a echar en la barbacoa, tras hacerles unos cortecitos que rellené con sal y pimienta y luego, algo de aceite y…  un ratito a ahumarse; al final, momento parrilla con algo más de mantequilla. Queda realmente increíble, con una costrita mezcla de la fructosa y la mantequilla que da un punto distinto tanto a las verduras como a la carne. Ni dulce ni ácido, pero sabroso a rabiar. Y a ver quién puede decir que ha probado algo similar.

En cuanto a la bebida, la que preparamos era un éxito seguro (cuarta y última aportación de hoy). Como a mí y a mis resacas no nos gustan las sangrías en las que se mezclan licores y más licores, preferimos (mis resacas y yo) echarle zumos y un solo componente alcohólico. Sugerencias: plátanos, mango, melocotón, kiwi, pera y piña; zumo de naranja (natural por favor, lo del zumo de naranja envasado es un crimen de lesa humanidad), de limón y de la piña cariñosa de antes. Variantes en las frutas y en los zumos, todas las del mundo, ad libitum (al gusto, pero usando un latinajo, cosas de la adolescencia filológica). En ese caldo primigenio, echamos algo de tónica, canela, clavo y azúcar. Lo mejor es mezclar todo lo anterior varias horas antes y dejar que vaya macerando en la nevera, integrando jugos y sabores e intrigando a los invitados sobre las cualidades del invento. En el momento de ir a comer, se incorpora el cava (que tiene que estar muuuuuuy frío) (obviamente no tiene que ser de calidad porque vamos a hacer perrerías con él) moviendo despacito (como lo del Martini de James Bond, agitado, no mezclado) para no quitar esas cositas llamadas burbujitas.

Si conseguimos que carne y verduras salgan de su infierno particular más o menos a la vez y que las moscas guarden turno para comer, el éxito está tan asegurado o más que Garbajosa en la Selección de Baloncesto.

Y recordad que, como dicen los argentinos “el cocinero se hace, pero el parrillero nace”

Para "Noticias de la Villa" de octubre.

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