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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Cocina

Potaje de tagarninas con tós sus avíos. Viva lo Light.

Como acabamos de pasar con más gloria que pena por la Feria de Los Barrios, qué mejor intención que reconocer las virtudes de un plato comido con profusión por estos lares. Uno de esos potajes o cocidos ilustrados que merecerían un monumento en la plaza de cualquier pueblo o ciudad que se precie de agradecida.

A ver, ¿alguien no conoce el potaje de tagarninas? Al menos alguien de por aquí, claro, porque más al norte hablas de tagarninas y tienes que aclarar que no te refieres a las cualidades morales de la madre de tu interlocutor, sino que es un cardo rural comestible.

Pues como me apetece hablar de un plato Light donde los haya (carnes, tocinos, chacinas y costillas), propongo una receta de las muchas que se pueden realizar.

Ingredientes:

-         Garbanzos (3 ó 4 puñados, ya en remojo, a los que se les puede echar habichuelas, pero a mí me gusta sólo con los primeros, para no atentar demasiado contra el medio ambiente);  tagarninas (más o menos medio kilo, ya limpias); ¼ de carne de cerdo(troceada); ¼ de costilla de cerdo; tocino fresco; tocino de papada; ¼ de morcillo de ternera (nunca bien ponderada esta exquisitez); 2 chorizos; 1 morcilla; media cabeza de ajos; aceite; sal; pimentón (mezclado).

Hay que tener en cuenta que en los ingredientes se pueden plantear todas las variaciones que deseemos. Por ejemplo, a mí me gusta iniciar los potajes casi siempre con un pequeño sofrito de cebollas y tomate picado muy pequeñito, porque realza los sabores. Pero es evidente que es opcional. Por si acaso, es un comienzo. A partir de ahí, echamos en frío los garbanzos y las carnes salvo la ternera, que me gusta echarla en caliente para que se quede jugosa y atractiva al paladar; también acompañamos en frío el chorizo y los tocinos. Fuego fuerte y cuando hierva espumamos (retiramos las impurezas que van surgiendo), volvemos a espumar y a partir de ahí, fuego lento y cariño en la mirada. Luego, vamos pochando en aceite aparte los dientes de ajo enteros, los quitamos del fuego y le añadimos una cucharadita del pimentón mezclado (dulce y picante). Cuando los garbanzos empiecen a estar tiernos se les añade la mezcla de los ajos con el pimentón, las tagarninas y la morcilla. ¿Tiempo? El necesario.

Cuando terminamos la cocción, le añadimos la sal y esperamos hasta el día siguiente para zampar en sus términos adecuados el manjar. Como nota aclaratoria es importante reseñar que no podemos intentar correr una maratón tras ingerir uno o dos platos de nuestro querido potaje. Digamos que se produciría una curiosa incompatibilidad de caracteres.

Pero podemos ser tan impacientes que no nos apetezca esperar un día para deglutir en toda su santidad un plato tan apetecible. En ese caso, y siempre en temporada, podríamos acercarnos al lugar que, para mí, mejor prepara el preciado potaje en muchos kilómetros a la redonda: Al-Andalus (Los Barrios). Aunque hablar a estas alturas de mi amigo Jesús y su templo culinario puede resultar o redundante o superfluo, no puedo evitar una breve aunque nostálgica referencia a sus potajes de tagarninas, en esos tiestos de barro, con esos aromas y esas promesas de siestas (por la cuenta que nos trae). A quien le guste el cuchareo de hacerse costurones en la boca no puede dejar de ir. Por otra parte, no se limita a eso, su variedad es tremenda y lo mismo encontramos que ese día tiene de invitados a una familia de salmonetes o que ha adoptado a unas langostas, apadrinado unas patitas de cordero o financiado los estudios de un lustroso pernil de gorrino ibérico. Los pescados a la sal se dejan querer con cariño verdadero, con los pescados a la cazuela sólo nos relacionamos por lujuria, para qué engañarnos. Aunque a mí lo que no deja de encandilarme es la calidad de sus primeros: Gazpacho, gazpachuelo, sopa de picadillo, sopa de verduras, de mariscos, salmorejo, etc. Todo en sazón.

De los segundos ya hablé, aunque faltarían muchísimas cosas por discutir sobre cordero, rabo o ternera, pero eso mejor para una clase de filosofía (epicúrea, por supuesto).

Y los postres no desentonan, yendo de delicia en delicia, desde la casera crema catalana hasta las peras o los higos al vino tinto.

Lo mejor de todo es que no necesitamos pagar por mirar como en otros sitios, que sólo con entrar tienes que sacar la Visa y arrastrarla varias veces por el lomo de los camareros, de eso nada. Pero, eso sí, es imprescindible entrar sin mirar la barra, porque si no, pecamos hasta desfallecer y luego no tenemos hambre. Y si no comemos, Paqui, la mujer de Jesús nos castiga de cara a la pared con una caña de lomo en cada mano. Y eso sí que no.

Publicado en "Noticias de la Villa" de Junio.

Crêpes de Arroz con leche

Crêpes de Arroz con Leche o Pulpo a la Gallega en Los Arcos. A elegir.

 

Pues como lo prometido es deuda, paso a relatar nuestras aventuras, desventuras y placeres varios con el postre prometido, la segunda parte de nuestra deglución con Emilio e Isa.

 En principio, para terminar de acompañar las delicias pateriles, me apetecía preparar algo que no desentonara ni resultara  complicado, pero que fuera lo suficientemente fino como para poder fardar un pelín, así que me decidí a arriesgar algo. Solución: preparación sobre la base de un arroz con leche especialmente cremoso y, a partir de ahí, a ver qué nos sale. En este caso, las probaturas dieron como resultado que, a partir del arroz, que dejamos cocer algo más de la cuenta para sacar y reservar la parte más líquida con el almidón del arroz incorporado por la cochura y añadirlo al meollo de la cuestión (va bien maltratarlo un poquito en el chino para que saque lo mejor de sí mismo, la parte más jugosa), dedujimos unas crêpes originales y deliciosas. ¿Cómo? Es  muy fácil.

En principio preparamos el arroz con leche como nos apetezca, pero dejándolo a fuego lento algo más de la cuenta y con un poco más de leche de la que echamos habitualmente para que sobre, como decíamos antes. Para elaborarlo, lo normal: arroz, leche entera, azúcar, piel de limón y canela en rama, todo al gusto. Fuego (lento, eso sí) y paciencia. Cuando vemos que está, lo dejamos algo más y le incorporamos un botecito de nata para darle melosidad (un bote de nata líquida, que nadie vaya a echarle un bote de nata montada, eso no, por San Bonoloto).

Una vez tenemos el arroz, lo metemos en el vaso de la batidora y lo dejamos lo más triturado posible. A partir de ahí usamos de la más moderna tecnología y ponemos el arroz pasado por la batidora en una lámina de silpack. El silpack es un producto de silicona que nos facilita enormemente las tareas en la cocina y que, para lo que aquí viene al caso, es fantástico, puesto que nada se pega.

¿Cómo ponemos el arroz? Pues en láminas finitas y no demasiado grandes, en el horno precalentado a 180 grados y a disfrutar en la contemplación tras ir pinchándolas pues seguro que se levantan. Ahora tenemos dos opciones, las dejamos con textura de crêpes, ligeramente blanditas o nos arriesgamos y las dejamos como tortas crujientes (cuidado con no quemarlas). Le ponemos un poco de canela en polvo y, si nos apetece, le echamos azúcar y lo caramelizamos antes de servirlo En cualquier caso, las mojamos abundantemente con la leche que echamos de más y que dejamos que sobrara (para esto las dejamos, no fue porque sí). Sin la menor duda el éxito es seguro.

Además, podemos acompañarlas con puré de manzanas, frutos secos y helado, alguna mermelada (por favor no del frutos del bosque, que no me gustan), y si alguno se empeña con jamón 5J.

En estos momentos alguno siempre puede decir que no le gustan el pato, ni el Albariño, ni las manzanas ni el arroz con leche. En ese caso, sólo queda darle nuestro más sincero pésame por ese castigo que su paladar le ha infligido y, debido a nuestra bondad natural, recomendarle que asome sus reales por un lugar estupendo. Se trata de un restaurante de los de barrio, donde puedes ir con los amigos en la confianza de que ni te engañan ni lo pretenden, el Restaurante Los Arcos, a pie de los Arcos de la Bajadilla (Algeciras). Sin duda preparan el mejor pulpo a la gallega de la zona. Y no exagero, de los de la Bahía y de los que comen gambitas y camarones, no de los congelados foráneos. Las gambas no le tienen envidia a ninguna y las almejas vienen con una salsa de las que tienes que llevarte la telera de pan moreno de kilo y medio. ¡Ah! Y como te toque el día que ponen un puchero con todos sus avíos, ve preparado que los sudores te correrán hasta por la planta de los pies. Pero hartarte, te hartas. Hasta de postre lo pides. Y si ese día mi amigo Juan ha pescado nécoras, mejillones o cañaillas en la Plaza, más vale que uno tenga repleto el arsenal de excusas, porque en casa no almorzamos. Y para entretenernos rabo de toro, albóndigas, montaditos, pinchos de cordero, etc. Para echar tres o cuatro ratos sin pensárselo mucho, vamos. Bien por Juan y mejor por su costilla en la cocina.

Publicado en el extra de Mayo de “Noticias de la Villa”.

VERDURAS ENJUNDIOSAS Y MULTIFORMES

VERDURAS ENJUNDIOSAS Y MULTIFORMES

Tras las diversas fiestas que tenemos la buena costumbre de disfrutar con total fruición, no viene nada mal aprovechar para reconsiderar nuestra postura ante las calorías y sus perniciosos efectos en el organismo. Si además conseguimos que el plato a preparar sea jugoso y con sabor, miel sobre hojuelas. Bueno, ni miel ni hojuelas, que si no perdemos lo ganado.

Siempre se nos ha dicho que las verduras son aburridas y, aunque no tengan la misma gracia que Chiquito contando chistes, lo cierto es que es uno de esos manidos tópicos que de verdad tienen nada y menos. Os propongo lo siguiente: un plato de verduras hervidas y aprovechar el fondo resultante para una sopa con algo más de enjundia. La frugalidad al poder.

Tras la primera desbandada al leer el término “verduras hervidas”, los valientes y yo procederemos de la siguiente forma:

Usaremos verduras frescas (mejor de esas fantásticas huertas que pueblan nuestra zona, las del Rinconcillo, Los Barrios, Guadiaro, etc.) y, en caso, de no poder, de las que tengamos a mano, pero mejor no de las congeladas. Sugerencias: Puerro en grandes trozos, Brécol en ramilletes (o coliflor), acelgas (no las picadas) o coles en trozos medianos, zanahoria en rodajas o trozos pequeñitos, judías verdes, apio sin los hilitos, espárragos blancos o verdes de cultivo, patatas, guisantes, etc. Es muy importante no echarle bajo ningún concepto alcachofa. ¿Por qué? Pues porque es el único alimento que me da asco y su sola contemplación me repugna. Si lo echáis, que nadie me lo diga, por favor. Y todo en las cantidades que nos apetezca. Si nos viene bien, podemos añadirle gambas, maíz, piña o pollo hervido. Al gusto.

La elaboración es simple. Echamos en agua caliente (no en cantidad excesiva de agua) todas las verduras menos el brécol o la coliflor ni las patatas. Las primeras las cocemos aparte. Las segundas ya veremos. Se cuece echándole un poco de sal y nada más. Cuando estén blandas pero sin pasarse, las sacamos. En ese mismo caldo, echamos las patatas en cascos medianitos y, éstas sí, las dejamos muy pero que muy blanditas. Como el caldo resultante es el que tiene gran parte de la enjundia de las verduras, sería un crimen desaprovecharlo, con lo cual lo usamos para hacer una sopa con algo más de literatura, a saber, le podemos echar unos fideos finos o algo de arroz, huevo duro y taquitos chicos de restos de jamón (ibérico, off course). Al final, le incorporamos algo de pan frito. Queda una sopa con el fondo de verduras para relamerse.

Las verduras, por otra parte, las ponemos en una ensaladera grande, preferiblemente sin mezclarlas, por aquello del efecto visual y, mejor templadas que frías las aliñamos, tras salarlas, con una vinagreta simple pero eficaz: 1 parte de vinagre suave (manzana, sidra, miel o similar) 3.5 ó 4 partes de aceite (de oliva, faltaría más) y unas gotas de limón. Se echa todo en un vaso y se remueve con un tenedor o algo que permita la entrada de aire. Tras el sencillo proceso, sólo resta disfrutar de sopa y verduras en la convicción de que, además de disfrutar, le hacemos un favor a nuestro organismo.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de mayo de 2007.

CON PAPAS Y A LO LOCO (PARABOLOIDES HIPERBÓLICAS FRITAS)

CON PAPAS Y A LO LOCO (PARABOLOIDES HIPERBÓLICAS FRITAS)

 

 

Si planteamos la siguiente fórmula matemática (x/a)2  - (y/b)2 – 2z = 0 en un artículo sobre gastronomía sin aportar ningún otro tipo de aclaración, más de uno podría comenzar a especular y aventurar sobre el número de litros de vodka ingeridos por aquí un servidor. Si además comentamos determinados aspectos sobre la vida de Darwin o incluimos algunas notas eruditas sobre arqueología precolombina, el olor a neurona churruscada puede resultar ya demasiado evidente. Podríamos, ya metidos en faena, acabar la  introducción con determinados aspectos sobre genética, Napoleón y las hambrunas en Irlanda, pero mejor planteamos directamente algo más adecuado… ¿a qué me refiero? Si alguno al llegar aquí ya lo sabe, fantástico, pero como no creo que esto sea posible (se admiten apuestas), lo diré sin más extensión: A Doña Patata.

Tras los comentarios de rigor y las muecas, obligadas, de reprobación, me explicaré con cierto detenimiento.

De entrada, si hay algún alimento que es a la vez exquisito manjar y manduca de a diario, éste es sin duda la solanum tuberosum (es curioso que pertenezca a la misma familia que las cada día más ensalzadas trufas).

Para empezar, ¿patata o papa? Pues… a elegir. La palabra “papa” es un préstamo del quechua y “patata” proviene de un cruce de “papa” y “batata”. De modo que los primeros conquistadores españoles se referían a “patata” tanto para definir a las batatas como a las patatas. Curiosamente, se dice que en España y en Iberoamérica se usaba “patata” para evitar una ofensa a la máxima autoridad eclesiástica católica al decir “papa”. 

Primera de las pistas aportadas: de ella se obtiene una variedad de vodka, pero nadie se va a emborrachar atiborrándose de  grandes cantidades de puré de patata, tranquilos.

¿Y qué pinta Darwin en la historia patatil? Bueno, pues en su travesía mundial a bordo de su archiconocido Beagle, propuso el origen de la patata en el Archipiélago de Chiloé (al Sur de Chile). Y no anduvo demasiado descaminado, pues su origen está actualmente claro que es una zona entre el Sur del Perú y el Oeste de Bolivia.

Por otra parte, el gran Napoleón I basó gran parte de los éxitos de sus ejércitos en el conocimiento que tenía sobre las propiedades alimenticias de nuestro humilde tubérculo, ya que resulta ser casi casi el alimento más completo que conocemos (salvo la leche materna).

¿E Irlanda? Pues el tema de las hambrunas en Irlanda es uno de los ejemplos de la influencia de un solo producto en la sociedad de un país. En el siglo XIX, una plaga (el tizón de la papa) causó la pérdida de la práctica totalidad de la cosecha de patatas en Irlanda, país que la tenía como eje de su alimentación. Las consecuencias, casi inimaginables hoy día: nada menos que un millón de muertos y otro millón de emigrantes (casi todos a los EE.UU.). Con esas cifras, la transformación de la sociedad irlandesa fue de tal calibre que hoy día sigue arrastrando los frutos de la voracidad de un modesto parásito.

Evidentemente, con algo tan influyente, la polémica sobre su historia y orígenes está servida de antemano. De hecho, siempre se ha especulado sobre la fecha de su aparición como alimento comestible. Y ahí entra la arqueología precolombina, pues en los yacimientos de Monte Verde parece que se ha documentado la presencia de unos fósiles de nuestro amado tubérculo tan sólo con unos ¡10.000 años de antigüedad!  

Sentadas estas bases, me apetece compartir tres modos de preparación de tan delicioso producto por una razón muy simple: cada día cuesta más trabajo encontrar un lugar donde las preparen con un mínimo de decencia y sentido común. Y no sólo eso, con excesiva frecuencia encontramos por todas partes esos engendros mal llamados patatas fritas, cuando en realidad son un pegote de algo congelado embarrado en  mantequilla rancia con forma de bastoncillo y una costra difícilmente identificable. Asco me dan, pardiez.

A ver, en un ejercicio de sinceridad (¿no es mejor decir “siendo sinceros”? ¡Cómo nos gustan las perífrasis que no aportan realmente nada!), ¿alguien no se ha relamido alguna vez con un plato de deliciosas, crujientes, sabrosas y hasta cariñosas patatas fritas? ¿En alguna ocasión alguien ha probado semejante manjar en alguno de los llamados restaurantes de lujo? Parecen conceptos incompatibles entre sí, porque casi todos cuando tenemos ataques de nostalgia, nos recordamos a nosotros mismos deglutiéndolas en cualquiera de una de tantas ventas de carretera que jalonan (jalonaban) nuestras carreteras. Ahora sólo encontramos zonas de servicio sin personalidad alguna que invitan a escapar por piernas.

1º.- Patatas frithervidas: Forma segura de quedar de lujo con amigos, invitados y gente de mal vivir en general. Se escogen patatas de tamaño medio-grande, se lavan muy bien y se ponen a hervir con su piel. Cuando están blandas pero sin deshacerse se sacan y se dejan enfriar. Se cortan en rodajas de un dedo de grosor aproximadamente (evidentemente, todo va a depender del grosor del dedo que usemos) y se hacen cortecitos no demasiado profundos en ambas caras de la patata (al estar muerta no sufre nada, os lo garantizo). La función de esto último es que cuando introduzcamos la patata (con su rodaja todavía) en aceite (siempre de oliva, herejías en sección aparte), la patata y el aceite hacen esas cositas que sólo ellos saben hacer en su intimidad, y el aceitito dora también por dentro nuestra bienamada rodaja de patata a la vez que da un hermoso color al exterior. Para conseguir un magnífico resultado lo mejor es bajar la temperatura un poco cuando metamos la patata y subirla cuando empiece a coger color. Quedará arenosa por dentro y crujiente por fuera. Las sacamos, las ponemos sobre papel absorbente y las salamos. Para darle un punto más curioso, podemos hacer una mayonesa (mejor hacer que comprar, pero con seguridad). Ponemos una porción generosa de nuestra mayonesa (o de alioli) sobre la patata y las gratinamos. Sorprendente y exquisito.

2º.- Tortilla de patatas sin huevo: Doy unos segundos para recuperar el aliento. Ya. Una de las incomodidades de la patata es que, al freírlas, en muchas ocasiones se forman pegotes no deseables. Esto es debido a la gran cantidad de almidón que poseen. Lo que en principio es indeseable, puede servirnos por las propiedades aglutinantes del almidón. De hecho, unas buenas patatas chip se hacen sumergiéndolas en agua para que, al perder el almidón queden sueltas y se frían juntas, aunque salgan separadas. Para aprovechar al máximo estas cualidades aglutinantes, la mejor forma es sacar todo el almidón a relucir y la manera más adecuada es rallándolas. Así pues, tiramos de artilugio y rallamos con cuidado de interrumpir la faena cuando lleguemos al dedo (si no lo hacemos nuestras tortillas acabarán tomando una fea tonalidad cobriza). Importante es recordar que los ralladores, espumaderas, papel higiénico, desodorantes y un larguísimo etcétera de artículos similares que nos venden en las tiendas de todo a un euro, en realidad son cosas muy baratas que se parecen a cosas útiles o a otras cosas. Pura ficción. Para que nadie se despiste.

Una vez rallada la cantidad de patata que deseemos, debemos proceder de la siguiente forma: En una sartén antiadherente echamos poco aceite, apenas casi cubrimos el fondo, lo calentamos (no en exceso) y echamos las patatas ralladas haciendo previamente una bola apretada con ellas. Luego, al echarlas en la sartén, las aplanamos con una espumadera y, cuando se unan por efecto del almidón, les damos la vuelta y dejamos que se hagan por el otro lado. Aquí hay dos variantes, una en la que hacemos la tortillita fina y nos vale tipo patatas paja, crujientes y divertidas (¿por qué se les dirá divertidas?) como guarnición, y otra en la que usamos una cantidad más grande de patata y la tortilla es más gruesa; en esta última forma,  nuestra elaboración también nos vale para platos de salsa, puesto que por los bordes queda crujiente y por el centro, al ser más gruesa, queda más esponjosa.

Dicho todo con el mayor de los respetos a uno de los platos nacionales: la tortilla de patatas (con huevo).

3º.- Patatas nostálgicas: Son unas patatas casi tradicionales, con un puntito como de soufflées, pero sin serlo; casi como para tortilla, pero que tampoco. Y que valen tanto para un roto como para un “descosío”. Para su elaboración, que requiere de enormes dosis de cariño, pelamos las patatas que necesitemos o seamos capaces de engullir en una sesión y las troceamos gorditas, como si estuvieran de buen año. Y no las salamos, es mejor salarlas al final, porque si no, casi toda la sal se queda en el aceite, no en la patata. Las introducimos en aceite caliente y, al poco, bajamos el fuego para que se pochen o confiten un buen rato. Las dejamos hasta que queden blanditas en su interior. Para saber si están blandas sólo hay que ponerles una telenovela, si lloran, están blandas, si no, les queda algo de tiempo. Dicha la mayor chorrada del texto continuamos con espíritu calmo. Cuando ya las veamos a punto, y sin necesidad de sacarlas, metemos alegría al fuego, mucha alegría, y, si nos apetece, con la misma espumadera, hacemos cortes en algunas patatas, para que el aceite proceda a introducirse y también dorar el interior (como hacíamos antes). Si no nos gusta así, pasamos del último punto.

Cuando se doren, casi formando costra, las sacamos, les damos su ración de papel absorbente y las salamos en el reposo final.

A estas patatas les viene de lujo otro manjar del que vemos poco últimamente: un par de huevos hechos en el mismo aceite. Para ello, nada mejor que machacar un buen puñado de ajos (mejor rojos, como tiene que ser) y meterlos en el aceite ya templado, los dejamos que se hagan y freímos los huevos en el exquisito brebaje que resulta, por supuesto comprobando antes que el aceite esté lo suficientemente caliente (mejor los echamos antes en un plato y de ahí a la sartén, así nos ahorramos salpicaduras de aceite caliente, trozos de cáscara y echar huevos rotos). Parece simple, ¿verdad? Pues a ver quién puede decir que se ha deleitado con una exquisitez similar en los últimos años. Recordemos que el incomparable Ferrán Adriá ha dicho en más de una ocasión que la mejor salsa natural del mundo es la yema de huevo y, friéndolos, las ponemos en su sitio, en la  categoría de ambrosía.

En definitiva, 3 formas de preparar un humilde tubérculo que nos ha acompañado desde nuestra más tierna infancia y al que cada día damos más de lado. Existen, como todos sabemos, muchísimas más, tantas como clases de papas hay (sólo en el Perú más de 3.000). Como curiosidad, cabe decir que, en crudo, tiene sólo 70 kilocalorías por 100 gramos de producto. Estupendo cuando queramos hacer régimen. Otra: en Francia, cuando la llevaron por primera vez, fue estimada no por su sabor, ya que no se comía, sino por la belleza de sus flores. Estos gabachos no dan más de sí, ya se sabe.

Y por cierto, la fórmula del principio es la de una figura llamada parabolide hiperbólica (también llamada “silla de montar”), que, curiosamente, es la de las patatas fritas de paquete, el gráfico o dibujo de arriba, vamos.

Si es que la patata vale para todo, hasta para freír fórmulas y que queden buenas. Y la historia y origen de las patatas chip da para mucho más, pero eso en otro momento.

Y si, aun así, no nos sale el plato como quisiéramos, siempre podríamos decir la archifamosa última frase de la espléndida “Con faldas y a lo loco”: “Nadie es perfecto”.

Publicado en la web del Grupo Gastronómmico Gaditanoa, ño X núm. 2 como "tema del mes".

Bailando con patos

Bailando con patos

Bailando con Patos

Hace un par de domingos estuvieron en casa mis amigos Emilio e Isa y tuvimos ocasión de hacer un pequeño aunque grato recorrido por la anatomía  del nunca bien ponderado pato navarro. Por eso, como mínimo homenaje a tan desconocido animal, quiero escribir unas pequeñas líneas con algunas sugerencias que van de lo exquisito a lo sublime (y sin pasar por la casilla de salida).

En principio, hay que destacar que el pato de Navarra (en concreto el nuestro era de Aranaz) no desmerece en ningún caso al pato o a la oca franceses. Para empezar dejando las cosas claritas y a los gabachos en su sitio. Es obvio que para el Ansar (sí, se podrían hacer muchos chistes fáciles ahora con la homofonía, lo sé) lo fundamental es la alimentación, y en el caso que nos ocupa es cuidadísima, a base de maíz y ejercicio de campo, casi como si con un cochino ibérico tratáramos. Nada de permanecer en el sofalito con el mando de la tele en una pata y la lata de cerveza en la otra.

Con estos antecedentes en mente, pensé en un maridaje perfecto en cocina: foie y manzanas. Y llegados a este punto hay que aclarar que no es lo mismo foie que paté. La confusión ha conducido en más de una ocasión a agrias discusiones y a varios duelos por honor y a primera sangre. El foie es sublime, el paté, sin que tenga que ser malo, no deja de ser una preparación sobre la base del foie.

Además, no es difícil de encontrar ni en absoluto caro. Una lata de 130 gramos buenísima no tiene que llegar ni a los 10 euros y da para muchísimo más de lo que parece por el tamaño del envase.

Una vez adquirido el foie, nos agenciamos unas manzanas que no sean demasiado tiernas, las pelamos y hacemos rectángulos no demasiado finos. En una sartén incorporamos mantequilla (no margarina, por favor) y un pelín de aceite de oliva para que aquella no coja un color feo (también puede blanquearse la mantequilla, pero así es más fácil). Se calienta y se pasan las manzanas por la mezcla hasta que queden doradas pero sin que se deshagan. Se espolvorean con azúcar y se gratinan para caramelizarlas. Una vez caramelizadas sólo tendremos que usarlas como si de una tostada se tratara e ir incorporando porciones de foie (con cuidado para no romperlas). Se puede usar la mantequilla sobrante para salsear (no es imprescindible). Y recordemos que lo rico es comer foie con manzanas, no manzanas con foie, así que a castigar la lata y en caso de necesidad, a ajusticiar a la segunda.

Como acompañamiento de lo anterior, preparamos una tablita de ahumados con una curiosidad que se me ocurrió hace ya algún tiempo. Consiste en rociar los ahumados con huevas de maruca (o alguna otra parecida) ralladas. Notaréis la diferencia, sobre todo si lo comparamos con preparaciones similares pero adobadas con esos execrables sucedáneos de caviar que vemos como detalle de “finura” por doquier. También acoge con cariño un poco de aceite de oliva.

Para finalizar la parte dura del comisterio, nos agenciamos un magret de pato (media pechuga del pato engordado) que tiene una elaboración simple que nos permite no arriesgarnos a estropear el manjar. Cuando tenemos el magret, veremos una parte con carne y la otra con su pellejito patero; bien, pues el tema consiste en hacer unos cortes profundos en este último y colocar la pieza sobre esa parte en una sartén antiadherente sin más aderezos que sal y pimienta. Se hará en su propia grasa pero, muy probablemente, se nos vaya a quedar crudo, así que, cuando empieza a hacer costra, a mí me gusta sacarlo y cortarlo por la mitad a lo largo. Queda mejor por dentro. Tras los primeros, con un magret de unos 500 gramos da de sobra (y no llega a 8 eurazos). Y si nos gusta el salserío, le queda de pecado mortal una salsita muy simple: echamos en un cazo un buen chorro de Pedro Ximénez con una cucharadita de azúcar y lo ponemos a fuego vivo hasta reducirlo y dejarlo con una consistencia melosa, espesita, pero sin pasarnos.

Como tanto Emilio e Isa como Reme y yo somos de la Cofradía del Santo Albariño y aprovechando que ellos aportaron su granito de arena (bueno, muchos y de uva en este caso), nos fundimos las dos que trajeron en mancomunado deleite.

¿Y el postre? Eso mejor otro día, porque fue algo curioso que merece un apartado propio. Eso sí, delicioso y original. Como que no lo he visto en ningún sitio. Ya os contaré, ya.

¡Anda!, me acabo de acordar de que la película era “Bailando con lobos”, pero como no creo que a nadie le apetezca zamparse un foie de lobo con manzanas caramelizadas lo dejo como está.

Publicado en "Noticias de la Villa" de Mayo de 2007

Foster´s Hollywood

Foster´s Hollywood

FOSTER´S HOLLYWOOD

Sin duda alguna una frase que me acabo de inventar, pero que podría atribuir por ejemplo al afamado filósofo indostaní Bradhamar Hangikharna (1302?-1354?): “No dejes que tus prejuicios te causen perjuicios”, podría ser de aplicación al restaurante “Foster´s Hollywood” (Algeciras, Plaza Andalucía). Ante mi ignorancia supina sobre todo lo relacionado con este tipo de establecimientos, he decidido hacer hablar a nuestro amigo (ya íntimo) Google y, rebuscando, rebuscando, he encontrado algunas opiniones dignas de ser mencionadas. Así, por ejemplo, en una página dedicada a analizar el proceloso mundo de las franquicias, www.mundofranquicia.com, encontré la siguiente reseña: “los creadores de Foster’s Hollywood se convirtieron, no sólo en los pioneros de la comida americana en Europa, sino en los iniciadores de un nuevo concepto de establecimiento: los "casual restaurants” o Restaurantes informales.
El éxito del concepto fue reconocido rápidamente por los consumidores españoles y por expertos de todo el mundo. Fruto de este éxito, el diario New York Times publicó que Foster's Hollywood sirve "probablemente los mejores aros de cebolla del mundo", mientras la prestigiosa guía de viajes Frommer's recogía en sus páginas las opiniones de muchos viajeros que calificaban a Foster’s Hollywood como “la mejor cadena de comida americana de Europa”. También, en el blog especializado en temas de cocina, www.eladerezo.com se hace una reseña que yo creo es especialmente apropiada: “
La empresa de restauración especializada en gastronomía americana  Foster’s Hollywood, ha sido elegida como el “mejor restaurante para niños de Madrid” por la popular Guía para turistas Frommer`s, una de las más populares en Estados Unidos…. Además destaca que desde 1971 “Foster’s Hollywood ha sido un atractivo para los niños, ofreciendo divertida comida americana, donde se pueden degustar las hamburguesas más jugosas y sabrosas de todo Madrid”. Si cambiamos 1971 por la actualidad y Madrid por Algeciras, tenemos una perspectiva bastante realista.

En cualquier caso, haciendo una reseña de los platos de la carta (extremadamente cuidada, por cierto, lo que no deja de ser un detalle a agradecer), aparecen sugerencias que difícilmente podemos obviar. En su línea cinéfila, los “tomates verdes fritos” invitan al recuerdo de los sabores del Sur. Las hamburguesas aportan un matiz que no podemos olvidar: una cosa son las hamburguesas a la plancha y otra, mucho más seria, las hamburguesas a la parrilla. Otro mundo, otro concepto. Y si las acompañamos de patatas asadas con mantequilla y una pizca de sal (sí, señores cardiólogos que lean esto, mantequilla y sal, no margarina y sucedáneo) nos estaremos relamiendo los dedos un buen rato. En la misma línea parrillera, las brochetas de cebón. Y regadas con una buena Buddweiser (o dos) el pecado deja de ser venial. A la hora de los postres, lo mejor es pedir un surtido, aunque yo me quedo con una brownie caliente para relamerse, aunque, hay que reconocerlo, la tarta de manzana no desmerece.

Y todo bajo la atenta mirada de Marylin y su mítica falda levantada o Newman y Fonda en comandita…¡Bien por lo informal!.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" en Abril de 2007

La Tagliatella (Algeciras)

La Tagliatella (Algeciras)

¿Es lo mismo una trattoría que una pizzería? Evidentemente, no. Y a los hechos nos podemos remitir. Una trattoría es un restaurante en el sentido amplio del término en el que también se sirven pizzas, pero en el que nos encontramos con todo tipo de platos de la cocina tradicional italiana (mediterránea como la nuestra). Como curiosidad adicional podemos decir que, al igual que la tempura, plato tradicional japonés, no tiene su origen allí sino en la Península Ibérica, la pasta no tiene su origen en Italia, sino en la China de hace 4.000 años (cuanto menos), eso sí: ¡Viva Marco Polo!

Afortunadamente, podemos disfrutar de buenas trattorías en muchos lugares, pero recientemente también se ha recuperado en Algeciras un espacio que muchos consideramos tendría que ser emblemático, pero que hasta ahora por diversos avatares del destino parecía un lugar maldito: la Plaza de Andalucía. Y en ese emblema para la ciudad hemos podido disfrutar recientemente de una trattoría de lo más interesante, “La Tagliatella”.

Al entrar, lo primero que me llamó la atención fue la iluminación intimista, la limpieza y la decoración. Gusta encontrarse con una mesita en la misma entrada puesta ahí para agradar y, de paso, para comenzar el proceso de segregación de jugos gástricos, con la promesa de una “pierina” encantadora y de una pasta a la que empezamos a imaginar con sus respectivas salsas (combinaciones ad libitum). Al momento nos topamos con la segunda sorpresa, que es lo elaborado de una carta sugerente y clara, en la que predomina un tesoro poco habitual: pasta fresca, tanto rellena como sin sorpresa. Además, unas ensaladas sugerentes, con verduras frescas y unas pizzas (también, también) para lamerse hasta la segunda falange (y no me refiero a las afamadas falanges romanas). ¡Ah! Y nada lleva conservantes, aspecto a considerar por aquello de lo sano.

Un detalle muy de agradecer es que, a pesar de la cantidad de personas, el servicio es rápido y eficiente. Pongamos un ejemplo: domingo, 100 personas, máximo entre sentarnos y tener el plato en la mesa: 10 minutos. Portentoso.

En cuanto al tamaño de las raciones, tanto las de pasta, como las pizzas, como las ensaladas, son Full size. A este respecto, se cuenta una especie de leyenda urbana entre los empleados sobre una persona que en una ocasión pidió dos platos para ella sola y se los comió. Está sin confirmar científicamente. Mi consejo es que hagamos caso a l@s camarer@s y compartamos los platos. En caso contrario siempre podemos escoger entre agonizar en la puerta o esperar a la ambulancia con el cacharro para desatascar. Tremendos los platos, en serio.

 Ya en la mesa, lo primero fue disfrutar de unos panes muy, pero que muy curiosos. Uno con aceite especialmente meloso. El de aceitunas, fresco y jugoso y el de cebollas, francamente insuperable. Yo he de confesar que me centré en los farfalles y en unas salsas que tenía ganas de catar en su justa medida: las de trufa con funghi y el tartufo bianco. La segunda es para esperar y dejar que se asiente en la boca, deja un recuerdo muy agradable e intenso. La primera es intensa desde el primer momento y nos recuerda sin remilgos que los hongos son una maravilla para el paladar. Evidentemente, me quedé con ganas de probar más y más platos. Es obvio que para regar esas delicias lo mejor es un Lambrusco que, si conducimos, también es mejor compartir. Y para terminar de asentar los sabores, nada mejor que un fragante tiramisú casero.

Evidentemente para repetir. ¡Ah! Y los precios normalitos del todo, sin sustos de última hora.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de Marzo de 2007

Bolitas Iconoclastas y La Barrica

Bolitas Iconoclastas y La Barrica

Bolitas Iconoclastas y Taberna “La Barrica”.

Al aproximarse Semana Santa, muchas personas se plantean la degustación de los menús, tanto caseros como foráneos como una cuestión de fe. Yo, por mi falta de ella, desde pequeñito siempre he procurado comer algo (o mucho) de carne en esos festivos días. Por esa razón, os doy una receta de mi invención (tampoco es que tenga excesivo mérito, que conste) que es adaptable tanto a los de mucha fe como a los de poca o ninguna, pero que, puesto que soy yo el hacedor de la misma, voy a bautizar (vaya con el término, parece a propósito) como me place: “Bolitas Iconoclastas” (Si miráis en cualquier diccionario, la definición de “iconoclasta” que mejor se adapta a lo que planteo es: “En lenguaje coloquial, se utiliza también para referirse a aquella persona que va a contracorriente y cuyo comportamiento es contrario a los ideales, normas o modelos de la sociedad actual o a la autoridad de maestros dentro de ésta, sin que implique una connotación negativa de su figura”)

Se trata de una muestra, aunque modesta, de una de las mejores cocinas que existen: la de las sobras. Y como unas veces sobra carne, otras pescado y nunca marisco,  ateniéndome a lo que escribí antes, voy a dar por sentado que nos ha sobrado, mmmmm…  gallina del puchero. Y así matamos dos pájaros de un tiro.

Supongamos que hicimos un lindo y revitalizante puchero, con gallina, como mandan los cánones, y que nos ha sobrado una porción de la misma, con su pellejito y todo. Procederemos de la siguiente manera para las bolitas, teniendo en cuenta que las cantidades son estimativas: En un bol grande mezclamos la gallina desmenuzada, 3 huevos, un chorro de limón, perejil, mejorana fresca, ajo y cebolla muy picados, sal y harina. Se mezcla todo hasta formar una pasta no demasiado espesa. Luego, en una sartén con aceite abundante y caliente se van echando cucharadas soperas colmadas de la pasta y se fríe procurando no quemarlas. Ellas solitas se van inflando hasta formar las bolitas que dan título a la receta. Y, como todas las frituras, mejor en caliente.

¿Y qué hacemos con el pellejito de la gallina? Opción: Se corta en tiritas no demasiado grandes, se sala y se fríe con muchísimo cuidado y la sartén tapada (podemos no taparla, pero casi seguro que nos quemamos, así que, puestos a elegir…). Quedan unas tiras churruscaditas de las que crean adicción.

Como salsa, cualquiera que nos apetezca (mayonesa, tomate, agridulce, etc.) pero por favor casera, que casi todo lo de bote da grima, al menos a mí.

Además de esto, si no os convence mi propuesta siempre se puede mejorar en vivo en un lugar especialmente diseñado para los placeres de la carne (y del pescado), la Taberna “La Barrica”, en San Roque (al final de la calle Málaga), donde mi amigo Jose (bilbaíno que nace donde le da la gana, como no puede ser de otra manera), hace de las suyas a diestro y siniestro para que nosotros, pobres almas en pena, podamos disfrutar de su prestancia en la barra y en la cocina. Da gusto catar sus escalopines (bueno, son de ternera, no suyos estrictamente hablando), el pollo al curry, esos pintxos de alucinar varias veces, o esas tostas de salmón o bacalao ahumado. Los montaditos (más de 20 distintos) son tamaño montado (a lo grande, como buen bilbaíno) y las patatas fritas son eso, patatas fritas y no esos engendros que vemos ahora por doquier que no sabemos si son lo que dicen o estacas de madera envueltas en mantequilla rancia. Las parrilladas, para mandarlas a Sanidad para un estudio en profundidad del colesterol, pero con una abundancia…. Además, variedad de quesos, patés varios, jamón (del bueno, no del de la pata pintada a rotulador Carioca) y latitas variadas y multiformes (los mejillones para pecar y pecar y tiro porque me toca). Y para colmo, la camarera y la cocinera son simpáticas a rabiar. La única pega: que los fines de semana hay que llegar pronto o nos tenemos que colgar de la farola de la calle para poder catar algo. Yo ya lo tuve que hacer una vez y os aseguro que no es cómodo. Sobre todo a partir de la decimosexta cerveza.

Paco Rebolo. pacorebolo@gmail.com

Publicado en "Noticias de la Villa" de Abril de 2007