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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Rabo de Toro con truco

Rabo de Toro con truco

Como vamos de feria en feria y tiro porque me toca, en acabando la de Algeciras me hallo. Y entre Toros y fútboles de ascenso, qué mejor que acercarnos a una receta típica de toros como es el rabo de idem. Y digo eso porque uno de los posibles orígenes de tan exquisito manjar es el de las corridas de toros que se celebraban en Córdoba, donde después de las mismas, aprovechaban el recién difunto para preparar el guiso espectacular con que nos solazamos las almas de bien hoy día. En cualquier caso, siempre me asalta una duda ante la contemplación de un magnífico rabo (no, no salgo en las carrozas del Día del orgullo gay). Es: ¿vino tinto o blanco para hacerlo? En tamaña tesitura, recuerdo el origen y apuesto por el blanco, aunque con trampa al final.

En cualquier caso, al ser una carne tan untuosa e intensa, acepta determinadas veleidades que no plantearé, pero que puedo citar: canela, chocolate, desmigado, etc. A mí lo que me va es con su hueso, con algunas verduras y patatas fritas mirándonos desde la barrera.

Ingredientes (4 personas ó 1 y mi amigo Chan):

  • 1 rabo de toro (casi siempre será de vaca aunque digan que es de buey; no problemo)
  • Huesos de ternera o vaca, puerros, zanahoria y cebolla para hacer un fondo
  • 2 Zanahorias, guisantes (al gusto), 2 cebollas, 2 tomates, laurel, ajos, pimienta, clavo, sal.
  • Vino blanco, Oporto.

La preparación es simple, en primer lugar procedemos a la elaboración del fondo (mejor el día anterior) de forma clásica: todo en frío, cuando arranque a hervir, las horas que nos dé la gana siempre que sean más de cuatro a fuego lento.

En una cacerola (nunca en olla Express, el colágeno de la carne no gelatiniza igual) sellamos el rabo cortado a trozos simplemente pasándolo por aceite caliente hasta que cambie el color en toda su superficie. Así los jugos de la carne quedan en su interior, dejándola tierna. En el mismo aceite, pasamos ligeramente las zanahorias en rodajas, las cebollas y los tomates sin piel ni pepitas. Incorporamos los ajos enteros, el laurel, el vino blanco (1 botella y del buenecito), el clavo y la pimienta y ponemos a fuego fuerte. Cuando el vino haya reducido, añadimos el fondo del día anterior, bajamos el fuego y lo dejamos entre tres horas y tres horas y media (más cerca de las segundas, me temo), hasta que la carne se desprenda del hueso sólo con insinuarle cositas al oído. A las dos horas y media, más o menos, viene el truco, y es un vaso generoso de Oporto, que le dará la untuosidad y el aroma finales al guiso. Al final lo salamos y le incorporamos los guisantes (los mejores, los de Bonduelle en lata, insuperables).

A mí la salsa me resulta muchísimo mejor consistente antes que líquida, con lo que una ligera reducción le queda de vicio. En el plato, la carne rodeada de verduras, cubierta (napada) con esa salsa, y las patatas fritas (mejor tirando a gruesas para hacer honor a la salsa) en desfile procesional. Los aplausos vienen solos.

Y hablando de Ferias, estuve en una Caseta (como ya se ha acabado, no me podrán decir que se trata de publicidad) en la que me gustó especialmente la comida: ”Loz der Pueblo”. Muy bien atendida, con unas gambas de cuarto y mitad la pieza y unos ojos negros de andaluza cabal… un jamón que quitaba el sentío… con buenos postres y precios razonables. En fin, que me ha reconciliado con la zampada festiva. Gracias a Antonio Tusset, artífice del hecho en sí.

Para publicar en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de julio.

Caldereta gastropónica de chivo

¿Qué oscuros motivos llevan a una persona a elaborar una caldereta de chivo? Esa pregunta siempre había corroído mis entrañas hasta que me vi en la ansiada a la par que temida tesitura. Sitúo la escena: viernes mediodía, zampando en mi base habitual de operaciones con unos colegas que no se conocían entre sí. En esos instantes llega mi amigo Juan con dos chivos en la mano y al verme me espeta un desafiante: “¿A que no eres capaz de hacer una caldereta mañana con esto?” [la verdad es que hizo unas cuantas referencias a cuestiones de genitalidad, pero eso mejor aquí no]. En ese punto, el Neanderthal que hay en mí se adueñó de mis cuerdas vocales y respondió con un “Aquí está el tío” que nos dejó a todos emplazados para el duelo a caldereta con padrinos incluidos para la mañana siguiente.

A partir de ese momento me vi en la obligación de documentarme adecuadamente para no quedar como el Betis con el Osasuna (recuerdo para mayor regocijo de los sevillistas: 0-5; es que la maldad me puede) y, tras múltiples consultas internéticas, me di cuenta de que me había metido en un buen fregado. Mi única ayuda era la infraestructura que Juan puso a mi disposición en su terraza, incluyendo al personal de su restaurante. Porque si aludimos a los pinches... uno está todavía pelando la tercera patata para freir y los otros se limitaron a beber mirando los cuchillos.

Decisión por mi parte: como los chivos eran pequeños, mejor no adobarlos ni echar hierbas (salvo laurel) ni aliños aparte. Sólo amplia base de sofrito y manzanilla.

Ingredientes: (para muchas personas y algún tragaldabas añadido, por lo menos 10 ó 12 en total)

2 chivos troceados, con la casquería limpita.

6 tomates carnosos grandes, sin pepitas ni piel.

12 zanahorias en rodajas y 4 cebollas grandes troceadas.

2 cabezas de ajos morados sólo machacados.

2 pimientos rojos y 8 pimientos verdes en trocitos.

4 hojas de laurel, sal, agua y dos botellas de manzanilla.

Patatas, brécol y puerros para la guarnición.

El procedimiento es simple: Las verduras se echan en el perol con aceite de oliva para hacer un grandioso sofrito. A mí me gusta por este orden: primero las zanahorias, luego las cebollas, los pimientos y al final el tomate y los ajos. Más que nada porque el tomate suelta mucha agua y nos interesa sofreír, no cocer las verduras.

Cuando las verduras toman color (un buen ratito dado la cantidad de ellas), se incorpora el chivo en trozos no demasiado grandes y se le da varias vueltas para sellarlo y que quede con todo su juguito. A partir de ese momento, incorporamos el laurel y una botella de manzanilla, le damos fuego y cuando hayamos quitado las impurezas, le añadimos agua hasta que cubra. No tenemos que preocuparnos por el agua, puesto que la salsa la reducimos al final lo que nos apetezca sin pérdida de sabor. Ahora todo va a depender de si el bicho ha superado la adolescencia chiveril o no. En nuestro caso era prepúber, con lo cual con dos horitas nos vino bien para empezar a tenerlo. Tras la primera hora y media, se le echa la sal y más manzanilla, de nuevo fuego fuerte y a esperar a que se termine de poner tierno. Siempre queda la opción de no incorporar la manzanilla, sino de beberla tal cual, a elegir.

Como guarnición, las patatas chascadas, pochadas y luego fritas en tandas cortas con aceite muy caliente y tras hacerles cortes con un cuchillo. Crujientes por dentro y por fuera, además de arenosas. De adorno, una tempura (Ya sabéis, harina de trigo, harina de arroz, cerveza muy fría y sal, pasta lechosa, verduras cubiertas y a la sartén; de la habilidad depende el resto) con brécol cocido, pimientos rojos y puerro en rodajas de unos 3 cm. de grosor más un salsa agridulce manufacturada en directo que hizo las delicias de más de dos (vinagre y azúcar a partes iguales, se reducen a la mitad en un cazo, se le incorpora un chorro de salsa de soja y a la nevera un par de horas).

¡Ah! Lo de gastropónico es porque estas zampadas hay que echarlas abajo con algo de ejercicio, y, en nuestro caso, lo que hacemos es ping-pong. Con lo cual, en poco original juego de palabras, estamos pensando seriamente en hacer un club de gastronomía y ping-pong, con lo cual el nombre está dado.

Como último consejo os recomiendo que si hay alguna persona sensible entre los comensales, que no le enseñéis una foto del chivo antes de acceder a ser protagonista de nuestra zampada. Le chafaríais la comida, aunque si hay poca…

Para publicar en "Noticias de la Villa" de Julio.

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para acabar el recorrido gastronómico andalusí (vamos, recorrer la Plaza de Andalucía zampando), he tenido la enorme dicha de tropezarme con un lugar donde alimentar uno de mis mayores placeres: los helados. Desafortunadamente, el tema de comer helados se convirtió durante mucho tiempo en la perpetuación de un error dogmático que te repetían desde pequeñito y que asumíamos como verdad moral: “los helados son para el verano”. Y nada más lejos de la realidad, los helados, en todas sus variedades, son un placer para los sentidos en cualquier época del año, y una evidencia reside en que algunos de los mayores consumidores mundiales de helado son los países nórdicos. Quizás es que tengan una comprensión diferente de nuestro término “verano”.

Como curiosidad, cabe reseñar que el origen del helado es incierto, aunque todo parece apuntar a que se comenzó a tomar en China hace ya unos 2600-2700 años. Luego vino la invasión con las tiendas de todo a un lirio, pero ésa es otra historia.

Dentro de las calidades posibles del helado vamos a analizar la “Heladería Modigliani”, desde la óptica del mejor, el helado artesanal, ése que se encuentra en raras ocasiones, puesto que últimamente proliferan las heladerías pseudos-artesanales, donde la gracia consiste en tomar algo de marca despersonalizada y con dos barquillos para cobrarnos el doble.

De entrada, lo que sorprende es la presentación del género, puesto que nos lo encontramos prácticamente esculpido en las bandejas, con formas casi modernistas que invitan a la contemplación. Evidentemente, eso sólo es posible debido a la untuosidad y cremosidad del producto; intentarlo con uno industrial es tirar la ilusión y el helado. A partir de ahí, comenzamos a pensar en los sabores que se nos sugieren tras el cristal. Aunque el problema surge desde el momento en que nos ponemos a contar cubetas de sabores y no paramos en un buen rato. Son 30 posibles sabores y siempre 16 en incitación al pecado. Además de todos los clásicos conocidos, nos plantean determinados sabores que, para mí al menos, han sido un magnífico descubrimiento; sobre todo, he de admitirlo, me ganaron con el helado de higos caramelizados. Aún me relamo. Y sin despreciar stracciatellas, cocos, natas, chocolates varios, etc., amén de sorbetes y helados de yogur por doquier (y también en batidos, mmmmm).

Además, para adobar el deleite, me encontré con otras delicias insospechadas. Una un brioche que me recordaba tremendamente a esos bollos suizos que vendían en una conocidísima pastelería de Algeciras (digo vendían, porque a mí ya no me saben igual), esponjosos, blandos y sabrosos que luego disfrutábamos en casa con un buen chocolate. Bueno, pues aquí podemos hacerlo, porque tenemos la posibilidad de escoger entre un montón de variaciones sobre un mismo tema: el chocolate en taza.

La siguiente un auténtico aluvión de infusiones (no sólo té, tienen hasta mate), elaboradas con mimo y presentadas con gusto, un guiño a los olores, sin duda.

La última me llegó al alma, un auténtico café italiano, de los de verdad, alejado de esas cosas torrefactas que estamos acostumbrados a engullir por aquí y que son de todo menos café. Y, por supuesto, cuando vayáis, por favor, tomad primero el café y luego el helado. Vuestros sentidos os lo agradecerán.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de junio.

Potaje de tagarninas con tós sus avíos. Viva lo Light.

Como acabamos de pasar con más gloria que pena por la Feria de Los Barrios, qué mejor intención que reconocer las virtudes de un plato comido con profusión por estos lares. Uno de esos potajes o cocidos ilustrados que merecerían un monumento en la plaza de cualquier pueblo o ciudad que se precie de agradecida.

A ver, ¿alguien no conoce el potaje de tagarninas? Al menos alguien de por aquí, claro, porque más al norte hablas de tagarninas y tienes que aclarar que no te refieres a las cualidades morales de la madre de tu interlocutor, sino que es un cardo rural comestible.

Pues como me apetece hablar de un plato Light donde los haya (carnes, tocinos, chacinas y costillas), propongo una receta de las muchas que se pueden realizar.

Ingredientes:

-         Garbanzos (3 ó 4 puñados, ya en remojo, a los que se les puede echar habichuelas, pero a mí me gusta sólo con los primeros, para no atentar demasiado contra el medio ambiente);  tagarninas (más o menos medio kilo, ya limpias); ¼ de carne de cerdo(troceada); ¼ de costilla de cerdo; tocino fresco; tocino de papada; ¼ de morcillo de ternera (nunca bien ponderada esta exquisitez); 2 chorizos; 1 morcilla; media cabeza de ajos; aceite; sal; pimentón (mezclado).

Hay que tener en cuenta que en los ingredientes se pueden plantear todas las variaciones que deseemos. Por ejemplo, a mí me gusta iniciar los potajes casi siempre con un pequeño sofrito de cebollas y tomate picado muy pequeñito, porque realza los sabores. Pero es evidente que es opcional. Por si acaso, es un comienzo. A partir de ahí, echamos en frío los garbanzos y las carnes salvo la ternera, que me gusta echarla en caliente para que se quede jugosa y atractiva al paladar; también acompañamos en frío el chorizo y los tocinos. Fuego fuerte y cuando hierva espumamos (retiramos las impurezas que van surgiendo), volvemos a espumar y a partir de ahí, fuego lento y cariño en la mirada. Luego, vamos pochando en aceite aparte los dientes de ajo enteros, los quitamos del fuego y le añadimos una cucharadita del pimentón mezclado (dulce y picante). Cuando los garbanzos empiecen a estar tiernos se les añade la mezcla de los ajos con el pimentón, las tagarninas y la morcilla. ¿Tiempo? El necesario.

Cuando terminamos la cocción, le añadimos la sal y esperamos hasta el día siguiente para zampar en sus términos adecuados el manjar. Como nota aclaratoria es importante reseñar que no podemos intentar correr una maratón tras ingerir uno o dos platos de nuestro querido potaje. Digamos que se produciría una curiosa incompatibilidad de caracteres.

Pero podemos ser tan impacientes que no nos apetezca esperar un día para deglutir en toda su santidad un plato tan apetecible. En ese caso, y siempre en temporada, podríamos acercarnos al lugar que, para mí, mejor prepara el preciado potaje en muchos kilómetros a la redonda: Al-Andalus (Los Barrios). Aunque hablar a estas alturas de mi amigo Jesús y su templo culinario puede resultar o redundante o superfluo, no puedo evitar una breve aunque nostálgica referencia a sus potajes de tagarninas, en esos tiestos de barro, con esos aromas y esas promesas de siestas (por la cuenta que nos trae). A quien le guste el cuchareo de hacerse costurones en la boca no puede dejar de ir. Por otra parte, no se limita a eso, su variedad es tremenda y lo mismo encontramos que ese día tiene de invitados a una familia de salmonetes o que ha adoptado a unas langostas, apadrinado unas patitas de cordero o financiado los estudios de un lustroso pernil de gorrino ibérico. Los pescados a la sal se dejan querer con cariño verdadero, con los pescados a la cazuela sólo nos relacionamos por lujuria, para qué engañarnos. Aunque a mí lo que no deja de encandilarme es la calidad de sus primeros: Gazpacho, gazpachuelo, sopa de picadillo, sopa de verduras, de mariscos, salmorejo, etc. Todo en sazón.

De los segundos ya hablé, aunque faltarían muchísimas cosas por discutir sobre cordero, rabo o ternera, pero eso mejor para una clase de filosofía (epicúrea, por supuesto).

Y los postres no desentonan, yendo de delicia en delicia, desde la casera crema catalana hasta las peras o los higos al vino tinto.

Lo mejor de todo es que no necesitamos pagar por mirar como en otros sitios, que sólo con entrar tienes que sacar la Visa y arrastrarla varias veces por el lomo de los camareros, de eso nada. Pero, eso sí, es imprescindible entrar sin mirar la barra, porque si no, pecamos hasta desfallecer y luego no tenemos hambre. Y si no comemos, Paqui, la mujer de Jesús nos castiga de cara a la pared con una caña de lomo en cada mano. Y eso sí que no.

Publicado en "Noticias de la Villa" de Junio.

Crêpes de Arroz con leche

Crêpes de Arroz con Leche o Pulpo a la Gallega en Los Arcos. A elegir.

 

Pues como lo prometido es deuda, paso a relatar nuestras aventuras, desventuras y placeres varios con el postre prometido, la segunda parte de nuestra deglución con Emilio e Isa.

 En principio, para terminar de acompañar las delicias pateriles, me apetecía preparar algo que no desentonara ni resultara  complicado, pero que fuera lo suficientemente fino como para poder fardar un pelín, así que me decidí a arriesgar algo. Solución: preparación sobre la base de un arroz con leche especialmente cremoso y, a partir de ahí, a ver qué nos sale. En este caso, las probaturas dieron como resultado que, a partir del arroz, que dejamos cocer algo más de la cuenta para sacar y reservar la parte más líquida con el almidón del arroz incorporado por la cochura y añadirlo al meollo de la cuestión (va bien maltratarlo un poquito en el chino para que saque lo mejor de sí mismo, la parte más jugosa), dedujimos unas crêpes originales y deliciosas. ¿Cómo? Es  muy fácil.

En principio preparamos el arroz con leche como nos apetezca, pero dejándolo a fuego lento algo más de la cuenta y con un poco más de leche de la que echamos habitualmente para que sobre, como decíamos antes. Para elaborarlo, lo normal: arroz, leche entera, azúcar, piel de limón y canela en rama, todo al gusto. Fuego (lento, eso sí) y paciencia. Cuando vemos que está, lo dejamos algo más y le incorporamos un botecito de nata para darle melosidad (un bote de nata líquida, que nadie vaya a echarle un bote de nata montada, eso no, por San Bonoloto).

Una vez tenemos el arroz, lo metemos en el vaso de la batidora y lo dejamos lo más triturado posible. A partir de ahí usamos de la más moderna tecnología y ponemos el arroz pasado por la batidora en una lámina de silpack. El silpack es un producto de silicona que nos facilita enormemente las tareas en la cocina y que, para lo que aquí viene al caso, es fantástico, puesto que nada se pega.

¿Cómo ponemos el arroz? Pues en láminas finitas y no demasiado grandes, en el horno precalentado a 180 grados y a disfrutar en la contemplación tras ir pinchándolas pues seguro que se levantan. Ahora tenemos dos opciones, las dejamos con textura de crêpes, ligeramente blanditas o nos arriesgamos y las dejamos como tortas crujientes (cuidado con no quemarlas). Le ponemos un poco de canela en polvo y, si nos apetece, le echamos azúcar y lo caramelizamos antes de servirlo En cualquier caso, las mojamos abundantemente con la leche que echamos de más y que dejamos que sobrara (para esto las dejamos, no fue porque sí). Sin la menor duda el éxito es seguro.

Además, podemos acompañarlas con puré de manzanas, frutos secos y helado, alguna mermelada (por favor no del frutos del bosque, que no me gustan), y si alguno se empeña con jamón 5J.

En estos momentos alguno siempre puede decir que no le gustan el pato, ni el Albariño, ni las manzanas ni el arroz con leche. En ese caso, sólo queda darle nuestro más sincero pésame por ese castigo que su paladar le ha infligido y, debido a nuestra bondad natural, recomendarle que asome sus reales por un lugar estupendo. Se trata de un restaurante de los de barrio, donde puedes ir con los amigos en la confianza de que ni te engañan ni lo pretenden, el Restaurante Los Arcos, a pie de los Arcos de la Bajadilla (Algeciras). Sin duda preparan el mejor pulpo a la gallega de la zona. Y no exagero, de los de la Bahía y de los que comen gambitas y camarones, no de los congelados foráneos. Las gambas no le tienen envidia a ninguna y las almejas vienen con una salsa de las que tienes que llevarte la telera de pan moreno de kilo y medio. ¡Ah! Y como te toque el día que ponen un puchero con todos sus avíos, ve preparado que los sudores te correrán hasta por la planta de los pies. Pero hartarte, te hartas. Hasta de postre lo pides. Y si ese día mi amigo Juan ha pescado nécoras, mejillones o cañaillas en la Plaza, más vale que uno tenga repleto el arsenal de excusas, porque en casa no almorzamos. Y para entretenernos rabo de toro, albóndigas, montaditos, pinchos de cordero, etc. Para echar tres o cuatro ratos sin pensárselo mucho, vamos. Bien por Juan y mejor por su costilla en la cocina.

Publicado en el extra de Mayo de “Noticias de la Villa”.

VERDURAS ENJUNDIOSAS Y MULTIFORMES

VERDURAS ENJUNDIOSAS Y MULTIFORMES

Tras las diversas fiestas que tenemos la buena costumbre de disfrutar con total fruición, no viene nada mal aprovechar para reconsiderar nuestra postura ante las calorías y sus perniciosos efectos en el organismo. Si además conseguimos que el plato a preparar sea jugoso y con sabor, miel sobre hojuelas. Bueno, ni miel ni hojuelas, que si no perdemos lo ganado.

Siempre se nos ha dicho que las verduras son aburridas y, aunque no tengan la misma gracia que Chiquito contando chistes, lo cierto es que es uno de esos manidos tópicos que de verdad tienen nada y menos. Os propongo lo siguiente: un plato de verduras hervidas y aprovechar el fondo resultante para una sopa con algo más de enjundia. La frugalidad al poder.

Tras la primera desbandada al leer el término “verduras hervidas”, los valientes y yo procederemos de la siguiente forma:

Usaremos verduras frescas (mejor de esas fantásticas huertas que pueblan nuestra zona, las del Rinconcillo, Los Barrios, Guadiaro, etc.) y, en caso, de no poder, de las que tengamos a mano, pero mejor no de las congeladas. Sugerencias: Puerro en grandes trozos, Brécol en ramilletes (o coliflor), acelgas (no las picadas) o coles en trozos medianos, zanahoria en rodajas o trozos pequeñitos, judías verdes, apio sin los hilitos, espárragos blancos o verdes de cultivo, patatas, guisantes, etc. Es muy importante no echarle bajo ningún concepto alcachofa. ¿Por qué? Pues porque es el único alimento que me da asco y su sola contemplación me repugna. Si lo echáis, que nadie me lo diga, por favor. Y todo en las cantidades que nos apetezca. Si nos viene bien, podemos añadirle gambas, maíz, piña o pollo hervido. Al gusto.

La elaboración es simple. Echamos en agua caliente (no en cantidad excesiva de agua) todas las verduras menos el brécol o la coliflor ni las patatas. Las primeras las cocemos aparte. Las segundas ya veremos. Se cuece echándole un poco de sal y nada más. Cuando estén blandas pero sin pasarse, las sacamos. En ese mismo caldo, echamos las patatas en cascos medianitos y, éstas sí, las dejamos muy pero que muy blanditas. Como el caldo resultante es el que tiene gran parte de la enjundia de las verduras, sería un crimen desaprovecharlo, con lo cual lo usamos para hacer una sopa con algo más de literatura, a saber, le podemos echar unos fideos finos o algo de arroz, huevo duro y taquitos chicos de restos de jamón (ibérico, off course). Al final, le incorporamos algo de pan frito. Queda una sopa con el fondo de verduras para relamerse.

Las verduras, por otra parte, las ponemos en una ensaladera grande, preferiblemente sin mezclarlas, por aquello del efecto visual y, mejor templadas que frías las aliñamos, tras salarlas, con una vinagreta simple pero eficaz: 1 parte de vinagre suave (manzana, sidra, miel o similar) 3.5 ó 4 partes de aceite (de oliva, faltaría más) y unas gotas de limón. Se echa todo en un vaso y se remueve con un tenedor o algo que permita la entrada de aire. Tras el sencillo proceso, sólo resta disfrutar de sopa y verduras en la convicción de que, además de disfrutar, le hacemos un favor a nuestro organismo.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de mayo de 2007.

Memoria compartida: SUBURBANO

Memoria compartida: SUBURBANO

En un recorrido nostálgico de calidad, con la perspectiva de la buena música como excusa, siempre tendré como referente un sello discográfico ya desaparecido y de nombre Guimbarda (1979-1985), que conocí a través de una publicación que esperábamos (esperábamos muchos, no es un vulgar plural mayestático) todos los meses  como a agua de mayo y que aún hoy día, en plena época de piratas y cánones, sigue saliendo (en papel y en la Red): Discoplay.

Muchas de las ediciones del mítico sello (llegaron a sacar más de cien discos) tienen hoy la categoría de joyas (al menos para mí) de las que, en algunos casos, he podido recuperar viejas grabaciones (manufacturadas en esas “extrañas” cintas de dióxido de cromo, cuando tenía pelas, y de lo que fuera cuando no las tenía. Casi todas son de las de “lo que fuera”, obviamente). Tengo la tarea pendiente de recuperar otras que guardo en vinilo, pero a quien se las dejé (saludos, Miguel Ángel) San Pedro se las bendiga (o eso creo yo que piensa él deformando el refrán). Todo se andará. Sobre todo si es con pan y vino (y queso y aceitunas y langostinos de Sanlúcar…).

Es obvio que en toda labor nostálgica, la memoria nos juega malas pasadas, haciéndonos recordar claramente mejores los sabores, olores, relaciones y músicas que nos han acompañado. Pero en este caso, como he podido rescatar algunas de esas maravillas fonorosas (toma palabro), absolutamente perdidas, debo decir que no, que me quedo corto.

En esos tiempos fue cuando comencé a escuchar con auténtica reverencia a grupos y solistas (muchos de Guimbarda) con nombres tan sonoros como sus composiciones (ahora y antes otros muchos hacen coprosiciones, pero ésa es otra historia): Gwendal, Geranium, Keltia, Boys of the Lough, Kolinda, La Bamboche, Labanda, Alan Stivell, Suburbano… Y de entre todos ellos, uno que me fascinó desde el primer momento y que ha tenido la virtud de hacer fantástica música cuando era puro folk, pura fusión (quizás mezclar “puro” y “fusión” sea una incoherencia semántica, pero queda bien) o música de cine. Curioso. Y es más fascinante aún por la circunstancia de que recordar la discografía de Suburbano (sí, ése es el nombre del grupo que me ha acompañado desde tan temprana edad), sus etapas, su historia es hacer un recorrido por mi propia vida. O por una etapa importante de ella; la de, por ejemplo, cuando jugaba en nuestro particular Maracaná sevillano (hermosa historia la de los futbolines y demás vicios infantiles) con mi amigo Paco y su habilidad para fregar platos y bajar la basura cuando yo cocinaba, porque con los delanteros y defensas de madera, era ruinoso. Tenía que decirlo.

Desde ese 9 de mayo de 1979 en que nacieron como grupo en la sala de teatro “El Gayo Vallecano” (y también el año de mi primer curso en la Facultad, en Sevilla) hasta la fecha, sin parar como uno de sus discos (Ya no puedo parar), yendo casi siempre a contracorriente y, sin ser reconocidos cuando lo hacían a favor, hemos tenido no un recorrido paralelo (más quisiera yo), pero sí que se ha tocado en muchos puntos y momentos. Hemos reverenciado y oído a los mismos músicos; hemos sido testigos de la misma historia y, en muchos casos, desde la misma perspectiva; hemos ido a la vez a contramano. Hemos vivido juntos en mi memoria, aunque esto último ellos no lo saben.

Mientras, en julio de ese mismo año graban su primer disco, con el nombre del grupo: Suburbano, basado en el folklore de la Península Ibérica. Nunca me cansaré de deleitarme escuchándolo. Lo gracioso es que cuando hace no demasiado tiempo pude comprar el original en cd, me resultaban extrañas algunas partes, puesto que estaba acostumbrado a oírlas distorsionadas por el paso del tiempo en esos artilugios del siglo XVII ó XIX llamados radio-casettes (sí, los que se alimentaban de las cintas  a las que hacía referencia antes.)

Con ellos, como adorno, arranca una serie de músicos que ha hecho historia en nuestro panorama musical, así: Tino di Geraldo, batería (Paco de Lucía, Camarón, Luz Casal o Manolo Sanlúcar), Billy Villegas, bajo (Aute, Cómplices, Antonio Vega), Andreas Prittwitz, saxo (Ana Belén, Miguel Ríos...) o Esther Godinez (Sabina, Duncan Dhu.), y muchos más hasta hacer 27 sin incluir a Luis Mendo y Bernardo Fuster, fundadores y padres de la criatura. Nunca han sido tontos para rodearse de los mejores, ni para acompañarlos, puesto que han tocado (enriquecido, mejor dicho) con Aute, Luis Pastor, Sabina, Pepa Flores, Vainica Doble... entre otros muchísimos (lo más curioso es que una vez acompañaron a Sara Montiel, pero entonces no había Tomate ni Salsa Rosa, creo que perdieron una oportunidad).

Ya en el 80, hacen una gira nada menos que con los inmarcesibles Gwendal, otro grupo de los de las mayúsculas incrustadas en el nombre. Vale, corrijo, GWENDAL (así, con mayúsculas los vi en Sevilla, con sus “mouettes” de entonces). Suerte la de quienes vieran la gira compartida, pero fue sólo por el País Vasco (entonces casi, casi, se decía aquello de las provincias vascongadas; qué feo).

Y en ese mismo año sacan otra gema de adorar: Marismas, y, como dicen ellos: “en este disco empezamos a fusionar el folklore con el jazz. Es un disco totalmente experimental y enloquecido. En él volcamos las influencias de grupos como Kolinda, Malicorne, Gentle Giant y Weather Report, partiendo siempre de melodías populares españolas.”

En 1981 realizan una gira con otro de mis músicos fetiche: Luis Pastor, que sigue teniendo una voz y una sensibilidad fuera de lo normal. Sí, ése que hacía de ciego en el programa de la tele (parece mentira que mucha gente sólo le recuerde por ese programita). A él tuve la suerte de verlo en directo en Algeciras, en una pequeña sala que ya no existe (es raro en Algeciras, donde desde siempre se han mimado  la cultura y  sus manifestaciones. Bueno, huevos duros en la cara no, por favor, que dejan marcas.) Y además cantó una de las canciones que le pedí, aquélla de “Cree que es sólo una mujer, pequeña y sin importancia…”. Nfinss…

En el 82, ese año en que no pasó casi nada en nuestro país, prácticamente nada, ellos van y graban otro de esos discos que no puede faltar en ninguna colección mínimamente digna: “Danzas Rotas”. Según sus palabras: “Como su nombre indica, este disco era un ejercicio de “romper” danzas tradicionales, mezclándolas con músicas más urbanas (Jazz, rock…) De nuevo nos da por mezclar.” Y vaya si lo hicieron.

Como en todas las historias de la Historia, que además van unas veces en paralelo y otras distorsionando la geometría euclidiana (esto no sé qué significa exactamente, pero se me ha ocurrido viendo un gol de Van Nistelroy con una parábola increíble, y pensé que vendría bien, y como soy yo quien escribe y casi el único que me lee, pues a ver quién me quita el antojo), no dejé de oír a otros grupos, otras músicas; también fueron otros momentos de mi vida, vistos ahora desde la distancia con poco más que lástima por aquello de mis ataduras de entonces. Ninguna atadura es buena (Chan, digo “atadura”, no “asadura”, que no estoy majara), y si es de las que te promete librarte de las demás, ésa es la peor. Pero bueno, en esos momentos lo creía y como a pesar de lo que intenten con ahínco Acebes, Zaplana, Rajoy y otros de similar o peor calaña, el pasado no se puede cambiar, ahí está y ahí se queda. Eso sí, mi fe ya sólo llega a la creencia absoluta en la imbecilidad humana. Más allá de eso, nada. O sea, que somos imbéciles a rabiar.

Soltada la parrafada pseudo-seria (y la cláusula absoluta, que siempre da un toque culto), no viene de más recordar otra de sus frases que nos da una pincelada de lo que es su carrera, referida a un momento de febrero de 1985: “Componemos, en una noche de borrachera, con la colaboración de Paco Villar la Puerta de Alcalá”. Alguno dirá que no, que es un error. Pues no. El error es que no se sepa. Quesito de Trivial a la buchaca.

En el 92, otro año en el que no pasa casi nada, componen la Banda Sonora de “Makinavaja” que fue y sigue siendo uno de mis personajes favoritos de “El Jueves”, dándole el toque canalla que sólo ellos saben dar y si no, ahí va esto: “Y es que no se enteran / que no vivimos de ausencias / que lo que falta se inventa / que en el barrio sobra ciencia. / Y hay que decirlo / pa´l que no se acuerde: / l a Esperanza es esa puta que va / vestida de verde. // Maki-Navaja, Maki-Poeta / el último chorizo que queda /el último profeta.”

Es decir, Bandas, Jazz fusionado, Folk puro o desbrozado, acompañamientos varios, y siempre con un gusto y un estilo dignos de elogio. Y con letras que cuentan cosas de las de verdad. De las que hay que oír vez tras vez hasta hacerlas memoria.

¿Y qué hacen más adelante, pongamos en 1999? Pues van y graban “20 años y un día”, un disco-libro fantástico con recopilaciones de temas y recuerdos, con fotos en blanco y negro. Leerlo supuso un intenso esfuerzo. Esfuerzo de imágenes apenas recordadas y de nuevo deslumbrantes. Y ellos sin saberlo; han sido todo eso para mí y no lo saben. Menos mal, porque sería una pesada carga si tuvieran esa claridad de lo que hacen, de quiénes les escuchamos y de cómo lo hacemos.

Con ese disco me reencuentran y me obligan a reencontrarme conmigo, con mis fantasmas, mis tan amados fantasmas. Y hasta ahora, que conste.

Además, menos mal para ellos, antes y después, discos, bandas, actuaciones, giras, hasta componer una de las más extensas biografías musicales de nuestro país como Grupo. Inabarcable, pero yo sólo he querido hablarme a mí mismo de algunos retazos de mi vida en los que no estuve solo. Aunque ellos, como decía antes, no lo sepan.

Discos, historias, fotos, imágenes, olores y sabores que en otro tiempo estuvieron vivos, son obligados a volver de su limbo por una voz, una melodía o una humilde nota. ¿No es extraño el mundo?

Eso sí, con grupos como Suburbano no es menos extraño, pero sí, sin duda, más llevadero, hasta hermoso (aunque pocas veces).

Y es que su retronasal es mucha retronasal.

A por la III. 14 de abril de 2007 en Los Barrios.

A por la III. 14 de abril de 2007 en Los Barrios.

  14 DE ABRIL DE 2007. 76º ANIVERSARIO DE LA PROCLAMACIÓN DE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA       

 

14 de Abril de 1931, en España es proclamada la Segunda República tras unas elecciones en las que el pueblo, en su soberanía, decide en libertad y lo hace contra la oligarquía, contra el clero y, por ende, contra la dinastía más nefasta (si es que caben comparaciones) que ha conocido la Historia de España. La misma que ha conseguido, por nombramiento directo del vil asesino Francisco Franco (jamás se puede olvidar cómo llegó al poder el actual Borbón reinante), volver a enriquecerse a costa de todos los españoles.

14 de Abril de 2007, en Madrid, en Sevilla, en Málaga, en cientos de lugares y también, otro año más, en Los Barrios, miles de  personas de toda clase y condición se reúnen para conmemorar aquella fecha y para recordar que esa iniciativa democratizadora, abortada por la felonía de unas alimañas de uniforme (unos color caqui, otros negros como las almas de los que los llevaban), a sangre y fuego,  no puede permanecer arrumbada en el olvido.

Algunos todavía pretenden, en una artimaña más, hacernos creer que esa reivindicación no es sino nostalgia vacía y que todo el trabajo de reconciliación ya está hecho. Casualmente, quienes eso manifiestan suelen ser descendientes (materiales, ideológicos o ambas cosas) de los asesinos, de los violadores, de los ladrones y de todos aquellos que se alinearon con la injusticia para llevar a cabo un genocidio (uno más) como los de Chile, Argentina, Alemania, Hiroshima y, desgraciadamente, tantos más (de alguno somos testigos hoy día).

No. Queda aún mucho trabajo por hacer, muchas memorias por desempolvar y, qué tristeza, muchos muertos que desenterrar. Porque, aunque parezca increíble, todavía son miles las familias a las que se les ha negado uno de los más elementales de los derechos, saber dónde están sus muertos. Y todavía algunos (siempre del mismo bando, la estadística aquí no funciona) pretenden que callen, que ya ellos han olvidado y se han “reconciliado” con aquellos a los que vejaron. Que sus ansias criminales ya están saciadas. Me aturde tanta generosidad.

Y queda trabajo desde el momento en que cualquier reivindicación, recuerdo o alabanza de un tiempo, de unas ideas, de un impulso como no se ha conocido otro en nuestro país, es visto por algunos como una provocación, como querer romper un “consenso” del que muchos abominamos y que no es sino una vulgar “Ley de punto final” de los vencedores, ésos que escriben la historia y, cuando es necesario (para ellos lo ha sido muchas veces durante muchos años), la retuercen y falsean para su interés.

Lo queda desde el momento en que palabras como “nostalgia” o “reivindicación” son demonizadas y se les quiere dar una carga negativa de la que adolecen. ¿O es que acaso también se nos va a negar el derecho a reivindicar aquello en lo que creemos y por lo que muchos murieron o tuvieron que sufrir en el exilio o ser despojados de todo lo que tenían?

Lo queda sobre todo desde que, nosotros, ciudadanos de quienes emana la soberanía nacional, no tenemos la posibilidad de elegir al Jefe del Estado (y no digo “nuestro”, porque mío y de otros muchos lo será cuando podamos ejercer ese derecho básico y negado hoy día). Sólo nos resta acatar lo que la genética de unos pocos nos marque o nos envíe. Y, desafortunadamente, las leyes de la genética son inexorables e inmisericordes. Y a la historia de los borbones nos podemos remitir si alguien lo duda.

Una fecha para el recuerdo, pero también para la esperanza. Porque una vez algunos de los que estuvieron este 14 en Los Barrios vieron ondear la tricolor en los balcones de toda España, en los Ayuntamientos, en las Cortes, sin que nadie pudiera pensar en tener el derecho de arriarla. Porque muchos de los que allí estuvimos no hemos podido verlo. Y porque muchos de quienes lo vieron no pudieron estar allí, no por el tiempo pasado, sino porque sus vidas fueron cercenadas por defender una idea, una ilusión y no lo olvidemos, nunca lo olvidemos, por defender un sistema democrático justo, votado y elegido, de la maldad de unos pocos que usaron las armas para imponer su voluntad y la de quienes, de una forma u otra, les pagaban. A todos ellos, a todos nosotros, a todos vosotros, iba dirigido el mensaje de Juan Antonio Núñez, de Paco Esteban (ex-alcalde de Algeciras), Gonzalo Puente Ojea (en la foto y a quien se le rindió un merecidísimo homenaje por toda una vida), intelectual como quedan pocos, embajador de España (hasta en el Vaticano, curiosidades de la vida) y republicano insigne, y de Alonso Rojas (alcalde de Los Barrios).

Y el mensaje era el mismo: No hay dos sin tres.

¡Viva la República!