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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

NOSTALGIAS

He de confesar que no soy, ni mucho menos, de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor porque me parece una generalización simplista tintada de insatisfacción y poco dada a los análisis objetivos.

Asumo que el progreso tiene un peaje en ocasiones cruel pero es que así es la vida y testimonios los hay a miles, algunos enterrados y por descubrir y otros bien a la vista.

Pero también creo que eso no es el comodín que nos permite destrozar la identidad de todo un pueblo por amor de las piquetas, el ladrillo y la escasa poesía del hormigón armado. Que existe un equilibrio entre la modernidad y la identidad de un pueblo. O debiera existir.

Por eso recuerdo con la nostalgia propia de alguien que dejó atrás hace tiempo la adolescencia haberme bañado en la Playa de Los Ladrillos. Vagamente, pero lo recuerdo. Haber sido asiduo del Rinconcillo y sus chiringuitos, el intenso olor a pimiento frito y a espetos nunca suficientemente alabados. Getares era demasiado exótico entonces.

Recuerdo con mucha más nitidez haber subido por las Escalinata desde el Paseo Marítimo hasta la Plaza Alta, cuando el Llano Amarillo era agua y el asfalto no era el Máster del Universo. Ahora somos de las pocas ciudades que conozco cuyo Paseo Marítimo da a unos aparcamientos.

Por supuesto he vivido cientos de noches en cines de verano mientras sufría con insana paciencia cómo las sillas plegables hacían surcos en mi piel aún juvenil.

Cuando estaba en el Instituto, el Isla Verde que era lo más cercano al fin del mundo que conocíamos, salíamos en el desayuno y recorríamos montes, nos metíamos en bunkers abandonados y nos pateábamos la vida sin urbanizaciones, semáforos ni rotondas.

Creo que había una cosa que llamábamos extrañamente “río” que tenía puentes, del que yo cruzaba más que otros el del Río Ancho, junto a una cosa que llamaban fábrica y que formaba parte de otro algo conocido como Industria. En serio.

También me consta una Plaza de Toros, de las más antiguas de Andalucía que se precipitó en un abismo insondable que se ha tragado todo lo que en el mismo sitio se ha edificado.

Cerca existía un Estadio de fútbol donde entre otros vi en directo al Real Madrid apalizar al equipo de mi tierra.

No es leyenda que había Hoteles junto a eso llamado río desde los que se veía un horizonte limpio de brazos de grúas y un muelle preñado de velas, redes y aparejos que saturaban la Lonja, rodeada de cañas, sillas plegables y termos de café.

Eso que se llamaba Isla Verde era una Isla, en serio. Y desde allí se veía cómo el agua acariciaba unos hermosos edificios coloniales, ahora ahogados por grava y una necesaria carretera de ida y vuelta. El Hotel Cristina puede seguir dando fe, por proximidad, de lo que digo.

El Centro, al que desde barriadas llamábamos el pueblo, bullía de animación, de pequeños comercios con nombres tradicionales y sin pomposos departamentos de Recursos Humanos ni de Marketing. Ni siquiera con fechas de caducidad o consumo preferente.

El Muelle rebosaba de quienes esperaban el tren o el barco y que a falta de internet en sus móviles aún por inventar llenaban terrazas, bares y cafeterías generando un bullicio ahogado por el paso de alguna que otra locomotora camino de algún paciente carguero.

Pero algunos creyeron que todo vale y fueron coherentes y tenaces. No como otros, crédulos, confiados, llenos de una bonhomía que les impedía recelar de un plan que imagino de décadas urdido por una mente genial en lo malvado. Digo yo, porque si no, no me lo explico.

Y quería terminar diciendo que no, que no me creo que tengamos lo que nos merecemos porque sería asumir demasiados pecados. Pero eso sí, no tenemos la ciudad que han querido otros, sino la que entre todos hemos consentido en hundir y soterrar como ese Río que un día os aseguro que nos recorría.

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