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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

CON PAPAS Y A LO LOCO (PARABOLOIDES HIPERBÓLICAS FRITAS)

CON PAPAS Y A LO LOCO (PARABOLOIDES HIPERBÓLICAS FRITAS)

 

 

Si planteamos la siguiente fórmula matemática (x/a)2  - (y/b)2 – 2z = 0 en un artículo sobre gastronomía sin aportar ningún otro tipo de aclaración, más de uno podría comenzar a especular y aventurar sobre el número de litros de vodka ingeridos por aquí un servidor. Si además comentamos determinados aspectos sobre la vida de Darwin o incluimos algunas notas eruditas sobre arqueología precolombina, el olor a neurona churruscada puede resultar ya demasiado evidente. Podríamos, ya metidos en faena, acabar la  introducción con determinados aspectos sobre genética, Napoleón y las hambrunas en Irlanda, pero mejor planteamos directamente algo más adecuado… ¿a qué me refiero? Si alguno al llegar aquí ya lo sabe, fantástico, pero como no creo que esto sea posible (se admiten apuestas), lo diré sin más extensión: A Doña Patata.

Tras los comentarios de rigor y las muecas, obligadas, de reprobación, me explicaré con cierto detenimiento.

De entrada, si hay algún alimento que es a la vez exquisito manjar y manduca de a diario, éste es sin duda la solanum tuberosum (es curioso que pertenezca a la misma familia que las cada día más ensalzadas trufas).

Para empezar, ¿patata o papa? Pues… a elegir. La palabra “papa” es un préstamo del quechua y “patata” proviene de un cruce de “papa” y “batata”. De modo que los primeros conquistadores españoles se referían a “patata” tanto para definir a las batatas como a las patatas. Curiosamente, se dice que en España y en Iberoamérica se usaba “patata” para evitar una ofensa a la máxima autoridad eclesiástica católica al decir “papa”. 

Primera de las pistas aportadas: de ella se obtiene una variedad de vodka, pero nadie se va a emborrachar atiborrándose de  grandes cantidades de puré de patata, tranquilos.

¿Y qué pinta Darwin en la historia patatil? Bueno, pues en su travesía mundial a bordo de su archiconocido Beagle, propuso el origen de la patata en el Archipiélago de Chiloé (al Sur de Chile). Y no anduvo demasiado descaminado, pues su origen está actualmente claro que es una zona entre el Sur del Perú y el Oeste de Bolivia.

Por otra parte, el gran Napoleón I basó gran parte de los éxitos de sus ejércitos en el conocimiento que tenía sobre las propiedades alimenticias de nuestro humilde tubérculo, ya que resulta ser casi casi el alimento más completo que conocemos (salvo la leche materna).

¿E Irlanda? Pues el tema de las hambrunas en Irlanda es uno de los ejemplos de la influencia de un solo producto en la sociedad de un país. En el siglo XIX, una plaga (el tizón de la papa) causó la pérdida de la práctica totalidad de la cosecha de patatas en Irlanda, país que la tenía como eje de su alimentación. Las consecuencias, casi inimaginables hoy día: nada menos que un millón de muertos y otro millón de emigrantes (casi todos a los EE.UU.). Con esas cifras, la transformación de la sociedad irlandesa fue de tal calibre que hoy día sigue arrastrando los frutos de la voracidad de un modesto parásito.

Evidentemente, con algo tan influyente, la polémica sobre su historia y orígenes está servida de antemano. De hecho, siempre se ha especulado sobre la fecha de su aparición como alimento comestible. Y ahí entra la arqueología precolombina, pues en los yacimientos de Monte Verde parece que se ha documentado la presencia de unos fósiles de nuestro amado tubérculo tan sólo con unos ¡10.000 años de antigüedad!  

Sentadas estas bases, me apetece compartir tres modos de preparación de tan delicioso producto por una razón muy simple: cada día cuesta más trabajo encontrar un lugar donde las preparen con un mínimo de decencia y sentido común. Y no sólo eso, con excesiva frecuencia encontramos por todas partes esos engendros mal llamados patatas fritas, cuando en realidad son un pegote de algo congelado embarrado en  mantequilla rancia con forma de bastoncillo y una costra difícilmente identificable. Asco me dan, pardiez.

A ver, en un ejercicio de sinceridad (¿no es mejor decir “siendo sinceros”? ¡Cómo nos gustan las perífrasis que no aportan realmente nada!), ¿alguien no se ha relamido alguna vez con un plato de deliciosas, crujientes, sabrosas y hasta cariñosas patatas fritas? ¿En alguna ocasión alguien ha probado semejante manjar en alguno de los llamados restaurantes de lujo? Parecen conceptos incompatibles entre sí, porque casi todos cuando tenemos ataques de nostalgia, nos recordamos a nosotros mismos deglutiéndolas en cualquiera de una de tantas ventas de carretera que jalonan (jalonaban) nuestras carreteras. Ahora sólo encontramos zonas de servicio sin personalidad alguna que invitan a escapar por piernas.

1º.- Patatas frithervidas: Forma segura de quedar de lujo con amigos, invitados y gente de mal vivir en general. Se escogen patatas de tamaño medio-grande, se lavan muy bien y se ponen a hervir con su piel. Cuando están blandas pero sin deshacerse se sacan y se dejan enfriar. Se cortan en rodajas de un dedo de grosor aproximadamente (evidentemente, todo va a depender del grosor del dedo que usemos) y se hacen cortecitos no demasiado profundos en ambas caras de la patata (al estar muerta no sufre nada, os lo garantizo). La función de esto último es que cuando introduzcamos la patata (con su rodaja todavía) en aceite (siempre de oliva, herejías en sección aparte), la patata y el aceite hacen esas cositas que sólo ellos saben hacer en su intimidad, y el aceitito dora también por dentro nuestra bienamada rodaja de patata a la vez que da un hermoso color al exterior. Para conseguir un magnífico resultado lo mejor es bajar la temperatura un poco cuando metamos la patata y subirla cuando empiece a coger color. Quedará arenosa por dentro y crujiente por fuera. Las sacamos, las ponemos sobre papel absorbente y las salamos. Para darle un punto más curioso, podemos hacer una mayonesa (mejor hacer que comprar, pero con seguridad). Ponemos una porción generosa de nuestra mayonesa (o de alioli) sobre la patata y las gratinamos. Sorprendente y exquisito.

2º.- Tortilla de patatas sin huevo: Doy unos segundos para recuperar el aliento. Ya. Una de las incomodidades de la patata es que, al freírlas, en muchas ocasiones se forman pegotes no deseables. Esto es debido a la gran cantidad de almidón que poseen. Lo que en principio es indeseable, puede servirnos por las propiedades aglutinantes del almidón. De hecho, unas buenas patatas chip se hacen sumergiéndolas en agua para que, al perder el almidón queden sueltas y se frían juntas, aunque salgan separadas. Para aprovechar al máximo estas cualidades aglutinantes, la mejor forma es sacar todo el almidón a relucir y la manera más adecuada es rallándolas. Así pues, tiramos de artilugio y rallamos con cuidado de interrumpir la faena cuando lleguemos al dedo (si no lo hacemos nuestras tortillas acabarán tomando una fea tonalidad cobriza). Importante es recordar que los ralladores, espumaderas, papel higiénico, desodorantes y un larguísimo etcétera de artículos similares que nos venden en las tiendas de todo a un euro, en realidad son cosas muy baratas que se parecen a cosas útiles o a otras cosas. Pura ficción. Para que nadie se despiste.

Una vez rallada la cantidad de patata que deseemos, debemos proceder de la siguiente forma: En una sartén antiadherente echamos poco aceite, apenas casi cubrimos el fondo, lo calentamos (no en exceso) y echamos las patatas ralladas haciendo previamente una bola apretada con ellas. Luego, al echarlas en la sartén, las aplanamos con una espumadera y, cuando se unan por efecto del almidón, les damos la vuelta y dejamos que se hagan por el otro lado. Aquí hay dos variantes, una en la que hacemos la tortillita fina y nos vale tipo patatas paja, crujientes y divertidas (¿por qué se les dirá divertidas?) como guarnición, y otra en la que usamos una cantidad más grande de patata y la tortilla es más gruesa; en esta última forma,  nuestra elaboración también nos vale para platos de salsa, puesto que por los bordes queda crujiente y por el centro, al ser más gruesa, queda más esponjosa.

Dicho todo con el mayor de los respetos a uno de los platos nacionales: la tortilla de patatas (con huevo).

3º.- Patatas nostálgicas: Son unas patatas casi tradicionales, con un puntito como de soufflées, pero sin serlo; casi como para tortilla, pero que tampoco. Y que valen tanto para un roto como para un “descosío”. Para su elaboración, que requiere de enormes dosis de cariño, pelamos las patatas que necesitemos o seamos capaces de engullir en una sesión y las troceamos gorditas, como si estuvieran de buen año. Y no las salamos, es mejor salarlas al final, porque si no, casi toda la sal se queda en el aceite, no en la patata. Las introducimos en aceite caliente y, al poco, bajamos el fuego para que se pochen o confiten un buen rato. Las dejamos hasta que queden blanditas en su interior. Para saber si están blandas sólo hay que ponerles una telenovela, si lloran, están blandas, si no, les queda algo de tiempo. Dicha la mayor chorrada del texto continuamos con espíritu calmo. Cuando ya las veamos a punto, y sin necesidad de sacarlas, metemos alegría al fuego, mucha alegría, y, si nos apetece, con la misma espumadera, hacemos cortes en algunas patatas, para que el aceite proceda a introducirse y también dorar el interior (como hacíamos antes). Si no nos gusta así, pasamos del último punto.

Cuando se doren, casi formando costra, las sacamos, les damos su ración de papel absorbente y las salamos en el reposo final.

A estas patatas les viene de lujo otro manjar del que vemos poco últimamente: un par de huevos hechos en el mismo aceite. Para ello, nada mejor que machacar un buen puñado de ajos (mejor rojos, como tiene que ser) y meterlos en el aceite ya templado, los dejamos que se hagan y freímos los huevos en el exquisito brebaje que resulta, por supuesto comprobando antes que el aceite esté lo suficientemente caliente (mejor los echamos antes en un plato y de ahí a la sartén, así nos ahorramos salpicaduras de aceite caliente, trozos de cáscara y echar huevos rotos). Parece simple, ¿verdad? Pues a ver quién puede decir que se ha deleitado con una exquisitez similar en los últimos años. Recordemos que el incomparable Ferrán Adriá ha dicho en más de una ocasión que la mejor salsa natural del mundo es la yema de huevo y, friéndolos, las ponemos en su sitio, en la  categoría de ambrosía.

En definitiva, 3 formas de preparar un humilde tubérculo que nos ha acompañado desde nuestra más tierna infancia y al que cada día damos más de lado. Existen, como todos sabemos, muchísimas más, tantas como clases de papas hay (sólo en el Perú más de 3.000). Como curiosidad, cabe decir que, en crudo, tiene sólo 70 kilocalorías por 100 gramos de producto. Estupendo cuando queramos hacer régimen. Otra: en Francia, cuando la llevaron por primera vez, fue estimada no por su sabor, ya que no se comía, sino por la belleza de sus flores. Estos gabachos no dan más de sí, ya se sabe.

Y por cierto, la fórmula del principio es la de una figura llamada parabolide hiperbólica (también llamada “silla de montar”), que, curiosamente, es la de las patatas fritas de paquete, el gráfico o dibujo de arriba, vamos.

Si es que la patata vale para todo, hasta para freír fórmulas y que queden buenas. Y la historia y origen de las patatas chip da para mucho más, pero eso en otro momento.

Y si, aun así, no nos sale el plato como quisiéramos, siempre podríamos decir la archifamosa última frase de la espléndida “Con faldas y a lo loco”: “Nadie es perfecto”.

Publicado en la web del Grupo Gastronómmico Gaditanoa, ño X núm. 2 como "tema del mes".

VAINICA DOBLE

VAINICA DOBLE

ALGO SOBRE LAS VAINICA DOBLE GASTRONOMICAMENTE HABLANDO 

Intentando que éste sea un blog casi de cualquier cosa, me ha parecido atinado enlazar dos de los temas que desde siempre me han gustado especialmente, a saber, la gastronomía y la música. En ambos reza un máxima cuasi universal: “para gustos, los colores”, así que me veo en total libertad para exponer (aunque sea al aire) mis opiniones cual aprendiz de tertuliano (pero sin sangre romana).

Me gustaría, una vez vencida mi habitual tendencia genética a la vagancia (como excusa queda de vicio) ir desgranando de a poco mis incursiones en ese mundo tan para mí en según qué aspectos incomprensible.

Recuerdo (o creo hacerlo) que con 13 ó 14 años tenía enormes dificultades para distinguir entre “Mi carro” y “Yesterday” mientras a mi alrededor pululaban los que con una guitarra y una púa hacían virguería tras virguería mientras yo miraba embobado.  Es evidente que a la anterior situación ayudaba y mucho el hecho de que mi oído musical estuviera en un escalón evolutivo inmediatamente inferior al de dos coliflores aliñadas. De hecho el único instrumento musical que puede decirse que he llegado a “tocar” ha sido la Guimbarda y a costa de muchos pellizcos en la lengua. Pero claro, tocar la Novena, o aun La Cucaracha, con la citada arpa de boca es tarea monstruosa. A lo más que llegaremos es a crear ambiente de spaghetti western y, en mi caso ni eso. Si acaso algo gore por la sangre de los pellizcos.

Pero a partir de ahí y de descubrir que también podía disfrutar de la música oyéndola, y de una manera absolutamente casual (la culpa la tuvo el “Jesucristo Superstar” que vi en el viaje de fin de curso de 8º a Granada), empecé a percibir que escuchar música era algo más que esos peñazos 40 de la SER. En fin, que pasada esa primera etapa de confusión y rechinar de dientes comencé a ir disfrutando de a poco algunas cosillas de ciertos valor y enjundia hasta que, para mi sorpresa, descubrí en mi etapa hispalense, la existencia de emisoras no dedicadas al consumo puro y duro. Esas emisoras, sobre todo una de la que desafortunadamente olvidé el nombre, emitían algo llamado “música folk”. Que resulta que ahora, tras cientos de años, está de moda, aunque con distintas etiquetas (nuevas músicas, étnica y similares). Cosas de la vida.

De ahí a los cantautores sólo existía un pequeño escalón. Muchos se tropezaron en él, las cosas como son. Y a medias entre unos y otros, sin ser ni folk, ni pop ni cantautores, descubrí a un dúo realmente fantástico, de los que ahora se dice “de culto”. Las inigualables, las grandes, las inmarcesibles… VAINICA DOBLE. Y muchos de vosotros (ja ja ja ja, “muchos”) estaréis pensando qué narices tienen que ver las Vainica con la cocina. Bueno, podría decir aquello de que lo escribo tras la publicidad, pero mejor no lo hago. También podría escribir los versos más bellos esta noche, pero me copiaron la frase.

El caso es que fue por culpa de una amiga a la que también le gustaban el ajedrez (y más adelante me di cuenta de que le gustaban mucho más los ajedrecistas, y los toreros, y los funcionarios de Organismos Autónomos, etc.) y la cocina, como me inicié en el noble arte culinario, descubriendo que había un mundo mucho más allá del puchero y los huevos fritos. En mi caso, mi rito iniciático fue a través de una vichyssoise. A partir de ahí el mundo no fue el mismo. Ni el puchero.

El siguiente paso, el lógico, fue agenciarme el nunca bien ponderado “1080 Recetas de cocina” de Simone Ortega, que aún se sigue reeditando (en mi caso la opción era ésa o comer de lata, así que…).

Y aproximadamente por esas fechas, comenzó a emitirse en televisión el mítico “Con las manos en la masa” (1984-1991), presentado por Elena Santonja; un magnífico a la par que pionero programa de cocina en el que la canción de entrada la cantaban Sabina (sí, sí Don Joaquín Sabina) y Vainica Doble (Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja, ya fallecida hermana de la presentadora del programa) sobre texto de las Vainica. Y que levante la mano quien NO la haya oído nunca. Curiosamente, lo que mucha gente desconoce, es que uno de los mayores éxitos de Sabina (con éste ya tiene uno más que Ramoncín (nótese el fino guiño al “No al Canon”)) fue la Entradeta de este programa. ¿A que resulta curioso?

Bueno, pues ya casi lo enlazamos todo.

De cocina a Elena Santonja y de ella a las Vainica. Pasando por el folk, el pop y por Sabina (cantautores). O casi.

Por si acaso alguien en este momento levantara imaginariamente su mano, os pego la letra de la entrada, a ver si así:

Siempre que vuelves a casa
me pillas en la cocina
embadurnada de harina
con las manos en la masa.

¡Niña!, no quiero platos finos,
vengo del trabajo
y no me apetece pato chino.
A ver si me aliñas
un gazpacho con su ajo y su pepino.

Papas con arroz,
bonito con tomate,
cochinillo,
caldereta,
migas con chocolate,
cebolleta en vinagreta,
morteruelo,
lacón con grelos,
bacalao al pil pil
y un poquito’e perejil.

—¡Chiquillo! que yo hice un cursillo
para cordon bleu.
—Eso ya lo sé pero, ¡chiquilla!
—¿Qué?
—Dame pepinillos
y yo los remojaré
con una copita’e Jerez.

Y para no dar pie a que nadie se queje por lo “antiguo” de la canción, pego también la versión que ha hecho una cantante curiosísima, Rakel Winchester. Y es tan curiosa que su apellido musical no hace referencia directa al famoso rifle del Oeste americano sino que es una deformación del nombre del filósofo Wittgenstein. Toma ya y ahí va:

Siempre que güervo a casa
me pillah en la cosina
to embadunnao d'harina
con las manos en la masa
-Chiquillo, no quiero platos finos
vengo der trabajo
y no m'apetese pato chino
a ver si m'aliñas
un gazpacho con su ajo y su pepino

Papas con arró, bonito con tomate
cochifrito, caldereta,
migas con chocolate,
sebolleta en vinagreta,
morteruelo (er qué?), lacón con grelos,
bacalao al pil pil...
...y un poquito perejil

-Chiquilla, que me he ido a unos cursillos
pa que comas bien!
-Eso ya lo sé, pero chiquillo...
-...¿Qué?
-Dame pepinillos, que yo los remojaré
con una copita de Ojén
-Permasa, vamoh aquí queh lo que pasa!
pero, ¿qué quiereh pa comé?
-Me sa quitao el hambre con la guasa...
-Poh vete al carajo!
-Calla y limpia la cosina
dándole con el estropajo!

Papas con arró, bonito con tomate
cochifrito, caldereta,
migas con chocolate,
sebolleta en vinagreta,
morteruelo (er qué?), lacón con grelos,
bacalao al pil pil...
...y un poquito perejil

Curiosas las variantes y oírlas, más. Os lo recomiendo, aunque lo mismo da para otro desparrame neuronal de éstos.

En definitiva, que a quien le guste la música le viene bien un soplo de aire como el que dieron las Vainica, y a quien le guste la cocina, ver los programas de “Con las manos en la masa” (he visto recientemente reposiciones en algún sitio).

Yo, mientras termináis de leer esto, me voy a comer un guiso de patatas de ayer que hoy está para satisfacer mis más bajos instintos.

Salud y República.

Bailando con patos

Bailando con patos

Bailando con Patos

Hace un par de domingos estuvieron en casa mis amigos Emilio e Isa y tuvimos ocasión de hacer un pequeño aunque grato recorrido por la anatomía  del nunca bien ponderado pato navarro. Por eso, como mínimo homenaje a tan desconocido animal, quiero escribir unas pequeñas líneas con algunas sugerencias que van de lo exquisito a lo sublime (y sin pasar por la casilla de salida).

En principio, hay que destacar que el pato de Navarra (en concreto el nuestro era de Aranaz) no desmerece en ningún caso al pato o a la oca franceses. Para empezar dejando las cosas claritas y a los gabachos en su sitio. Es obvio que para el Ansar (sí, se podrían hacer muchos chistes fáciles ahora con la homofonía, lo sé) lo fundamental es la alimentación, y en el caso que nos ocupa es cuidadísima, a base de maíz y ejercicio de campo, casi como si con un cochino ibérico tratáramos. Nada de permanecer en el sofalito con el mando de la tele en una pata y la lata de cerveza en la otra.

Con estos antecedentes en mente, pensé en un maridaje perfecto en cocina: foie y manzanas. Y llegados a este punto hay que aclarar que no es lo mismo foie que paté. La confusión ha conducido en más de una ocasión a agrias discusiones y a varios duelos por honor y a primera sangre. El foie es sublime, el paté, sin que tenga que ser malo, no deja de ser una preparación sobre la base del foie.

Además, no es difícil de encontrar ni en absoluto caro. Una lata de 130 gramos buenísima no tiene que llegar ni a los 10 euros y da para muchísimo más de lo que parece por el tamaño del envase.

Una vez adquirido el foie, nos agenciamos unas manzanas que no sean demasiado tiernas, las pelamos y hacemos rectángulos no demasiado finos. En una sartén incorporamos mantequilla (no margarina, por favor) y un pelín de aceite de oliva para que aquella no coja un color feo (también puede blanquearse la mantequilla, pero así es más fácil). Se calienta y se pasan las manzanas por la mezcla hasta que queden doradas pero sin que se deshagan. Se espolvorean con azúcar y se gratinan para caramelizarlas. Una vez caramelizadas sólo tendremos que usarlas como si de una tostada se tratara e ir incorporando porciones de foie (con cuidado para no romperlas). Se puede usar la mantequilla sobrante para salsear (no es imprescindible). Y recordemos que lo rico es comer foie con manzanas, no manzanas con foie, así que a castigar la lata y en caso de necesidad, a ajusticiar a la segunda.

Como acompañamiento de lo anterior, preparamos una tablita de ahumados con una curiosidad que se me ocurrió hace ya algún tiempo. Consiste en rociar los ahumados con huevas de maruca (o alguna otra parecida) ralladas. Notaréis la diferencia, sobre todo si lo comparamos con preparaciones similares pero adobadas con esos execrables sucedáneos de caviar que vemos como detalle de “finura” por doquier. También acoge con cariño un poco de aceite de oliva.

Para finalizar la parte dura del comisterio, nos agenciamos un magret de pato (media pechuga del pato engordado) que tiene una elaboración simple que nos permite no arriesgarnos a estropear el manjar. Cuando tenemos el magret, veremos una parte con carne y la otra con su pellejito patero; bien, pues el tema consiste en hacer unos cortes profundos en este último y colocar la pieza sobre esa parte en una sartén antiadherente sin más aderezos que sal y pimienta. Se hará en su propia grasa pero, muy probablemente, se nos vaya a quedar crudo, así que, cuando empieza a hacer costra, a mí me gusta sacarlo y cortarlo por la mitad a lo largo. Queda mejor por dentro. Tras los primeros, con un magret de unos 500 gramos da de sobra (y no llega a 8 eurazos). Y si nos gusta el salserío, le queda de pecado mortal una salsita muy simple: echamos en un cazo un buen chorro de Pedro Ximénez con una cucharadita de azúcar y lo ponemos a fuego vivo hasta reducirlo y dejarlo con una consistencia melosa, espesita, pero sin pasarnos.

Como tanto Emilio e Isa como Reme y yo somos de la Cofradía del Santo Albariño y aprovechando que ellos aportaron su granito de arena (bueno, muchos y de uva en este caso), nos fundimos las dos que trajeron en mancomunado deleite.

¿Y el postre? Eso mejor otro día, porque fue algo curioso que merece un apartado propio. Eso sí, delicioso y original. Como que no lo he visto en ningún sitio. Ya os contaré, ya.

¡Anda!, me acabo de acordar de que la película era “Bailando con lobos”, pero como no creo que a nadie le apetezca zamparse un foie de lobo con manzanas caramelizadas lo dejo como está.

Publicado en "Noticias de la Villa" de Mayo de 2007

Foster´s Hollywood

Foster´s Hollywood

FOSTER´S HOLLYWOOD

Sin duda alguna una frase que me acabo de inventar, pero que podría atribuir por ejemplo al afamado filósofo indostaní Bradhamar Hangikharna (1302?-1354?): “No dejes que tus prejuicios te causen perjuicios”, podría ser de aplicación al restaurante “Foster´s Hollywood” (Algeciras, Plaza Andalucía). Ante mi ignorancia supina sobre todo lo relacionado con este tipo de establecimientos, he decidido hacer hablar a nuestro amigo (ya íntimo) Google y, rebuscando, rebuscando, he encontrado algunas opiniones dignas de ser mencionadas. Así, por ejemplo, en una página dedicada a analizar el proceloso mundo de las franquicias, www.mundofranquicia.com, encontré la siguiente reseña: “los creadores de Foster’s Hollywood se convirtieron, no sólo en los pioneros de la comida americana en Europa, sino en los iniciadores de un nuevo concepto de establecimiento: los "casual restaurants” o Restaurantes informales.
El éxito del concepto fue reconocido rápidamente por los consumidores españoles y por expertos de todo el mundo. Fruto de este éxito, el diario New York Times publicó que Foster's Hollywood sirve "probablemente los mejores aros de cebolla del mundo", mientras la prestigiosa guía de viajes Frommer's recogía en sus páginas las opiniones de muchos viajeros que calificaban a Foster’s Hollywood como “la mejor cadena de comida americana de Europa”. También, en el blog especializado en temas de cocina, www.eladerezo.com se hace una reseña que yo creo es especialmente apropiada: “
La empresa de restauración especializada en gastronomía americana  Foster’s Hollywood, ha sido elegida como el “mejor restaurante para niños de Madrid” por la popular Guía para turistas Frommer`s, una de las más populares en Estados Unidos…. Además destaca que desde 1971 “Foster’s Hollywood ha sido un atractivo para los niños, ofreciendo divertida comida americana, donde se pueden degustar las hamburguesas más jugosas y sabrosas de todo Madrid”. Si cambiamos 1971 por la actualidad y Madrid por Algeciras, tenemos una perspectiva bastante realista.

En cualquier caso, haciendo una reseña de los platos de la carta (extremadamente cuidada, por cierto, lo que no deja de ser un detalle a agradecer), aparecen sugerencias que difícilmente podemos obviar. En su línea cinéfila, los “tomates verdes fritos” invitan al recuerdo de los sabores del Sur. Las hamburguesas aportan un matiz que no podemos olvidar: una cosa son las hamburguesas a la plancha y otra, mucho más seria, las hamburguesas a la parrilla. Otro mundo, otro concepto. Y si las acompañamos de patatas asadas con mantequilla y una pizca de sal (sí, señores cardiólogos que lean esto, mantequilla y sal, no margarina y sucedáneo) nos estaremos relamiendo los dedos un buen rato. En la misma línea parrillera, las brochetas de cebón. Y regadas con una buena Buddweiser (o dos) el pecado deja de ser venial. A la hora de los postres, lo mejor es pedir un surtido, aunque yo me quedo con una brownie caliente para relamerse, aunque, hay que reconocerlo, la tarta de manzana no desmerece.

Y todo bajo la atenta mirada de Marylin y su mítica falda levantada o Newman y Fonda en comandita…¡Bien por lo informal!.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" en Abril de 2007

La Tagliatella (Algeciras)

La Tagliatella (Algeciras)

¿Es lo mismo una trattoría que una pizzería? Evidentemente, no. Y a los hechos nos podemos remitir. Una trattoría es un restaurante en el sentido amplio del término en el que también se sirven pizzas, pero en el que nos encontramos con todo tipo de platos de la cocina tradicional italiana (mediterránea como la nuestra). Como curiosidad adicional podemos decir que, al igual que la tempura, plato tradicional japonés, no tiene su origen allí sino en la Península Ibérica, la pasta no tiene su origen en Italia, sino en la China de hace 4.000 años (cuanto menos), eso sí: ¡Viva Marco Polo!

Afortunadamente, podemos disfrutar de buenas trattorías en muchos lugares, pero recientemente también se ha recuperado en Algeciras un espacio que muchos consideramos tendría que ser emblemático, pero que hasta ahora por diversos avatares del destino parecía un lugar maldito: la Plaza de Andalucía. Y en ese emblema para la ciudad hemos podido disfrutar recientemente de una trattoría de lo más interesante, “La Tagliatella”.

Al entrar, lo primero que me llamó la atención fue la iluminación intimista, la limpieza y la decoración. Gusta encontrarse con una mesita en la misma entrada puesta ahí para agradar y, de paso, para comenzar el proceso de segregación de jugos gástricos, con la promesa de una “pierina” encantadora y de una pasta a la que empezamos a imaginar con sus respectivas salsas (combinaciones ad libitum). Al momento nos topamos con la segunda sorpresa, que es lo elaborado de una carta sugerente y clara, en la que predomina un tesoro poco habitual: pasta fresca, tanto rellena como sin sorpresa. Además, unas ensaladas sugerentes, con verduras frescas y unas pizzas (también, también) para lamerse hasta la segunda falange (y no me refiero a las afamadas falanges romanas). ¡Ah! Y nada lleva conservantes, aspecto a considerar por aquello de lo sano.

Un detalle muy de agradecer es que, a pesar de la cantidad de personas, el servicio es rápido y eficiente. Pongamos un ejemplo: domingo, 100 personas, máximo entre sentarnos y tener el plato en la mesa: 10 minutos. Portentoso.

En cuanto al tamaño de las raciones, tanto las de pasta, como las pizzas, como las ensaladas, son Full size. A este respecto, se cuenta una especie de leyenda urbana entre los empleados sobre una persona que en una ocasión pidió dos platos para ella sola y se los comió. Está sin confirmar científicamente. Mi consejo es que hagamos caso a l@s camarer@s y compartamos los platos. En caso contrario siempre podemos escoger entre agonizar en la puerta o esperar a la ambulancia con el cacharro para desatascar. Tremendos los platos, en serio.

 Ya en la mesa, lo primero fue disfrutar de unos panes muy, pero que muy curiosos. Uno con aceite especialmente meloso. El de aceitunas, fresco y jugoso y el de cebollas, francamente insuperable. Yo he de confesar que me centré en los farfalles y en unas salsas que tenía ganas de catar en su justa medida: las de trufa con funghi y el tartufo bianco. La segunda es para esperar y dejar que se asiente en la boca, deja un recuerdo muy agradable e intenso. La primera es intensa desde el primer momento y nos recuerda sin remilgos que los hongos son una maravilla para el paladar. Evidentemente, me quedé con ganas de probar más y más platos. Es obvio que para regar esas delicias lo mejor es un Lambrusco que, si conducimos, también es mejor compartir. Y para terminar de asentar los sabores, nada mejor que un fragante tiramisú casero.

Evidentemente para repetir. ¡Ah! Y los precios normalitos del todo, sin sustos de última hora.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de Marzo de 2007

Bolitas Iconoclastas y La Barrica

Bolitas Iconoclastas y La Barrica

Bolitas Iconoclastas y Taberna “La Barrica”.

Al aproximarse Semana Santa, muchas personas se plantean la degustación de los menús, tanto caseros como foráneos como una cuestión de fe. Yo, por mi falta de ella, desde pequeñito siempre he procurado comer algo (o mucho) de carne en esos festivos días. Por esa razón, os doy una receta de mi invención (tampoco es que tenga excesivo mérito, que conste) que es adaptable tanto a los de mucha fe como a los de poca o ninguna, pero que, puesto que soy yo el hacedor de la misma, voy a bautizar (vaya con el término, parece a propósito) como me place: “Bolitas Iconoclastas” (Si miráis en cualquier diccionario, la definición de “iconoclasta” que mejor se adapta a lo que planteo es: “En lenguaje coloquial, se utiliza también para referirse a aquella persona que va a contracorriente y cuyo comportamiento es contrario a los ideales, normas o modelos de la sociedad actual o a la autoridad de maestros dentro de ésta, sin que implique una connotación negativa de su figura”)

Se trata de una muestra, aunque modesta, de una de las mejores cocinas que existen: la de las sobras. Y como unas veces sobra carne, otras pescado y nunca marisco,  ateniéndome a lo que escribí antes, voy a dar por sentado que nos ha sobrado, mmmmm…  gallina del puchero. Y así matamos dos pájaros de un tiro.

Supongamos que hicimos un lindo y revitalizante puchero, con gallina, como mandan los cánones, y que nos ha sobrado una porción de la misma, con su pellejito y todo. Procederemos de la siguiente manera para las bolitas, teniendo en cuenta que las cantidades son estimativas: En un bol grande mezclamos la gallina desmenuzada, 3 huevos, un chorro de limón, perejil, mejorana fresca, ajo y cebolla muy picados, sal y harina. Se mezcla todo hasta formar una pasta no demasiado espesa. Luego, en una sartén con aceite abundante y caliente se van echando cucharadas soperas colmadas de la pasta y se fríe procurando no quemarlas. Ellas solitas se van inflando hasta formar las bolitas que dan título a la receta. Y, como todas las frituras, mejor en caliente.

¿Y qué hacemos con el pellejito de la gallina? Opción: Se corta en tiritas no demasiado grandes, se sala y se fríe con muchísimo cuidado y la sartén tapada (podemos no taparla, pero casi seguro que nos quemamos, así que, puestos a elegir…). Quedan unas tiras churruscaditas de las que crean adicción.

Como salsa, cualquiera que nos apetezca (mayonesa, tomate, agridulce, etc.) pero por favor casera, que casi todo lo de bote da grima, al menos a mí.

Además de esto, si no os convence mi propuesta siempre se puede mejorar en vivo en un lugar especialmente diseñado para los placeres de la carne (y del pescado), la Taberna “La Barrica”, en San Roque (al final de la calle Málaga), donde mi amigo Jose (bilbaíno que nace donde le da la gana, como no puede ser de otra manera), hace de las suyas a diestro y siniestro para que nosotros, pobres almas en pena, podamos disfrutar de su prestancia en la barra y en la cocina. Da gusto catar sus escalopines (bueno, son de ternera, no suyos estrictamente hablando), el pollo al curry, esos pintxos de alucinar varias veces, o esas tostas de salmón o bacalao ahumado. Los montaditos (más de 20 distintos) son tamaño montado (a lo grande, como buen bilbaíno) y las patatas fritas son eso, patatas fritas y no esos engendros que vemos ahora por doquier que no sabemos si son lo que dicen o estacas de madera envueltas en mantequilla rancia. Las parrilladas, para mandarlas a Sanidad para un estudio en profundidad del colesterol, pero con una abundancia…. Además, variedad de quesos, patés varios, jamón (del bueno, no del de la pata pintada a rotulador Carioca) y latitas variadas y multiformes (los mejillones para pecar y pecar y tiro porque me toca). Y para colmo, la camarera y la cocinera son simpáticas a rabiar. La única pega: que los fines de semana hay que llegar pronto o nos tenemos que colgar de la farola de la calle para poder catar algo. Yo ya lo tuve que hacer una vez y os aseguro que no es cómodo. Sobre todo a partir de la decimosexta cerveza.

Paco Rebolo. pacorebolo@gmail.com

Publicado en "Noticias de la Villa" de Abril de 2007

Ternera Asada

Ternera Asada

La receta de hoy es bien sencilla, aprovechable y jugosísima. Si sobra algo, se congela estupendamente y nos hace un apaño cuando menos lo esperemos. Se trata de un Asado de ternera con guarnición de los que quita el hipo (o, como se decía antes, “que quita las tapaeras del sentío”). Además, como paso previo, haremos un fondo de carne que nos vale para muchas otras preparaciones una vez congelado lo que sobre.

Necesitamos para el fondo de carne:

  • Huesos de ternera (preferiblemente troceados)
  • 2 Puerros (con lo verde), 2 Zanahorias y 1 Cebolla

Se ponen los huesos en la bandeja del horno con un chorro de aceite y se calientan hasta que cojan color o se mueran de vergüenza (lo que pase antes), una vez así, se echan (en frío todo, las verduras en trozos grandes) en una olla con agua (va a depender de la cantidad, pero calculemos unos 2 litros por un par de huesos). Se pone a hervir, se le quita la espuma y se deja unas cinco o seis horas (sí, sí, 5 ó 6 horas) a fuego lento. Se cuela y se reserva.

Para el Asado y la guarnición:

  • 1 Lomo de Ternera de 1 kg. aproximadamente.
  • Patatas, cebolla y tomates al gusto.
  • Aceite, sal, pimienta, hierbas aromáticas
  • Fondo de carne
  • Oporto.

Lo bueno es que podemos preparar previamente la guarnición y reservarla. Se hace de la siguiente forma: Se pelan patatas, cebollas y tomates (a los tomates se les quitan las pepitas para evitar la acidez) y se ponen una bandeja de horno con algo de aceite. Se ponen a unos 180 grados y cuando lleven una media hora se sala y se le añade un vaso de fondo de carne y otro de Oporto. Tienen que quedar tiernas (pero no tanto que lloren viendo Harry el Sucio” porque luego las tendremos que calentar algo).

El lomo lo untamos en aceite y lo pasamos por la sartén para sellarlo, es decir, para que cuando se  ase lo haga en su jugo, sin perderlo ni quedar seco. Cuando coja color, lo metemos sólo en el horno y, a unos 180 ó 200 grados, lo dejamos unos veinte minutos, luego le añadimos un vaso de fondo de carne  para que se empape bien. Lo dejamos otros veinte minutos rociando de vez en cuando con el fondo y luego le añadimos la sal, un chorro generoso de Oporto, las hierbas aromáticas (no hacen falta muchas, algo de romero y tomillo y vamos listos) y algo de pimienta recién molida. Cuando la carne esté por dentro como el culito de un niño (rosadita y no os preocupéis, lo rojo no es sangre), que viene a ser otros veinte minutos. Lo sacamos, lo dejamos que se temple y lo hacemos rodajas que servimos con la guarnición de verduras.

Recuerden, si tienen alguna duda sobre la degustación, mándenme un correo y gustosamente las resolveré a domicilio con el plato por delante. Ustedes ponen el vino, claro.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de Enero de 2007

Sopa de pescado o de pescadores (no es imprecindible comérselos)

Sopa de pescado o de pescadores (no es imprecindible comérselos)

Con la excusa de una receta que he encontrado en un libro de viajes gastronómicos de Néstor Luján y Juan Perucho (El libro de la cocina española. Gastronomía e Historia. Ed. Tusquets, 2003)  quiero hacer un pequeño homenaje a nuestros fantásticos pescados. La receta incluida en el libro, Abaja algecireña, de la que no he encontrado ninguna referencia posterior en ningún restaurante de la zona es una sopa de pescadores más que de pescados y, a mi modesto entender, adolece de un defecto corriente, la excesiva cocción de un género tan delicado como el pescado.

Por eso, para disfrutar de nuestros pescados de la mejor manera posible, os propongo una sopa (no creo que sea un emblanco) de la siguiente forma:

  • 2 cebollas grandes, 1 zanahoria, 1 puerro, 1 tomate grande, 2 pimientos verdes, 3 ó 4 dientes de ajo enteros, patatas en la cantidad que se desee.
  • * 1 hoja de laurel, 3 cucharadas soperas de aceite de oliva, 1 vaso de buen vino blanco, sal.
  • * Merluza, rascacio y cualquier otro pescado, mejor de roqueo.

 

Se pide al pescadero que le quite a los pescados las espinas y las cabezas (que usaremos) y las branquias y los ojos (que tiraremos o regalaremos al primer gato que asome) y las ponemos en una cacerola con un litro de agua, la zanahoria, una cebolla y el puerro, todo en trozos grandes. Lo dejamos que hierva y lo ponemos a fuego lento unos 30 minutos, colamos y reservamos sólo el caldo (para lo que sobra podemos hacer un amigo para toda la vida si encontramos al gato de antes).

En una olla picamos finitas la otra cebolla, los pimientos, y el tomate (sin piel ni pepitas), y ponemos enteros la hoja de laurel y los ajos, le echamos el aceite y lo rehogamos unos cinco minutos, le incorporamos el vino blanco y  dejamos que suelte el alcohol unos 2 ó 3 minutos. Le añadimos el caldo que habíamos reservado y lo dejamos a fuego lento unos 20 minutos, echamos las patatas entonces y, cuando éstas estén blandas, echamos el pescado, tapamos la olla y la apartamos del fuego y echamos la sal ahora. Sólo con el calor residual es más que suficiente para que nuestro pescado quede meloso y con todo su sabor (salvo que se nos ocurra echar un atún entero, para eso quizás no vendría mal algo de cocción). Para los adornos, pan frito, perejil (aunque un bogavante no desentona), etc. Lo curioso de todo es que a esto algunos lo llaman comida de enfermos.

Sale para unas cuatro personas (o 3 si alguno gasta hambre) y se le puede añadir lo que nos apetezca, mejillones, gambas, cigalas, arroz, aunque si seguimos así, mejor le llamamos paella de mariscos, ¿no?

Paco Rebolo. pacorebolo@gmail.com   

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" en Octubre de 2007