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Erbló de Paco Rebolo... la última frontera.

Cocina

Parrillada de carnes y verduras

Como hoy estoy disperso, os comento un par de cosillas antes que una receta de página o una prolija recomendación sobre tal o cual lugar (a saber qué quiere uno decir cuando usa eso de “tal o cual”, pero como muletilla queda de vicio).

Veréis, este domingo 9 de septiembre y en plena era traumática postvacacional, estuvimos en plan inauguración de la casa de David y Yolanda una serie de sujetos y sujetas, cada uno con más hambre que el de al lado y cada una con más aún (¿a que parece un problema de lógica?). Ante la perspectiva de deleitarnos en amena conversación y comer cualquier cosa o zampar a degüello y que hable el que tenga la boca vacía, obviamente, escogimos lo segundo, con lo cual la charla la verdad es que supimos que hubo, pero quién habló o sobre qué, no lo tenemos muy claro desde la perspectiva de varios días más tarde.

En definitiva, que en esas situaciones lo más duro es la elección del menú (incluyendo  bebestorios, claro). Visto que tienen una terracita que, además de moscas por legiones, pide a gritos una barbacoa y aditamentos similares, optamos por una barbacoa de carne y una parrillada de verduras. Con lo cual enlazo con el artículo anterior en el que exponía las bondades de la comida casera versus los disparates que se compran “elaborados” (hablaba de las parrilladas).

Y con lo del menú quiero aportar un par de cosillas que creo que adornan y enriquecen cualquier apaño que tengamos que realizar y van a constituir la base del tema de este mes; a saber: primero y principal, la elección de las carnes. Y como no se trataba de arruinar a nuestros amigos, sufridores ellos de la crisis de las hipotecas, optamos por carnes lo suficientemente jugosas y lo suficientemente asequibles, es decir: churrasco de ternera, pinchos de cordero y secreto ibérico (tampoco viene mal un chuletón, pero se trataba de no arruinarlos). Como en toda manduca, lo importante es no estropear el género, con lo cual es fundamental no echar sal hasta el final. La razón es una cuestión de enlaces químicos y un noséqué de los jugos interiores. Es decir, que la carne sale mucho más jugosa así. De la otra manera puede que no salga mal, pero así, seguro que sale bien. Y nada de aceite, por favor, ya lo llevan de serie.

En cuanto a las verduras, sencillo: puerro en tiras, calabacín, berenjenas, cebolleta, espárragos verdes o lo que nos apetezca. Aquí sí me gusta el aceite y, para darle toquecillo, algo de mantequilla. Y en este punto, como segunda aportación, queda curiosota una salsa agridulce extremadamente simple y resultona: Se echa en un vaso una medida (la que sea) de vinagre (de manzana, sidra o similar),  y otra de azúcar, se ponen ambas en el fuego y se reducen hasta su  mitad, más o menos. Se saca del fuego y se le incorpora media medida de salsa de soja, se mete en la nevera y en un par de horas, deslumbráis con vuestro cosmopolitismo culinario.

Como además íbamos a tomar una sangría de champán, se me ocurrió (tercera aportación) poner trozos grandes del mango que le iba a echar en la barbacoa, tras hacerles unos cortecitos que rellené con sal y pimienta y luego, algo de aceite y…  un ratito a ahumarse; al final, momento parrilla con algo más de mantequilla. Queda realmente increíble, con una costrita mezcla de la fructosa y la mantequilla que da un punto distinto tanto a las verduras como a la carne. Ni dulce ni ácido, pero sabroso a rabiar. Y a ver quién puede decir que ha probado algo similar.

En cuanto a la bebida, la que preparamos era un éxito seguro (cuarta y última aportación de hoy). Como a mí y a mis resacas no nos gustan las sangrías en las que se mezclan licores y más licores, preferimos (mis resacas y yo) echarle zumos y un solo componente alcohólico. Sugerencias: plátanos, mango, melocotón, kiwi, pera y piña; zumo de naranja (natural por favor, lo del zumo de naranja envasado es un crimen de lesa humanidad), de limón y de la piña cariñosa de antes. Variantes en las frutas y en los zumos, todas las del mundo, ad libitum (al gusto, pero usando un latinajo, cosas de la adolescencia filológica). En ese caldo primigenio, echamos algo de tónica, canela, clavo y azúcar. Lo mejor es mezclar todo lo anterior varias horas antes y dejar que vaya macerando en la nevera, integrando jugos y sabores e intrigando a los invitados sobre las cualidades del invento. En el momento de ir a comer, se incorpora el cava (que tiene que estar muuuuuuy frío) (obviamente no tiene que ser de calidad porque vamos a hacer perrerías con él) moviendo despacito (como lo del Martini de James Bond, agitado, no mezclado) para no quitar esas cositas llamadas burbujitas.

Si conseguimos que carne y verduras salgan de su infierno particular más o menos a la vez y que las moscas guarden turno para comer, el éxito está tan asegurado o más que Garbajosa en la Selección de Baloncesto.

Y recordad que, como dicen los argentinos “el cocinero se hace, pero el parrillero nace”

Para "Noticias de la Villa" de octubre.

Pollo Asado

Pollo Asado

Cualquiera, ante la lectura del título, podría pensar que asar un pollo es un ejercicio casi de parvulitos. Y tiene razón. Pero lo importante en según qué platos no es elaborarlo, sino no estropearlo y eso, desgraciadamente, es lo que vemos constantemente en pollerías, freidurías y demás garitos de mal vivir.

Por tanto, nos planteamos asar un pollo que nos quede jugoso, apetitoso y que sepa a pollo, no a multitud de hierbas o a aceite de cerdo con vino, que son las variantes que se nos ofrecen por doquier, y que, para colmo, pagamos como si de otra cosa se tratara.

En primer lugar, tenemos que escoger a nuestro cómplice. Buscamos un pollo con sabor y que no esté más duro que Charles Bronson en una peli de maderos. Ahora tenemos la posibilidad de encontrar casi de todo, por lo cual yo, desde hace tiempo, he optado por comprar pollos alimentados con maíz. Todo el sabor de los pollos de campo pero nada de durezas extremas, además nos ahorramos curiosos interrogantes sobre si el susodicho ha seguido una saludable dieta mediterránea o se ha limitado a zampar sin ton ni son cualquier pienso (pero no existo). Y no os echéis atrás por el tono amarillo intenso de su piel, es de lo que comen (me estoy acordando ahora de la famosa frase “tienes más mala cara que los pollos de Simago” y de una teoría mía sobre que tener relaciones… mmm… digamos “ilícitas” con un elemento similar es la mayor suma de parafilias posible, pero eso es para un blog X o similar). Además, nos agenciamos una carcasa aparte para elaborar un caldo con el que regar al zagal.

Primero: Ponemos carcasa, zanahoria, cebolla y puerro en una olla a vivir la vida loca durante un par de horas (mejor hacerlo antes y tenerlo congelado para cualquier apuro).

Segundo: Precalentamos nuestro horno durante un cuarto de hora a 180º (Si no tenéis horno dejad de leer en este momento o la página se autodestruirá en 30 segundos).

Tercero: El pollo (que no enjuagamos, simplemente limpiamos con papel de cocina) lo untamos con un poco de aceite por la piel y lo metemos tal cual en el horno. La idea es que se haga en su jugo durante un buen rato, que se ase, pero que no se cueza. A mí me gusta también meterle un poco de limón en la cavidad estomacal con un buen trozo de mantequilla (nada de margarinas ni noséqués de soja).

Cuarto: Mientras se hace (mejor un poco antes, jeje) pelamos unas patatas y unas cebollas y las hervimos troceaditas.

Quinto: Pasada la primera media hora de purgatorio, comenzaremos a regar el pollo con el caldo de antes y un buen vaso de vino blanco. Le incorporamos las patatas y las cebollas y le incluimos un montón de ajos golpeados (el concepto “montón” no es estrictamente matemático, es una cuestión valorativa querid@s lector@s. El concepto “golpeado” en cambio es más metafísico).

A partir de aquí, tenemos que dejar que la naturaleza siga su curso y que las leyes de la física demuestren una vez más su validez. Sólo debemos preocuparnos de regar y regar con el líquido mencionado. Y, casi al final le viene de lujo un vaso de un producto milagroso: Oporto. Justo para que pierda su alcohol, para lo cual ponemos el horno a tope y aprovechamos para que la piel quede crujiente.

A partir de aquí, ponemos en una bandeja grande el pollito con la guarnición (si no os gusta cómo queda ésta, podéis dejarla un rato más en la soledad de la bandeja, para que aprenda) y la salsa rodeándolo todo en hermosa armonía. Una opción para la salsa es echar un poco de agua en la bandeja del horno y llevarlo a reducir en una cacerola. Eso, al gusto.

La sal se la podéis poner ahora. Y más aderezos… ¿para qué? Tendréis un plato rico, fácil y barato. De nada soci@s.

Y recordad que podéis insultarme con placidez.

Para publicar en "Apunta, Guía del Ocio y la Cultura del Campo de Gibraltar" de septiembre.

¿Comida preparada? ¡No, gracias! (creo que 1ª parte, ya veremos)

Hace unos días estuve viendo en la tele, en uno de esos canales de documentales que tanto prolifera en la actualidad (ya se sabe, “Vida y cotidianeidad en el proceloso mundo de las cucarachas del Báltico”, “La angustia vital en los protozoos del Terciario” y productos prohipnóticos similares) un programa con un título al menos sugerente: “Historia de la cocina americana” (en el desafortunado entendido de que se refería a la cocina en los EEUU, no de toda América). Mi pensamiento se volvió confuso e, inmediatamente pensé en alguna magnífica tarta de manzana o en alguna receta de la cocina judía. Craso error. Ni siquiera amenazaban con maltratar a un desabrido pavo. Resumen del programa: el tabasco, la mostaza y el ketchup. Argh.

Pero, al momento, me puse a reflexionar en que la tendencia en este mundo de prisas y móviles que nos quieren imponer, nos lleva a nosotros, herederos de la cocina mediterránea, a adulterar de la misma manera nuestros hábitos más sanos y arraigados. Porque, a ver, ¿somos conscientes de la invasión vía publicitaria de la cantidad de preparados, cocinados, precocinados, congelados, enlatados y adulterados alimentos que estamos tomando? Bueno, creo que lo de menos es tomar, lo importante es comprar. Por eso, me he puesto a repasar determinados productos a los que nos hemos acostumbrado y que no suponen ninguna mejora en nuestra dieta, nuestro menú o nuestras prisas, pero ante los que acabamos indefectiblemente sucumbiendo. Y hoy me apetece hacer un breve recorrido por ellos (tiempo habrá para completarlo).

Si tenemos un elemento que es maltratado hasta lo infecto ése es el tomate frito. Latas y marcas en las que se nos promete un producto artesano, puro, con sabor y en las que se nos acaba dando algo rojo que de sabroso no tiene ni el nombre. ¿Soy yo el único que abomina de esto o alguien más se apunta a la Cruzada? Menos mal que en esto hay una luz en la oscuridad, una sola marca que merece el apelativo de magnífica y que, curiosidades del destino, no es de ninguna multinacional deslocalizada (de Murcia, de hecho). El producto se llama Hyda y lo encontráis en casi cualquier gran superficie de la zona. Realmente sorprendente por el simple mérito de que sabe a tomate frito siendo tomate frito. En cualquier caso, con un mínimo de tiempo os propongo una manera muy simple de preparar una buena tomatada: Lata grande de tomate triturado, golpecito de aceite, fuego lento y tapadera durante unas dos horas. Al final sal y azúcar. Exquisito y simple.

¿Y la mayonesa? Anuncios y más anuncios que nos invitan a un mundo de lujuria y pasión. Hay que entender que, hoy día, puede ser un riesgo en algunos restaurantes, con lo cual, obviamente me abstengo de pedir algo que la lleve, lo que no hago es tomar “algo que se parece a mayonesa” (bueno, salvo en Al-Andalus, donde la preparan con huevo pasteurizado y está de vicio; los camareros me la sirven nada más llegar, aunque pida un café sólo. Además son tan simpáticos y buena gente que si no lo pongo amenazan con cortarme no sé qué (con lo que no se puede hacer en verano la mayonesa la próxima vez que vaya). ¡Saludos!). ¿Cómo se puede tomar un buen gazpachuelo o un cóctel de gambas con “eso” que te ponen? Nunca lo entenderé. Quizás es que tenga el paladar gratinado, pero no paso por ahí. ¿Alternativas envasadas?: ninguna, lo siento.

El summum de la barbarie culinaria preparada: las tortillas de patatas elaboradas. Volvemos a lo de antes, el huevo y sus problemas. Con no pedirla basta. Para comer sucedáneos resecos y sin sabor, mejor abstenerse. ¿Opciones?: Ninguna

¿Y en las verduras? Entendería algunas de las ofertas si viviéramos en Laponia, Groenlandia o en una isla desierta en mitad del Pacífico, pero en España, en el Sur, con esas huertas florecientes… ¡Amos anda! Braseados, parrilladas, enlatados, congelados… todo a la basura, por favor; sección no reciclable. Además

intentad preparar cualquier plato de forma natural y os sorprenderá que el tiempo es hasta menor que si lo compramos ya elaborado. Aquí sólo una pequeña recomendación: los guisantes Bonduelle, un oasis entre tanta mediocridad. Pero si vamos con prisas, una sugerencia: las verduras salen exquisitas simplemente pelándolas y envolviéndolas en papel film, luego se ponen en un plato y en el microondas unos minutos: se hacen en su jugo, con todas sus vitaminas y demás cositas que traen de fábrica (huerto). Y además saben a verdura sin costes adicionales.

            Y como ha quedado mucho en el tintero (bueno, en el teclado), lo mismo escribo más pero ante todo, recordad: “hay una vida mejor, pero es más cara”.

Para publicar en "Noticias de la Villa" de septiembre/2007.

LANGOSTINOS FLAMBEADOS

La perspectiva de plantearnos cualquier zampada veraniega nos hace enfrentarnos con la abulia propia de esta época. Lo que no es poco.

Por eso, no viene mal acogernos al siempre socorrido juego que nos dan los nunca bien ponderados y poéticos crustáceos patrios. Ante la tesitura (Abulia vs. Comer), recordé un platillo fácil de preparar a la vez que sabroso y de espléndida presentación, que nos permite con verduras, salsas y texturas y, siempre, de triunfo seguro. A saber, langostinos flambeados sobre un lecho de puerros, con opciones varias para ser acompañado con alguna que otra salsa de las que quitan el hipo.

Antes que nada, hay que reseñar que este plato tiene unas pequeñas complicaciones intrínsecas, por lo que os recomiendo que si vais a hacerlo y tenéis la menor duda, me mandéis un correo; ya iré yo a prepararlos y comérmelos.

Ingredientes:

-         Langostinos (grandes, cuanto más mejor, pero sin tener que recurrir a la ingeniería genética)

-         Puerros (2 ó 3), mantequilla, aceite de oliva, sal, pimienta, pan de un par de días

-         1 Bote de buenos pimientos asados

-         1 Bote de mayonesa

-         Whisky o cualquier licor que nos guste

El tema es simple:

 En primer lugar echamos en la sartén mantequilla (nada de margarina, cosas extrañas de soja ni similares) y aceite de oliva (para que no oscurezca la anterior), incorporamos los puerros cortados muy finitos y los pochamos un rato, cuando estén blanditos, damos caña al fuego para que queden crujientitos por fuera. Los ponemos en el plato donde vayamos a servirlos con toda su salsita, a modo de lecho donde reposarán nuestros amigos los señores y señoras de luengo bigote y piel rosácea. En ese mismo plato, en los laterales, podemos incorporar unas tiritas de pan frito; vienen bien porque si no nos gusta el plato siempre podremos tirárselos a la testuz al cocinero.  

Luego, pelamos los langostinos (la cantidad que queramos, cuantos más, mejor. Gula dixit.). La cabeza la escurrimos sobre la sartén en la que vayamos a flambearlos para que suelten todo su jugo. Si queremos, previamente, en esa misma sartén podemos echar todas las cáscaras y dorarlas en aceite, el fondo que queda tiene todo el sabor de los langostinos y siempre potenciará nuestra preparación. Obviamente, quitamos esas cáscaras antes de echar los langostinos, lo digo por l@s despistad@s. Añadimos aceite de oliva al jugo que han soltado las cabezas, comenzamos a calentar la sartén (mejor sartén que plancha, porque vamos a rescatar todos los jugos) y cuando esté bien caliente incorporamos los langostinos, le añadimos pimienta (si nos apetece) y poquita sal, inmediatamente incorporamos el whisky en la cantidad que nos apetezca y lo flambeamos (le metemos fuego, vamos) con muchísimo cuidado. Lo seguimos haciendo hasta que no arranque la llama en el interior, señal de que habremos consumido casi todo el alcohol (nunca se consume todo). En ese momento sacamos los langostinos, que tienen que quedar jugosos en su interior (así son más dados a la meditación y podremos tener unos buenos ratos de charla con ellos mientras compartimos mesa y mantel) y los ponemos sobre el lecho que hicimos con los puerros y el pan frito. Lógicamente los bañamos con toda la salsa que ha resultado, que acabará trabando hermosa y plácida amistad con los puerros del lecho.

En estos momentos ya tenemos un plato que podríamos considerar como inmarcesible (Nota: ver significado de “inmarcesible” en la página del DRAE), pero siempre podemos seguir aderezándolo con un cierto riesgo. En ese caso, el de sentirnos atraídos por el peligro, podemos proceder de la siguiente forma: El bote de pimientos asados que hemos adquirido previamente (que además tiene que ser de magnífica calidad) será la base para una salsa especialmente original y fresca. Cogeremos tres o cuatro tiras del pimiento, un pelín de ajo, algo de sal y un buen chorro de aceite de oliva. En la batidora uniremos todos los ingredientes en armonía y buena vecindad hasta que quede una crema de lo más aromático. Esta crema la usaremos con cuidado, porque no se trata de invadir ni desnaturalizar el sabor propio de los langostinos, sino de ensalzarlo. Os resultará sorprendente.

Por último, sólo nos queda el bote de mayonesa que hemos adquirido. Sin abrirlo, lo tiramos directamente a la basura. Así aprenderán poco a poco los fabricantes que esas porquerías, ni de lejos.

Salud y República.

Publicado en "Noticias de la Villa" de agosto/2007

CARRILLADA CARAMELIZADA

Como estamos en verano, aprovecho para dar una idea para un plato sugerente en los sabores, mezcla de innovación y clasicismo y triunfo seguro en cualquier mesa.      Para su elaboración, sencilla por otra parte, usaremos:* Carrillada de ibérico (en las cantidades que nos apetezca, pongamos un kilo)* 1 tomate, 1 cebolla, 1 pimiento verde* Aceite de Oliva, Sal, Laurel, pimienta, azúcar, Vino de Oporto, Vino Tinto.      En cuanto a la preparación tenemos que tener en cuenta un par de cosas: a y b. La “a” podemos resumirla en “a mejor género, mejor resultado”, así que para ahorrar mejor no hacer. La “b” es que el tiempo en la cocina lo es casi todo (también entran el cariño verdadero, el fuego, etc., pero así queda más concluyente)      La parte técnica es simple: Hacemos un sofrito con las verduras (primero la cebolla, luego el pimiento y al final el tomate muy picadito, así conseguimos sofreír y no cocer). Una vez elaborado, sellamos la carrillada (las pasamos por aceite de oliva para evitar que sus ricos juguitos vivan su vida fuera de su mundo). Realizados los anteriores pasos, los metemos en una cacerola con el laurel y el poquito de pimienta. Importante: Nada de sal ahora.      Cubrimos todo con vino tinto y lo vamos espumando, aprovechando para que el vino pierda gran parte de su alcohol. Cuando haya reducido, le incorporamos agua (o fondo de carne, pero por favor, nada de preparados artificiales, además de cambiarle los sabores, ¿sabéis de qué están realmente hechos?) hasta cubrirlo todo.      En estos momentos nos damos cuenta de la importancia de hacerlo a fuego lento, como casi todo, puesto que la carrillada entra en esas familias de carne en las que nos interesa que su rica gelatina se convierta en eso, en gelatina y no en algo parecido a un Blandyblubb o como demonios se escriba.Ahora, sólo queda que esperemos, esperemos y volvemos a esperar, el tiempo necesario hasta que la carrillada esté en su esplendor de ternura y cariño. Cuando esté lista, le echamos una pizca ínfima de sal para terminar de realzar sus sabores (ya lo hicimos al principio con el tomate, que tiene glutamato monosódico, pero como es un palabro raro…) y quitamos la carne. Echamos un generoso vaso de Oporto junto con una o dos cucharadas de azúcar y reducimos el caldo hasta conseguir un hermosísimo a la vez que lustroso fondo agridulce con el que cubriremos la carne (no debe quedar líquido, repito). Como guarnición podemos usar patatas fritas, verduras, o bogavantes hervidos de kilo y medio. A elegir. Si optáis por los bogavantes, mandadme un correo y acudiré presto y veloz. Si no, también.

Para terminar, no puedo dejar de alabar las excelencias de un lugar que, sin ser estrictamente restaurante, sí que es una excelente opción para comer y para disfrutar de un buen día de playa. ¿Quién no conoce el Hotel Dos Mares en Tarifa? Si existe alguien con esa deficiencia, que se asome, que disfrute de sus vistas, de su Bar, de sus salones de diseño y, si tiene valor, que le cuente algún chiste a Roberto, el dueño que, aun siendo belga los entiende a la perfección. No podréis salir con vida de allí. Tendréis que seguir y seguir hasta caer desfallecidos. Si a esto añadimos una música fantástica, un personal de lo más agradable y que Javier Perdigones parece que vive allí y que no os va dejar hasta que estéis más a gusto que un rano en un charco, no os podréis resistir a tantos encantos. Y, en definitiva, ¿para qué hacerlo?

Publicado en "Apunta Guía del Ocio y la Cultura del Campo de Gibraltar" de agosto/2007

Rabo de Toro con truco

Rabo de Toro con truco

Como vamos de feria en feria y tiro porque me toca, en acabando la de Algeciras me hallo. Y entre Toros y fútboles de ascenso, qué mejor que acercarnos a una receta típica de toros como es el rabo de idem. Y digo eso porque uno de los posibles orígenes de tan exquisito manjar es el de las corridas de toros que se celebraban en Córdoba, donde después de las mismas, aprovechaban el recién difunto para preparar el guiso espectacular con que nos solazamos las almas de bien hoy día. En cualquier caso, siempre me asalta una duda ante la contemplación de un magnífico rabo (no, no salgo en las carrozas del Día del orgullo gay). Es: ¿vino tinto o blanco para hacerlo? En tamaña tesitura, recuerdo el origen y apuesto por el blanco, aunque con trampa al final.

En cualquier caso, al ser una carne tan untuosa e intensa, acepta determinadas veleidades que no plantearé, pero que puedo citar: canela, chocolate, desmigado, etc. A mí lo que me va es con su hueso, con algunas verduras y patatas fritas mirándonos desde la barrera.

Ingredientes (4 personas ó 1 y mi amigo Chan):

  • 1 rabo de toro (casi siempre será de vaca aunque digan que es de buey; no problemo)
  • Huesos de ternera o vaca, puerros, zanahoria y cebolla para hacer un fondo
  • 2 Zanahorias, guisantes (al gusto), 2 cebollas, 2 tomates, laurel, ajos, pimienta, clavo, sal.
  • Vino blanco, Oporto.

La preparación es simple, en primer lugar procedemos a la elaboración del fondo (mejor el día anterior) de forma clásica: todo en frío, cuando arranque a hervir, las horas que nos dé la gana siempre que sean más de cuatro a fuego lento.

En una cacerola (nunca en olla Express, el colágeno de la carne no gelatiniza igual) sellamos el rabo cortado a trozos simplemente pasándolo por aceite caliente hasta que cambie el color en toda su superficie. Así los jugos de la carne quedan en su interior, dejándola tierna. En el mismo aceite, pasamos ligeramente las zanahorias en rodajas, las cebollas y los tomates sin piel ni pepitas. Incorporamos los ajos enteros, el laurel, el vino blanco (1 botella y del buenecito), el clavo y la pimienta y ponemos a fuego fuerte. Cuando el vino haya reducido, añadimos el fondo del día anterior, bajamos el fuego y lo dejamos entre tres horas y tres horas y media (más cerca de las segundas, me temo), hasta que la carne se desprenda del hueso sólo con insinuarle cositas al oído. A las dos horas y media, más o menos, viene el truco, y es un vaso generoso de Oporto, que le dará la untuosidad y el aroma finales al guiso. Al final lo salamos y le incorporamos los guisantes (los mejores, los de Bonduelle en lata, insuperables).

A mí la salsa me resulta muchísimo mejor consistente antes que líquida, con lo que una ligera reducción le queda de vicio. En el plato, la carne rodeada de verduras, cubierta (napada) con esa salsa, y las patatas fritas (mejor tirando a gruesas para hacer honor a la salsa) en desfile procesional. Los aplausos vienen solos.

Y hablando de Ferias, estuve en una Caseta (como ya se ha acabado, no me podrán decir que se trata de publicidad) en la que me gustó especialmente la comida: ”Loz der Pueblo”. Muy bien atendida, con unas gambas de cuarto y mitad la pieza y unos ojos negros de andaluza cabal… un jamón que quitaba el sentío… con buenos postres y precios razonables. En fin, que me ha reconciliado con la zampada festiva. Gracias a Antonio Tusset, artífice del hecho en sí.

Para publicar en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de julio.

Caldereta gastropónica de chivo

¿Qué oscuros motivos llevan a una persona a elaborar una caldereta de chivo? Esa pregunta siempre había corroído mis entrañas hasta que me vi en la ansiada a la par que temida tesitura. Sitúo la escena: viernes mediodía, zampando en mi base habitual de operaciones con unos colegas que no se conocían entre sí. En esos instantes llega mi amigo Juan con dos chivos en la mano y al verme me espeta un desafiante: “¿A que no eres capaz de hacer una caldereta mañana con esto?” [la verdad es que hizo unas cuantas referencias a cuestiones de genitalidad, pero eso mejor aquí no]. En ese punto, el Neanderthal que hay en mí se adueñó de mis cuerdas vocales y respondió con un “Aquí está el tío” que nos dejó a todos emplazados para el duelo a caldereta con padrinos incluidos para la mañana siguiente.

A partir de ese momento me vi en la obligación de documentarme adecuadamente para no quedar como el Betis con el Osasuna (recuerdo para mayor regocijo de los sevillistas: 0-5; es que la maldad me puede) y, tras múltiples consultas internéticas, me di cuenta de que me había metido en un buen fregado. Mi única ayuda era la infraestructura que Juan puso a mi disposición en su terraza, incluyendo al personal de su restaurante. Porque si aludimos a los pinches... uno está todavía pelando la tercera patata para freir y los otros se limitaron a beber mirando los cuchillos.

Decisión por mi parte: como los chivos eran pequeños, mejor no adobarlos ni echar hierbas (salvo laurel) ni aliños aparte. Sólo amplia base de sofrito y manzanilla.

Ingredientes: (para muchas personas y algún tragaldabas añadido, por lo menos 10 ó 12 en total)

2 chivos troceados, con la casquería limpita.

6 tomates carnosos grandes, sin pepitas ni piel.

12 zanahorias en rodajas y 4 cebollas grandes troceadas.

2 cabezas de ajos morados sólo machacados.

2 pimientos rojos y 8 pimientos verdes en trocitos.

4 hojas de laurel, sal, agua y dos botellas de manzanilla.

Patatas, brécol y puerros para la guarnición.

El procedimiento es simple: Las verduras se echan en el perol con aceite de oliva para hacer un grandioso sofrito. A mí me gusta por este orden: primero las zanahorias, luego las cebollas, los pimientos y al final el tomate y los ajos. Más que nada porque el tomate suelta mucha agua y nos interesa sofreír, no cocer las verduras.

Cuando las verduras toman color (un buen ratito dado la cantidad de ellas), se incorpora el chivo en trozos no demasiado grandes y se le da varias vueltas para sellarlo y que quede con todo su juguito. A partir de ese momento, incorporamos el laurel y una botella de manzanilla, le damos fuego y cuando hayamos quitado las impurezas, le añadimos agua hasta que cubra. No tenemos que preocuparnos por el agua, puesto que la salsa la reducimos al final lo que nos apetezca sin pérdida de sabor. Ahora todo va a depender de si el bicho ha superado la adolescencia chiveril o no. En nuestro caso era prepúber, con lo cual con dos horitas nos vino bien para empezar a tenerlo. Tras la primera hora y media, se le echa la sal y más manzanilla, de nuevo fuego fuerte y a esperar a que se termine de poner tierno. Siempre queda la opción de no incorporar la manzanilla, sino de beberla tal cual, a elegir.

Como guarnición, las patatas chascadas, pochadas y luego fritas en tandas cortas con aceite muy caliente y tras hacerles cortes con un cuchillo. Crujientes por dentro y por fuera, además de arenosas. De adorno, una tempura (Ya sabéis, harina de trigo, harina de arroz, cerveza muy fría y sal, pasta lechosa, verduras cubiertas y a la sartén; de la habilidad depende el resto) con brécol cocido, pimientos rojos y puerro en rodajas de unos 3 cm. de grosor más un salsa agridulce manufacturada en directo que hizo las delicias de más de dos (vinagre y azúcar a partes iguales, se reducen a la mitad en un cazo, se le incorpora un chorro de salsa de soja y a la nevera un par de horas).

¡Ah! Lo de gastropónico es porque estas zampadas hay que echarlas abajo con algo de ejercicio, y, en nuestro caso, lo que hacemos es ping-pong. Con lo cual, en poco original juego de palabras, estamos pensando seriamente en hacer un club de gastronomía y ping-pong, con lo cual el nombre está dado.

Como último consejo os recomiendo que si hay alguna persona sensible entre los comensales, que no le enseñéis una foto del chivo antes de acceder a ser protagonista de nuestra zampada. Le chafaríais la comida, aunque si hay poca…

Para publicar en "Noticias de la Villa" de Julio.

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para quedarse helado (pero de los buenos): Modigliani

Para acabar el recorrido gastronómico andalusí (vamos, recorrer la Plaza de Andalucía zampando), he tenido la enorme dicha de tropezarme con un lugar donde alimentar uno de mis mayores placeres: los helados. Desafortunadamente, el tema de comer helados se convirtió durante mucho tiempo en la perpetuación de un error dogmático que te repetían desde pequeñito y que asumíamos como verdad moral: “los helados son para el verano”. Y nada más lejos de la realidad, los helados, en todas sus variedades, son un placer para los sentidos en cualquier época del año, y una evidencia reside en que algunos de los mayores consumidores mundiales de helado son los países nórdicos. Quizás es que tengan una comprensión diferente de nuestro término “verano”.

Como curiosidad, cabe reseñar que el origen del helado es incierto, aunque todo parece apuntar a que se comenzó a tomar en China hace ya unos 2600-2700 años. Luego vino la invasión con las tiendas de todo a un lirio, pero ésa es otra historia.

Dentro de las calidades posibles del helado vamos a analizar la “Heladería Modigliani”, desde la óptica del mejor, el helado artesanal, ése que se encuentra en raras ocasiones, puesto que últimamente proliferan las heladerías pseudos-artesanales, donde la gracia consiste en tomar algo de marca despersonalizada y con dos barquillos para cobrarnos el doble.

De entrada, lo que sorprende es la presentación del género, puesto que nos lo encontramos prácticamente esculpido en las bandejas, con formas casi modernistas que invitan a la contemplación. Evidentemente, eso sólo es posible debido a la untuosidad y cremosidad del producto; intentarlo con uno industrial es tirar la ilusión y el helado. A partir de ahí, comenzamos a pensar en los sabores que se nos sugieren tras el cristal. Aunque el problema surge desde el momento en que nos ponemos a contar cubetas de sabores y no paramos en un buen rato. Son 30 posibles sabores y siempre 16 en incitación al pecado. Además de todos los clásicos conocidos, nos plantean determinados sabores que, para mí al menos, han sido un magnífico descubrimiento; sobre todo, he de admitirlo, me ganaron con el helado de higos caramelizados. Aún me relamo. Y sin despreciar stracciatellas, cocos, natas, chocolates varios, etc., amén de sorbetes y helados de yogur por doquier (y también en batidos, mmmmm).

Además, para adobar el deleite, me encontré con otras delicias insospechadas. Una un brioche que me recordaba tremendamente a esos bollos suizos que vendían en una conocidísima pastelería de Algeciras (digo vendían, porque a mí ya no me saben igual), esponjosos, blandos y sabrosos que luego disfrutábamos en casa con un buen chocolate. Bueno, pues aquí podemos hacerlo, porque tenemos la posibilidad de escoger entre un montón de variaciones sobre un mismo tema: el chocolate en taza.

La siguiente un auténtico aluvión de infusiones (no sólo té, tienen hasta mate), elaboradas con mimo y presentadas con gusto, un guiño a los olores, sin duda.

La última me llegó al alma, un auténtico café italiano, de los de verdad, alejado de esas cosas torrefactas que estamos acostumbrados a engullir por aquí y que son de todo menos café. Y, por supuesto, cuando vayáis, por favor, tomad primero el café y luego el helado. Vuestros sentidos os lo agradecerán.

Publicado en "Apunta, Guía del Ocio del Campo de Gibraltar" de junio.